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viernes 30 octubre 2020
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Arzobispo: “Es urgente un cambio en nuestra sociedad, donde el hombre esté por encima de los intereses del mercado”

Campanas. “Es urgente un cambio en nuestra sociedad, donde el hombre esté por encima de los intereses del mercado”, ¡No deseo genérico y abstracto!, sino un cambio concreto de vida que implica nuestras actitudes, acciones y disponibilidad a trabajar por la vida de todos y el bien común a la luz de los valores humanos y cristianos; cambio que involucra a toda la sociedad, pero, que comienza con cada uno de nosotros sin esperar de los demás. dijo el Arzobispo de Santa Cruz, Mons. Sergio Gualberti, en el “Tedeum Ecuménico”, en los 210 años de la gesta libertaria de nuestro departamento.

Este jueves 24 de septiembre a las 10:30 horas, en la Basílica Menor de San Lorenzo Mártir, el Arzobispo, Mons. Sergio Gualberti Calandrina, presidió la “Celebración Litúrgica por Santa Cruz Tedeum Ecuménico”, junto a líderes de las Iglesias cristianas que participan del dialogo Ecuménico: Iglesia Copta Ortodoxa de Bolivia; Mons.  Anba Youssef, P. Hedra Anba Boula, P. Begimy Makaryous, Hna. Demiana St Jhon the Beloved, Iglesia Anglicana Episcopal de Bolivia; Mons. Rapphael Samuel, P. Oscar Villareal, Pastor Franklin Cuenca. También participaran de esta celebración; los Obispos Auxiliares de nuestra Arquidiócesis; Mons. Braulio Sáez, Mons. Estanislao Dowlaszewicz, Mons. René Leigue, Vicarios y Sacerdotes del clero cruceño.

Estuvieron presentes: la Presidente Interina, de Bolivia Jeanine Àñez, Ministros de Estado, Autoridades Nacionales y las principales autoridades del departamento y la ciudad.

Hemos vivido dos acontecimientos que han marcado profundamente la vida de nuestro Departamento y Ciudad, dijo el Arzobispo al iniciar su mensaje. El primero fue el paro cívico de “las pititas” en el mes de octubre pasado, en el que nuestro pueblo se unió para defender el voto emitido en las elecciones nacionales la democracia y la libertad y donde resaltó la vocación a la paz, la solidaridad y el espíritu de sacrificio, en especial de los pobres, y la capacidad de entrega de los jóvenes.

En segundo lugar, la pandemia del COVID, una tragedia mundial, que nos ha sumido a todos a largos meses de sufrimientos y privaciones que todavía siguen y no sabemos hasta cuándo. En particular, a las víctimas del virus y sus familiares, va nuestra solidaridad y oraciones.

Por este motivo, en esta fiesta del 24 de septiembre no nos inundan sentimientos de alegría plena como en anteriores años, aunque, gracias a Dios, sigue viva la esperanza, por la respuesta responsable y coordinada de las autoridades civiles, sanitarias y encargadas del orden, por el respeto de las normas de la mayoría de la población y porque, desde unos días a esta parte, se confirma el decrecimiento paulatino de la pandemia, dijo el prelado.

El Arzobispo aseguró que ya se están dando los primeros pasos para reactivar la vida social y económica en todos los ámbitos, sin embargo, sería un error pensar que esos acontecimientos son tan solo un paréntesis a cerrar, para volver a los mismos paradigmas de antes, como si estas duras experiencias no nos hubieran enseñado nada y no nos presentaran nuevos desafíos.

Así mimo dijo; No podemos desconocer que la pandemia nos ha puesto con crudeza ante la precariedad de nuestra condición humana y nos ha hecho tocar con las manos los límites de la ciencia y la técnica, y de nuestras dotes y capacidades que nos hacían pensar que podíamos dominar la tierra, el tiempo y la vida.  

En nuestro país, entre otras lagunas, se han desvelado graves carencias de estructuras sanitarias y educativas, situaciones preocupantes de pobreza y marginación, el bajón de la producción, el cierre de empresas y la pérdida de fuentes de trabajo, dijo Mons.

