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lunes 30 noviembre 2020
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Arzobispo exhorta a trabajar unidos por una Bolivia mejor, donde todos tengamos unas condiciones de vida digna de los hijos de Dios

Campanas. Desde la Basílica menor de San Lorenzo Mártir – Catedral, el Arzobispo de Santa Cruz, Mons. Sergio Gualberti nos exhorta  a trabajar todos unidos por un futuro de esperanza y de bien, y por una Bolivia mejor, donde todos indistintamente tengamos unas condiciones de vida dignas de los hijos de Dios.

Asi mismo afirmó que todos estamos llamado a aportar para que la esperanza venza al temor, el amor al odio, la reconciliación al resentimiento, la justicia a la venganza, el bien común a la codicia y el bienestar a la pobreza.

Así mismo el prelado asegura que el camino mejor y más rápido es el amor; amor que vence los ídolos del egoísmo y el orgullo, de la prepotencia y el poder, del dinero y las riquezas, ídolos que nos aíslan y se interponen entre nosotros y Dios, entre nosotros y el prójimo.

*“No maltratarás al extranjero ni lo oprimirás, porque ustedes fueron extranjeros en Egipt*”. Este firme llamado de Dios a los Israelitas de no maltratar y oprimir a los extranjeros presentes en medio de ellos, es acompañando una advertencia: nunca deben olvidarse que Dios los liberó de la dominación y sufrimientos de la esclavitud en Egipto, para que, al constituirse como pueblo libre, no reproduzcan el sistema opresor y piramidal de sus opresores y vivan todos como hermanos.

Este mandado de Dios de hace tantos siglos, sigue siendo muy actual en nuestro mundo hoy dijo el prelado, donde las leyes inhumanas de la economía de mercado ponen el provecho y el consumo por encima dehombre, y donde miles y miles de personas, entre ellos tantos hermanos de nuestro país, están obligados a dejar la tierra natal y emigrar a otros países y regiones en busca de nuevas oportunidades de trabajo y mejores condiciones de vida.

Tantas personas y familias de países hermanos de Centro América y Venezuela, que huyen de la pobreza o en búsqueda de libertad; algunos de ellos están también en medio de nosotros. Lamentablemente sabemos que muchos no logran cumplir con su propósito, algunos de ellos mueren en el camino, otros son humillados, maltratados y marginados, e incluso los más vulnerables, como niños y mujeres, a menudo caen víctimas del tráfico y trata de personas, dijo Monseñor.

Derribar fronteras y muros, ser acogedores y construir lazos de amor, comprensión, solidaridad y hermandad

También dijo el prelado que ante esta problemática,nosotros cristianos, conscientes de que todos somos hijos del mismo Padre, redimidos por Jesucristo y que todos somos de paso en esta tierra, no debemos quedar indiferentes, sino armarnos de valor y luchar en contra de toda clase de xenofobia y racismo, derribar fronteras y muros, ser acogedores y construir lazos de amor, comprensión, solidaridad y hermandad.

Asi mismo Moseñor pidió no  ser indiferentes ante tantos hermanos y hermanas víctimas de las injusticias y la marginalidad forzosa, ni debemos perder el entusiasmo por vivir el Evangelio del amor y la justicia, y desear, buscar y cuidar el bien de los demás.

La misa dominical fue presidida por Mons. Sergio Gualberti y concelebrada por: Mons. Estanislao Dowlaszewicz, P. Hugo Ara, Rector de la Catedral y el P. Mario Ortuño, Capellán de Palmasola.

 

Homilía de Mons. Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz

25/10/2020

Al igual que los domingos anteriores, lo que caracteriza el texto del evangelio de hoy es el clima de controversia entre Jesús y los sectores del poder religioso y político del pueblo judío. Esta vez es un maestro del judaísmo oficial que, al enterarse del fracaso de los saduceos, busca poner a prueba a Jesús con una pregunta; “¡Cuál es el mandamiento más grande de la ley?”. Jesús, responde con las mismas palabras de la ley: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu”.

Esta respuesta de Jesús no es una novedad para esos judíos que conocen muy bien la ley de Moisés. La novedad está en dos puntos: Jesús unifica el amor a Dios y el amor prójimo: “Amarás a Dios… y amarás a tu prójimo como a ti mismo” y pone el amor como centro esencial de toda la ley: “De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas”. Amar a Dios con intensidad y con todo nuestro ser, no significa una relación narcisista y cerrada, sino una relación que se proyecta necesariamente hacia el prójimo.

El apóstol San Juan afirma con palabras fuertes que,  sin el amor al prójimo, no puede haber amor a Dios: “El que dice – amo a Dios – y no ama a su hermano, es un mentiroso. ¿Cómo puede amar a Dios, a quien no ve, el que no ama a su hermano, a quien ve?”. El ser humano es creado para amar y el amor tiene que orientar toda nuestra existencia y ordenar nuestras facultades y energías. No está por demás recalcar que el amor del que habla Jesús, no es sentimiento o pasión, como muchas veces se entiende en nuestro mundo, sino participación del mismo amor de Dios, adhesión sincera, entrega y servicio a Él y a su plan de la salvación para la humanidad. San Agustín decía: “Ama y haz lo que quieras”, y justamente, porque una persona que ama no puede hacer otra cosa que querer el bien del ser amado.

