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martes 19 enero 2021
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Arzobispo: “En esta navidad, vivamos con alegría la venida del Señor, no la alegría del mercado y de los regalos que el consumismo nos presenta”

Campanas. Este tercer domingo de adviento, desde la Catedral el Arzobispo de Santa Cruz, Mons. Sergio Gualberti nos pidió que “En esta navidad, vivamos con alegría la venida del Señor, no la alegría del mercado y de los regalos que el consumismo nos presenta”.

Esta es la invitación de Juan el Bautista a descubrir el rostro del desconocido, condición indispensable para vivir la alegría de la Navidad. No cualquier alegría, ni la alegría del mercado y de los regalos que el consumismo nos presenta, sino la alegría interior por la venida del salvador*, que brota de la certeza que Dios cumple con su palabra: “El que los llama es fiel, y así lo hará”, así asegura San Pablo a los cristianos de Tesalónica.

“En este tiempo de espera por la venida del Señor trabajemos por desterrar las divisiones, el odio y el rencor”

Es la alegría de orar y dar gracias a Dios en toda ocasión, como María que proclama la grandeza del Señor, la alegría de abrirnos a la acción del Espíritu para que reanime nuestra fe en el Salvador, la alegría de luchar por la justicia, por el bien común, por el respeto de los demás, por los pobres y los desgarrados en el corazón, y la alegría de trabajar por desterrar las divisiones, la prepotencia, el odio y el rencor.

Así mismo el prelado afirmó que el desafío de Navidad para nosotros los cristianos es hacer que nuestra alegría se convierta en la manifestación luminosa de la presencia y cercanía de Dios en la historia.

Tener espíritu de pobre debería ser la actitud de todos los que creemos en Cristo, *reconocer nuestra pobreza existencial y que toda nuestra vida, lo que somos, lo que tenemos y lo que hacemos depende de Dios, dijo con voz enfática Monseñor.

De la misma manera el Arzobispo de Santa Cruz, aseguró que la pandemia del COVID se ha encargado de recordarnos esta verdad de una manera dolorosa, ha hecho caer como un castillo de naipes las certezas humanas del poder, las riquezas y el orgullo de la ciencia. *Nos ha hecho tocar con manos nuestra fragilidad y límites que habíamos olvidado con demasiada facilidad, actuando como si fuéramos dueños de nuestra existencia y del mundo*.

La Virgen María, figura central del Adviento, la pobre y humilde “servidora” del Señor

La que por su sencillez y humildad fue elegida para ser la Madre del Señor: “Proclama mi alma la grandeza del Señor… porque se fijó en la humildad de su servidora”.  Con la misma actitud de servidor de Dios, Juan el Bautista cumple la misión de ser el Precursor, el abre camino del Mesías, pidiendo la conversión del pueblo de Israel*. El Evangelio nos narra que, mientras él está predicando en el desierto y bautiza a la gente en el río Jordán, se le presentan unos enviados de los fariseos para preguntarle sobre su identidad y con qué autoridad desempeña esa misión. Juan, en primer lugar, despeja toda posible equivocación, con tres negaciones: No soy el Mesías, no soy Elías, cuya vendida, según la tradición hebrea, tenía que preceder el día del juicio, y no soy “el Profeta”, el Cristo”.

Diakonía celebra 25 años de fundación ¡FELICIDADES!

El Arzobispo expresó su agradecimiento sincero y sus felicitaciones a la Escuela Superior de Comunicación Audiovisual Diakonía fundada hace 25 años, por el Cardenal Julio Terrazas con la colaboración de los obispos del oriente boliviano y bajo la Dirección general del P. Hugo Ara, que sigue hasta hoy con este servicio. Esta iniciativa respondía a la necesidad de la Iglesia de emplear la comunicación social como una herramienta fundamental en los procesos de integración y evangelización, formando profesionales católicos promotores de una comunicación diferente al servicio de la vida, la verdad y la ética, y sobre los cimientos de los valores humanos y cristianos, ejes fundamentales de una nueva convivencia social.