Este panorama sombrío no puede ser causado solo por unos meses de pandemia, dijo el prelado, sino por la ineficiencia y debilidad del modelo dominante y globalizado de la sociedad de mercado, donde la economía tiene la preeminencia sobre la persona humana y la creación, modelo que pregona el crecimiento ilimitado, la acumulación de riquezas en manos de pocos y el híper-consumo.

Mons. Sergio afirmó que necesitamos un cambio de paradigma radical, que nos involucra a todos, autoridades y población, a buscar nuevos horizontes.

De manera particular, en este tiempo de campaña electoral, es una oportunidad para que los candidatos no se dediquen a desprestigiarse ni insultarse unos a otros, ni caigan en el inmediatismo político de vieja calaña que no piensa al bien común a largo plazo, sino en producir frutos a corto plazo, como respuesta a intereses electorales. El servicio que el país les pide, es que presenten proyectos, innovadores y creativos, más humanos y sociales, concretos y evaluables, dijo el prelado.

Así mismo Monseñor asegura que Jesús condena sin apelación al egoísmo, la avaricia y la acumulación de bienes logrados a costa de la explotación de los demás y repartidos inicuamente.

El Señor nos pide una sociedad a medida humana y una economía solidaria, y nos desafía a globalizar la dignidad y derechos de cada persona, a bonificar las periferias humanas y geográficas, a luchar por el bienestar de todos, en especial de los sin techo, sin trabajo y sin tierra.

La economía de mercado mata también a la naturaleza y la creación. No hace falta ahondar mucho en este tema: todos sufrimos en estos días los efectos de las quemas de más 800.000 hectáreas, la mayoría en nuestro departamento. Tenemos que dejar de comportarnos como virus idiotas que matan a la tierra que nos sustenta, dijo Mons.

Digamos no al ídolo del crecimiento ilimitado, irresponsable y voraz que ignora los límites de la tierra y aprendamos a vivir con menos para vivir mejor. Aprendamos a relacionarnos con la naturaleza de una nueva forma basada en la ecología ética e integral, a vivir como administradores y no dueños de esta tierra, salvaguardándola para las futuras generaciones, conscientes que nuestra suerte y la de la naturaleza están estrechamente entrelazadas.

El arzobispo no pide de manera particular, que en las próximas elecciones, emitamos un voto consciente que defienda los valores del Evangelio, el derecho a la vida y al desarrollo personal integral, nuestro y de todos, la libertad, la democracia, la justicia, la convivencia pacífica, la economía solidaria al servicio de las personas y el respeto de los derechos humanos tan ignorados y pisoteados en los últimos años.

durente la celebraciòn Ecumènica, ell P. Hugo Ara, Rector de la Catedral y Vicario de Comunicación, entonó “El Tedeum”, estreno a nivel nacional.

Las banderas de Santa Cruz y Bolivia ingresaron hasta el altar de la Catedral y la semilla de la tierra, en este día de alabanza a y agradecimiento por nuestro pueblo cruceño, se ofreció en el altar del Señor el trabajo voluntario y sacrificado de nuestros hermanos y hermanas que siembran la vida y dan todo de si para cuidar la salud, el medio ambiente y el cuidado de todos. Un grupo de jóvenes voluntarios repartieron semillas, para sembrar vida y esperanza. Estos jóvenes quieren ser protagonistas de una Santa Cruz, preocupada por los más necesitados.

Al finalizar el “TEDEUM ECUMÉMICO”, se entonaron las sagradas notas del Himno cruceño, que se hizo oración para que el Señor bendiga a Santa Cruz de la Sierra.

Homilía de Mons. Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz

“TEDEUM ECUMÈNICO POR SANTA CRUZ”

210 años de la Gesta Libertaria

Queridos hermanos y hermanas, desde la celebración, el año anterior, del grito libertario de Santa Cruz, hemos vivido dos acontecimientos que han marcado profundamente la vida de nuestro Departamento y Ciudad. El primero fue el paro cívico de “las  pititas” en el mes de octubre pasado, en el que nuestro pueblo se unió para defender el voto emitido en las elecciones nacionales la  democracia y la libertad. En esa ocasión, resaltó el sentido de pertenencia a esta tierra, la vocación a la paz, la solidaridad y el espíritu de sacrificio, en especial de los pobres, y la capacidad de entrega de los jóvenes.