Por eso, para encontrarnos con Dios y con los hermanos el camino mejor y más rápido es el amor; amor que vence los ídolos del egoísmo y el orgullo, de la prepotencia y el poder, del dinero y las riquezas, ídolos que nos aíslan y se interponen entre nosotros y Dios, entre nosotros y el prójimo.

Desde esta visión, los mandamientos no son otra cosa que la expresión y concreción del amor, los medios que Dios ha puesto en nuestras manos para que encontremos en ellos el sentido y la realización de nuestra vida en una relación de confianza filial con Dios y en una convivencia fraterna, justa, y pacífica con los demás.

La primera lectura del Libro del Éxodo, que hemos escuchado, nos da unos ejemplos de lo que, concretamente, significa amar a los demás: “No maltratarás al extranjero ni lo oprimirás, porque ustedes fueron extranjeros en Egipto”. Este firme llamado de Dios a los Israelitas de no maltratar y oprimir a los extranjeros presentes en medio de ellos, es acompañando una advertencia: nunca deben olvidarse que Dios los liberó de la dominación y sufrimientos de la esclavitud en Egipto, para que, al constituirse como pueblo libre, no reproduzcan el sistema opresor y piramidal de sus opresores y vivan todos como hermanos.

Este mandado de Dios de hace tantos siglos, sigue siendo muy actual en nuestro mundo hoy, donde las leyes inhumanas de la economía de mercado ponen el provecho y el consumo por encima del hombre, y donde miles y miles de personas, entre ellos tantos hermanos de nuestro país, están obligados a dejar la tierra natal y emigrar a otros países y regiones en busca de nuevas oportunidades de trabajo y mejores condiciones de vida.

 

En particular, pienso a tantas personas y familias de países hermanos de Centro América y Venezuela, que huyen de la pobreza o en búsqueda de libertad; algunos de ellos están también en medio de nosotros. Lamentablemente sabemos que muchos no logran cumplir con su propósito, algunos de ellos mueren en el camino, otros son humillados, maltratados y marginados, e incluso los más vulnerables, como niños y mujeres, a menudo caen víctimas del tráfico y trata de personas.

Ante esta problemática, nosotros cristianos, conscientes de que todos somos hijos del mismo Padre, redimidos por Jesucristo y que todos somos de paso en esta tierra, no debemos quedar indiferentes, sino armarnos de valor y luchar en contra de toda clase de xenofobia y racismo, derribar fronteras y muros, ser acogedores y construir lazos de amor, comprensión, solidaridad y hermandad.

Además de los extranjeros este pasaje del Éxodo indica otras categorías desfavorecidas y oprimidas en el pueblo judío: “No harás daño a la viuda ni al huérfano… Si prestas dinero… al pobre, no te comportarás con él como un usurero….”. Dios no hace oídos sordos al grito de los pobres, los don nadie y los desamparados de entonces y de hoy, y se compadece de sus sufrimientos, se pone a lado de ellos, asume sobre sí sus problemas y acude en su defensa: “si me piden auxilio, Yo escucharé su clamor”.

Y en verdad Dios, a lo largo de toda la historia de Israel, a través de los profetas, hizo resonar constantemente el grito de denuncia por los abusos de poder de los gobernantes, y estuvo al lado de los últimos para defenderlos de todos los atropellos e injusticias. De la misma manera, el Señor hoy nos confía a cada uno de nosotros y a la Iglesia la misión de ser testigos de su presencia solidaria a lado de los pobres de nuestro mundo y de ser la voz de los sin voz.

No podemos ser indiferentes ante tantos hermanos y hermanas víctimas de las injusticias y la marginalidad forzosa, ni debemos perder el entusiasmo por vivir el Evangelio del amor y la justicia, y desear, buscar y cuidar el bien de los demás.

El Papa Francisco en su Exhortación Apostólica “Evangelii Gaudium” nos dice que el amor al próximo es signo privilegiado del Reino de Dios: “Se trata de amar a Dios que reina en el mundo. En la medida en que Él logre reinar entre nosotros, la vida social será ámbito de fraternidad, de justicia, de paz, de dignidad para todos”.

Este sueño del Papa es particularmente indicado en esta nueva etapa de nuestro País después de las elecciones. Los inicios se presentan muy arduos, entre otras razones, por el clima de incertidumbre, temor y crispación social, por el prolongarse de la pandemia, por los incendios y por la crisis económica.

Sin embargo, nosotros podemos hacer realidad ese sueño, a condición de soñar y trabajar todos unidos por un futuro de esperanza y de bien, y por una Bolivia mejor, donde todos indistintamente tengamos unas condiciones de vida dignas de los hijos de Dios. Todos estamos llamado a aportar para que la esperanza venza al temor, el amor al odio, la reconciliación al resentimiento, la justicia a la venganza, el bien común a la codicia y el bienestar a la pobreza. Confiados en la palabra del Señor, pidámosle hoy que escuche nuestra humilde oración, nos sostenga, acompañe y haga realidad nuestro sueño: “Y si él me invoca, Yo lo escucharé, porque soy compasivo”. Amén

Graciela Arandia de Hidalgo



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