Durante esta larga trayectoria Diakonía ha formado innumerables licenciados y técnicos superiores que hoy se desempeñan en diferentes productoras, instituciones y medios de comunicación a nivel nacional e internacional, en beneficio de la sociedad. Algunos de ellos están esta mañana en medio de nosotros aquí en la Catedral para transmitir, como cada domingo y otras oportunidades, la celebración Eucarística por los Medios de Comunicación. Por eso, damos gracias a Dios y a todos los que apoyan con esto medios la labor evangelizadora de la Iglesia en Bolivia y les auguramos que sigan creciendo en el servicio de la comunicación centrada en la verdad y en los valores del Evangelio.

Con las palabras de San Pablo y con sentimientos de gratitud y alegría por la próxima venida del Salvador, a ustedes aquí presentes y a todos los que nos siguen a través de los medios de comunicación les deseo que el Dios de la paz les ayude a vivir como corresponde, a conservarse sin mancha en todo su ser, hasta la venida de nuestros Señor Jesucristo.

Homilía de Mons. Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz

Domingo 13/12/2020

Con este tercer domingo de Adviento, estamos a la mitad del camino que nos prepara a la Navidad y la alegría el sentimiento preponderante en la liturgia de hoy: “Estén siempre alegres… El Señor me ha llenado de alegría, me ha colmado de gozo… se alegra mi espíritu en el Señor…”. La alegría y el anuncio de la llegada del Salvador de toda la humanidad, son los dos ejes centrales de la palabra de Dios de este domingo.

La 1era lectura, nos presenta a Isaías que se ofrece para que Dios lo envíe como profeta en medio del pueblo de Israel, recién regresado de un largo exilio, y que se enfrenta a las muchas dificultades de la reconstrucción del país. Su misión es consolar y reanimar la esperanza de los repatriados: “El Espíritu del Señor está sobre mí… y me ha enviado para dar la buena noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados, para pregonar la amnistía a los cautivos y a los reclusos la libertad y para proclamar un año de gracia del Señor”. Es el anuncio de la buena noticia del año de gracia, del tiempo de la conversión del pueblo y de la misericordia de Dios que se compadece de los pobres, los últimos, los que sufren, los que están desanimados y los privados de la libertad víctimas de las injusticias.

Jesús, en su primera predicación en la sinagoga de Nazaret, se aplica a sí mismo esta profecía de Isaías: “Hoy se han cumplido estas palabras”.  Jesús es el HOY de Dios, el Mesías esperado que lleva a cumplimiento el año de gracia, que actúa con misericordia, que hace cercano al Padre, que instaura nuevas relaciones entre nosotros y con Dios, que perdona a los pecadores, que se solidariza con los pobres, los oprimidos y sufridos del mundo, y que nos trae la liberación integral del pecado y de toda clase de males morales y espirituales. Los pobres, en la Biblia, son los que se reconocen necesitados de Dios, los que son conscientes que toda su existencia depende de él, los que carecen de las condiciones de vida digna de los hijos de Dios, los que ponen toda su confianza en Él y no en sus propias fuerzas, en las riquezas materiales, en el prestigio e influencias de los poderosos.

Tener espíritu de pobre debería ser la actitud de todos los que creemos en Cristo, reconocer nuestra pobreza existencial y que toda nuestra vida, lo que somos, lo que tenemos y lo que hacemos depende de Dios. La pandemia del COVID se ha encargado de recordarnos esta verdad de una manera dolorosa, ha hecho caer como un castillo de naipes las certezas humanas del poder, las riquezas y el orgullo de la ciencia. Nos ha hecho tocar con manos nuestra fragilidad y límites que habíamos olvidado con demasiada facilidad, actuando como si fuéramos dueños de nuestra existencia y del mundo.