En segundo lugar, la pandemia del COVID, una tragedia mundial, que nos ha sumido a todos a largos meses de sufrimientos y privaciones que todavía siguen y no sabemos hasta cuándo. En particular, a las víctimas del virus y sus familiares, va nuestra solidaridad y oraciones. Por este motivo, en esta fiesta del 24 de septiembre no nos inundan sentimientos de alegría plena como en anteriores años, aunque, gracias a Dios, sigue viva la esperanza, por la respuesta responsable y coordinada de las autoridades civiles, sanitarias y encargadas del orden, por el respeto de las normas de la mayoría de la población y porque, desde unos días a esta parte, se confirma el decrecimiento paulatino de la pandemia.

 

Ya se están dando los primeros pasos para reactivar la vida social y económica en todos los ámbitos, sin embargo, sería un error pensar que esos acontecimientos son tan solo un paréntesis a cerrar, para volver a los mismos paradigmas de antes, como si estas duras experiencias no nos hubieran enseñado nada y no nos presentaran nuevos desafíos. No podemos desconocer que la pandemia nos ha puesto con crudeza ante la precariedad de nuestra condición humana y nos ha hecho tocar con las manos los límites de la ciencia y la técnica,  y de nuestras dotes y capacidades que nos hacían pensar que podíamos dominar la tierra, el tiempo y la vida.  

La pandemia, además de muchas víctimas humanas, está dejando la sociedad y el mundo más injustos, desiguales y pobres. En nuestro país, entre otras lagunas, se han desvelado graves carencias de estructuras sanitarias y educativas, situaciones preocupantes de pobreza y marginación, el bajón de la producción, el cierre de empresas y la pérdida de fuentes de trabajo.

Este panorama sombrío no puede ser causado solo por unos meses de pandemia, sino por la ineficiencia y debilidad del modelo dominante y globalizado de la sociedad de mercado, donde la economía tiene la preeminencia sobre la persona humana y la creación, modelo que pregona el crecimiento ilimitado, la acumulación de riquezas en manos de pocos y el híper-consumo.

Esta situación clama un cambio de paradigma radical, que nos involucra a todos, autoridades y población, a buscar nuevos horizontes. De manera particular, en este tiempo de  campaña electoral, es una oportunidad para que los candidatos no se dediquen a desprestigiarse ni insultarse unos a otros, ni caigan en el inmediatismo político de vieja calaña que no piensa al bien común a largo plazo, sino en producir frutos a corto plazo, como respuesta a intereses electorales. El servicio que el país les pide, es que presenten proyectos, innovadores y creativos, más humanos y sociales, concretos y evaluables.

ES urgente un cambio real en nuestra sociedad, donde el hombre esté por encima de los intereses del mercado. ¡No deseo genérico y abstracto!, sino un cambio concreto de vida que implica nuestras actitudes, acciones y disponibilidad a trabajar por la vida de todos y el bien común a la luz de los valores humanos y cristianos; cambio que involucra a toda la sociedad, pero, que comienza con cada uno de nosotros sin esperar de los demás.

La palabra de Dios que acabamos de escuchar, nos ofrece luces orientadoras en esta gran tarea.

La primera lectura del libro de Daniel representa, de manera muy plástica, al imperio de Babilonia gobernado por el rey Nabucodonosor, como un ídolo gigantesco, amenazante e hibrido, formado por un aglomerado de realidades muy distintas y mal amalgamadas: la cabeza de oro puro, el pecho y los brazos de plata, el vientre y los lomos de bronce, las piernas de hierro, pero con una grave debilidad: los pies en parte de hierro y en parte de barro. De pronto, de la montaña, se desprende por sí sola una pequeña piedra que choca en los pies de la estatua, esta se derrumba, se pulveriza y sus restos son llevados por el viento.

En este estatua, en apariencia poderosa e invencible, no es difícil descubrir la ideología de mercado, unida artificiosamente, alrededor de la ganancia sin límites, por poderes anónimos y dominantes en nuestro mundo globalizado, un ídolo abrumador puesto de rodillas por un virus invisible e insignificante.

