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domingo 29 mayo 2022
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Arzobispo: “El amor cristiano nos ayuda a no caer en la tentación, de criticar, y condenar a los demás en las redes y en los medios de comunicación, Dios, es el único que puede juzgar”

Campanas. Desde la Catedral el Arzobispo de Santa Cruz, Mons. Sergio Gualberti afirmó que, “El amor cristiano nos ayuda a no caer en la tentación, tan común a nivel personal, en las redes y en los medios de comunicación, de criticar, juzgar y condenar a los demás”. Esta manera de actuar es propia de una postura de superioridad y endiosamiento sobre los demás; es ponerse en el lugar de Dios, el único que puede juzgar porque conoce las intenciones y lo más profundo de las personas.

El pasaje del evangelio que acabamos de escuchar nos presenta a Jesús que, en diálogo con sus discípulos, les dice: “Amen a sus enemigos”. Sus palabras, que suenan como un mandato, deben haber desconcertado a los discípulos ya que en Israel la convivencia comunitaria y social era regulada por la llamada “regla de oro”: “Hagan por los demás lo que quieren que los demás hagan por ustedes”.

 La justicia de Dios, más temprano que tarde, llega para todos

Al respecto tenemos en la primera lectura el testimonio ejemplar de David, futuro rey de Israel que, teniendo en sus manos la posibilidad de eliminar al rey Saúl, que lo perseguía para matarlo, le salva la vida: “Hoy el Señor te entregó en mis manos, pero yo no quise atentar contra el ungido del Señor”. El gesto de David ante Saúl, su enemigo, es veneración de la sacralidad de la función del rey, ungido por Dios y portador de su Espíritu para defender, guiar, hacer justicia y mantener viva la esperanza del pueblo. David renuncia a hacerse justicia por mano propia, poniendo toda su confianza en la justicia de Dios, justicia que, más temprano que tarde, llega para todos.

“El amor es el único camino que puede desarmar a los infiernos de la violencia, del odio y del mal”

Jesús luego pide a sus discípulos dar un paso más: “Bendigan a los que los maldicen”. Bendecir es “decir-bien” ante Dios de los que maldicen, de los que “dice-mal” de uno mismo. Ante esta petición de Jesús, podemos quedarnos admirados, pero sobre todo desconcertados y dudosos. La sociedad humana desde siempre se rige, más o menos abiertamente, por la lógica del más fuerte y de la competencia, y por la ley del talión o de la reciprocidad: “Ojo por ojo, diente por diente”. Por eso, este mandato de Jesús nos puede parecer una utopía irrealizable o incluso una forma de cobardía y pasividad que consiente la instalación de la injusticia y el abuso en la convivencia humana.

 “Las armas que propone Jesús para realizar una sociedad nueva son, la oración, la no violencia, la fuerza activa del amor y el perdón”

Por eso, este precepto no se limita a las relaciones al interior de la Iglesia, sino también a la instauración de una sociedad construida sobre las bases de relaciones justas y fraternas, donde no haya divisiones de clases y discriminaciones de ningún tipo, y donde se eliminen las estructuras y sistemas que causan atropellos de la vida y los derechos humanos.

El no responder al mal con mal pone el agresor ante su propia maldad y esto es el primer paso para que tome conciencia del mal que causa y cambie de actitud.

“Solo un amor que genere justicia, solidaridad y fraternidad, puede romper la espiral de la violencia, del abuso y de la injusticia en la convivencia humana”

Por eso, perdonar y buscar el bien del enemigo no es no una actitud cobarde, sino un acto de valentía que exige esfuerzo y perseverancia.

“La justicia es la primera exigencia del amor; una justicia que se deba a la verdad, libre de presiones e intereses sociales e ideológicos”

Desde esa visión, la justicia es la primera exigencia del amor, la medida mínima de la caridad; una justicia que se deba a la verdad y a la equidad, una justicia libre de todas clases de venganzas, presiones e intereses sociales e ideológicos.

En la opción de Jesús, ya no es el egoísmo personal o de grupo el criterio de las relaciones con los demás, sino la justicia y el amor que nos hacen solidarios y partícipes de los problemas y necesidades de los demás. Quien ama hace justicia y el justo sabe amar. 

“El amor de discípulo brota de la gracia fiel y creativa de Dios, un don que abre a la plena comunión de vida y de intentos con Él”

Jesús mismo nos indica claramente que implica seguir sus pasos: “Hagan el bien y presten sin esperar nada en cambio… Si aman a los que los aman,… si hacen el bien a los que se lo hacen a ustedes… y si prestan a aquellos de quienes esperan recibir, ¿qué gracia tiene?”.

“El hecho que Dios nos ama, es el motivo que nos impulsa a amar a los demás, incluyendo a los enemigos”

“Entonces la recompensa de ustedes será grande y serán hijos del Altísimo”. Nuestra vocación de cristianos es alcanzar a ser “hijos del Altísimo”, la meta última de la vida gastada por amor a Dios y al prójimo y al mismo tiempo la fuente, aquí y ahora, del amor de Dios sin condiciones ni reservas.

Jesús continúa ahondando en su enseñanza para que nosotros podamos entenderla en todo su alcance: “Sean misericordiosos como el Padre de ustedes es misericordioso”. Misericordia es el amor de Dios que siente, como Padre, por la desdicha de nosotros sus hijos, el amor sin límites que define su ser y su manera de actuar en relación a nosotros sus criaturas.

“No juzguen… y no serán juzgados, no condenen y no serán condenados, perdonen y serán perdonados

Este amor de misericordia es el que nos hace ser solidarios con los demás, acercarnos a ellos y solidarizarnos con sus sufrimientos y problemas. Jesús termina su instrucción con tres breves exhortaciones como expresión del actuar de todo cristiano.

“Ser misericordiosos con el prójimo nos atrae la misericordia de Dios que alcanza su plenitud en Cristo”

A nosotros nos cabe sincerarnos y reconocer que somos pecadores, necesitados del amor del Padre, que es bueno con todos, también con “los ingratos y malos”. Es lo que Jesús nos ha enseñado en el Padre Nuestro: ”Perdona nuestra ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Ser misericordiosos con el prójimo nos atrae la misericordia de Dios que alcanza su plenitud en Cristo.

“La generosidad, la bondad y la compasión hacia los demás, tiene que ser lo que nos identifica como cristianos”

Misericordia que lleva al amor incondicional, la ternura, la benignidad, la acogida y la solidaridad hacia los demás, en particular hacia los más necesitados, los pobres y descartados de la sociedad, comprometiendo nuestra propia vida en bien de ellos, a ejemplo de Cristo.

 “La enseñanza de Jesús hoy nos pide comprometernos en recrear una humanidad nueva, justa y en paz”

 La enseñanza de Jesús hoy nos pide comprometernos en recrear una humanidad nueva, justa y en paz, con la fuerza activa del amor verdadero. Pidamos al “Señor bondadoso y compasivo, lento para enojarse y de gran misericordia”, que nos conceda el don de la fortaleza y perseverancia para que podamos llevar adelante la misión que Él nos ha confiado.

DECARGAR HOMILÍA COMPLETA

Graciela Arandia de Hidalgo



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