A la dicha de los pobres se asocia la dicha de la Virgen María, figura central del Adviento, la pobre y humilde “servidora” del Señor, la que por su sencillez y humildad fue elegida para ser la Madre del Señor: “Proclama mi alma la grandeza del Señor… porque se fijó en la humildad de su servidora”.  Con la misma actitud de servidor de Dios, Juan el Bautista cumple la misión de ser el Precursor, el abre camino del Mesías, pidiendo la conversión del pueblo de Israel. El Evangelio nos narra que, mientras él está predicando en el desierto y bautiza a la gente en el río Jordán, se le presentan unos enviados de los fariseos para preguntarle sobre su identidad y con qué autoridad desempeña esa misión. Juan, en primer lugar, despeja toda posible equivocación, con tres negaciones: No soy el Mesías, no soy Elías, cuya vendida, según la tradición hebrea, tenía que preceder el día del juicio, y no soy “el Profeta”, el Cristo”.

Luego con firmeza se define: “Yo soy la voz que clama en el desierto: hagan rectos los caminos del Señor…”. Él es tan solo la voz de Dios que llama al pueblo a allanar los caminos del Señor y a que fije su atención no sobre él, sino sobre Jesús: “Yo bautizo con agua, pero en medio de ustedes hay uno que no conocen...”. Jesús es el desconocido, él ya está en medio de ellos, pero sus mentes embotadas por la arrogancia y la autosuficiencia, y sus ojos enceguecidos por sus intereses, no les permiten reconocer en él al Mesías.

Jesús es el desconocido o conocido muy parcial y superficialmente para la gente de entonces y también para muchos en nuestro mundo hoy. Por eso, es muy actual la invitación de Juan el Bautista a descubrir el rostro del desconocido, condición indispensable para vivir la alegría de la Navidad. No cualquier alegría, ni la alegría del mercado y de los regalos que el consumismo nos presenta, sino la alegría interior por la venida del salvador, que brota de la certeza que Dios cumple con su palabra: “El que los llama es fiel, y así lo hará”, así asegura San Pablo a los cristianos de Tesalónica.

Es la alegría de orar y dar gracias a Dios en toda ocasión, como María que proclama la grandeza del Señor, la alegría de abrirnos a la acción del Espíritu para que reanime nuestra fe en el Salvador, la alegría de luchar por la justicia, por el bien común, por el respeto de los demás, por los pobres y los desgarrados en el corazón, y la alegría de trabajar por desterrar las divisiones, la prepotencia, el odio y el rancor.

Este es el desafío de Navidad para nosotros cristianos: hacer que nuestra alegría se convierta en la manifestación luminosa de la presencia y cercanía de Dios en la historia. En este espíritu de alegría y de esperanza, quiero expresar, esta mañana, mi agradecimiento sincero y mis felicitaciones a la Escuela Superior de Comunicación Audiovisual Diakonía fundada hace 25 años, por el Cardenal Julio Terrazas con la colaboración de los obispos del oriente boliviano y bajo la Dirección general del P. Hugo Ara, que sigue hasta hoy con este servicio. Esta iniciativa respondía a la necesidad de la Iglesia de emplear la comunicación social como una herramienta fundamental en los procesos de integración y evangelización, formando profesionales católicos promotores de una comunicación diferente al servicio de la vida, la verdad y la ética, y sobre los cimientos de los valores humanos y cristianos, ejes fundamentales de una nueva convivencia social.

Durante esta larga trayectoria Diakonía ha formado innumerables licenciados y técnicos superiores que hoy se desempeñan en diferentes productoras, instituciones y medios de comunicación a nivel nacional e internacional, en beneficio de la sociedad. Algunos de ellos están esta mañana en medio de nosotros aquí en la Catedral para transmitir, como cada domingo y otras oportunidades, la celebración Eucarística por los Medios de Comunicación. Por eso, damos gracias a Dios y a todos los que apoyan con esto medios la labor evangelizadora de la Iglesia en Bolivia y les auguramos que sigan creciendo en el servicio de la comunicación centrada en la verdad y en los valores del Evangelio.

Con las palabras de San Pablo y con sentimientos de gratitud y alegría por la próxima venida del Salvador, a ustedes aquí presentes y a todos los que nos siguen a través de los medios de comunicación les deseo “que el Dios de la paz les ayude a vivir como corresponde, a conservarse sin mancha en todo su ser, hasta la venida de nuestros Señor Jesucristo”. Amén

 

Graciela Arandia de Hidalgo