Al respecto, también la parábola de Jesús que acabamos de escuchar apunta a lo esencial en la vida personal y social, denunciando la necedad y debilidad de una economía acumuladora e insolidaria. Ese terrateniente que, satisfecho por la cosecha extraordinaria, proyecta graneros más amplios para vivir de renta y darse una buena vida, ha cometido un grave error: no ha tomado en cuenta que su vida depende de Dios,insensato, esta misma noche vas a morir. Y para quién será lo que has amontonado”.

“Insensato”, porque ha vivido una existencia “sin sentido”, se la ha jugado en acumular riquezas, sustituyéndolas al Dios de la vida. “Esto es lo que sucede al que acumula riquezas para sí, y no es rico a los ojos de Dios”. Jesús condena sin apelación al egoísmo, la avaricia y la acumulación de bienes logrados a costa de la explotación de los demás y repartidos inicuamente. Al respecto Jesús tiene también una advertencia perentoria:Ningún siervo puede servir a dos señores… No pueden servir a Dios y a las riquezas” (Lc 16,13). Dios y las riquezas no son conciliables: o el Uno o las otras.

El Papa Francisco se hace eco de la advertencia de Jesús  aplicándola a la economía de mercado: Esa economía mata”, al mismo tiempo que emplaza a una conversión concreta desde la ética y los valores humanos y cristianos: «Hay que tener la valentía y la fantasía de construir el camino justo para integrar en el mundo, el desarrollo, la justicia y la paz».

Esa economía mata; mata al Dios de la vida y de la historia sustituyéndose a Él, condenándolo al silencio y a la indiferencia y arrinconándolo al ámbito del individuo. Hay que devolver a Dios la ciudadanía que le corresponde en la vida e historia de las personas, la comunidad y la sociedad.

Al matar a Dios, la sociedad de mercado “mata al hombre”, porque no nos reconoce a todos como hermanos, hijos del mismo Padre, borra los derechos humanos, deshumaniza y degrada las relaciones entre iguales, sacrificando el hombre al ídolo de la economía. Este sistema ha llegado al extremo de pasar de la explotación a la exclusión de las personas, consideradas descartes, porque sobrantes e improductivas. El Señor nos pide una sociedad a medida humana y una economía solidaria, y nos desafía a globalizar la dignidad y derechos de cada persona, a bonificar las periferias humanas y geográficas, a luchar por el bienestar de todos, en especial de los sin techo, sin trabajo y sin tierra.

La economía de mercado mata también a la naturaleza y la creación. No hace falta ahondar mucho en este tema: todos sufrimos en estos días los efectos de las quemas de más 800.000 hectáreas, la mayoría en nuestro departamento. Tenemos que dejar de comportarnos como virus idiotas que matan a la tierra que nos sustenta.

Digamos no al ídolo del crecimiento ilimitado, irresponsable y voraz que ignora los límites de la tierra y  aprendamos a vivir con menos para vivir mejor. Aprendamos a relacionarnos con la naturaleza de una nueva forma basada en la ecología ética e integral, a vivir como administradores y no dueños de esta tierra, salvaguardándola para las futuras generaciones, conscientes que nuestra suerte y la de la naturaleza están estrechamente entrelazadas.

De manera particular, en las próximas elecciones, emitamos un voto consciente que defienda los valores del Evangelio, el derecho a la vida y al desarrollo personal integral, nuestro y de todos, la libertad, la democracia, la justicia, la convivencia pacífica, la economía solidaria al servicio de las personas y el respeto de los derechos humanos tan ignorados y pisoteados en los últimos años.

Queridos hermanos todos, finalmente digamos sí a Dios, porque en él encontramos nuestra realización y nuestra felicidad, personal, comunitaria y social, como hemos cantado en el salmo. “Feliz el Hombre que confía en el Señor”; feliz quien confía en Él y camina en comunión de fe y esperanza hacia una sociedad reconciliada y reconciliadora. Que Dios bendiga a Santa Cruz y bendiga a Bolivia. Amén

Graciela Arandia de Hidalgo



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