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miércoles 18 septiembre 2019
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Arzobispo de Santa Cruz: Seamos también nosotros, misericordiosos como el Padre

Las lecturas y la reflexión de este domingo nos han colocado en el centro del año de la Misericordia, pues el evangelio muestra a Jesús contando tres parábolas que revelan el rostro misericordioso del Padre. El Arzobispo de Santa Cruz, Monseñor Sergio Gualberti, se refirió particularmente a la parábola del hijo pródigo y a tiempo de insistir en que en ella vemos a un “Padre de misericordia que sólo sabe y solo quiere amar y perdonar” hizo especial énfasis en que, a diferencia del hermano mayor de esta parábola, también nosotros debemos amar y perdonar a nuestros hermanos.

Hermosa imagen, Dios es el Padre y el Buen Pastor que espera y que sale al encuentro de los pecadores, de las ovejas perdidas.

Para Monseñor Sergio “Con esta parábola, Jesús ha venido a desenmascarar y a desinstalar también nuestros prejuicios y seguridades. Nuestras relaciones muchas veces, como el hijo mayor de la parábola, están construidas sobre la presunción de ser mejores que los demás, sobre la exigencia de que aquel que se equivoca, tiene que pagar, sobre la marginación del que es “diverso” y del “sospechoso”, sobre la soberbia que impide dar el primer paso hacia los que nos han ofendido, sobre la incapacidad de pedir y conceder el perdón y sobre el amor propio y el rencor siempre listos para “vengarse”.

“Jesús hoy nos llama a reconocernos pecadores necesitados de la misericordia entrañable del Padre y al mismo tiempo a ser misericordiosos hacia los demás, haciendo todo lo que está a nuestro alcance para reconciliarnos y solidarizarnos con sus debilidades y hacer que recuperen la vida, la dignidad y la alegría de hijos amados de Dios” indicó Monseñor.

Como el joven de la parábola, que al alejarse de su padre tocó fondo perdiendo no solo lo que tenía “sino a sí mismo, su dignidad de persona y la libertad que tanto había querido” Monseñor Sergio señaló que eso es lo que causa el pecado en nuestras vidas “nos reduce a esclavos del mal y nos hace perder la dignidad de hijos de Dios”.

Sin embargo, Monseñor Sergio dijo que siempre es posible volver a la casa del Padre y que “el primer paso de la conversión es tener el coraje de hacer verdad en nosotros mismos, de confrontarnos sin miedo con la conciencia y reconocer nuestra situación de miseria y de pecadores”.

“Por el pecado perdemos la dignidad de hijos y nos encaminamos por sendas de muerte, pero Dios, por su gran misericordia nos restituye a esa dignidad y nos hace renacer a la vida nueva. La imagen de Dios que Jesús nos presenta es consoladora: es el Padre de misericordia que sólo sabe y solo quiere amar y perdonar” señaló el prelado.

HOMILIA DE MONSEÑOR SERGIO GUALBERTI, ARZOBSIPO DE SANTA CRUZ

DOMINGO 12 DE SEPTIEMBRE DE 2016

BASÍLICA MENOR DE SAN LORENZO MÁRTIR

La palabra de Dios de este domingo nos habla de la “misericordia”. En la primera lectura, Dios perdona y da una nueva oportunidad al pueblo de Israel que había caído en el grave pecado de idolatría, en la segunda lectura Pablo se encuentra con la misericordia de Dios que de perseguidor lo hace apóstol, y en el evangelio Jesús nos presenta a Dios que va al encuentro de los pecadores con las parábolas, de “la oveja y la moneda perdidas” y la del “padre misericordioso”. Jesús está ante un escenario contradictorio: por un lado están “todos los publicanos y pecadores que se acercan a Jesús para escucharlo”, y por el otro están los fariseos y escribas que murmuran. “Este hombre recibe los pecadores y come con ellos”. Jesús, con su enseñanza, quiere dejar en claro que él ha recibido la misión de hacer visible la misericordia del Padre. “Es doctrina cierta y digna de fe que Jesucristo vino al mundo para salvar a los pecadores”, son las palabras de San Pablo a Timoteo.

“Un hombre tenía dos hijos. El menor de ellos dijo a su padre:-Dame la parte de herencia que me corresponde.- Y el padre les repartió sus bienes”. Este, a pesar de que está en su derecho negar la herencia, no pone ninguna objeción y accede al pedido.

“Pocos días después el hijo…se fue a un país lejano”. El deseo de libertad y emancipación del joven es tan grande que desconoce todas las muestras de amor del padre y deja incluso el bienestar de la acogedora casa paterna. Esto es lo que nos pasa cuando pecamos: confundimos la libertad con el capricho, pensando que su voluntad limita nuestra libertad, dejamos la casa del Padre, buscamos otros amores y preferimos vivir a nuestro gusto y antojo.

Con tanta plata a disposición, el joven, rodeado de amigos y mujeres de vida fácil, se dedica a festines y jaranas. En poco tiempo despilfarra todo el dinero y, se queda solo, sin nada y sin amigos. Por su mala suerte, en ese país sobreviene una carestía y él comienza a padecer hambre. Busca trabajo, cosa que nunca había hecho en su casa, pero no lo encuentra. Por fin un hombre lo manda a cuidar cerdos, aunque, para saciar el hambre, tiene que disputarse las bellotas con ellos. Es el colmo de la desgracia: de hombre libre se hace esclavo sufriendo además la gran humillación de cuidar animales considerados impuros por su religión judía.

El joven ha tocado fondo: no solo ha perdido todo lo que tenía, sino que se ha perdido a si mismo, su dignidad de persona y la libertad que tanto había querido. Esto es lo que causa el pecado en nuestras vidas: nos reduce a esclavos del mal y nos hace perder la dignidad de hijos de Dios.

Cuando pareciera que está en un callejón sin salida, el joven tiene una chispa de amor propio y recapacita, “entra en sí mismo” y piensa: “¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, y yo estoy aquí muriéndome de hambre!” El primer paso de la conversión es tener el coraje de hacer verdad en nosotros mismos, de confrontarnos sin miedo con la conciencia y reconocer nuestra situación de miseria y de pecadores.

Ahora mismo iré a la casa de mi padre”. El segundo paso de la conversión es el arrepentimiento, seguido de la decisión de  volver a la casa del Padre, reconocer su paternidad y voluntad. No hay como la casa del Padre y gozar del afecto y seguridad de su amor. Esto no significa renunciar a la propia libertad, por el contrario, aceptar el amor del Padre como único límite a nuestra libertad es reencontrar y vivir en plenitud la verdadera libertad.

El joven se prepara al encuentro con el padre con una profunda y sincera confesión: “Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros.” Reconoce y expresa que su pecado va en contra de su padre y de Dios, “Pequé contra ti y contra el cielo”. No es suficiente reconocer en el interior de uno mismo que hemos pecado, hay que expresarlo. Es lo que estamos invitados a hacer cuando acudimos al sacramento de la penitencia, al confesar nuestros pecados delante del sacerdote, elegido por Dios para perdonarnos y hacernos experimentar el amor misericordioso del Padre.

“Entonces partió y volvió a la casa de su padre. Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio”. El joven cumple su propósito, se sacude de su postración, se levanta y se pone en camino. Sorpresa: estando todavía lejos de su casa, el padre lo divisa y sale a su encuentro. Lo ha estado esperando, porque sabe que ese hijo, lejos de su casa, no puede hallar ningún corazón de padre.

Hermosa imagen, Dios es el Padre y el Buen Pastor que espera y que sale al encuentro de los pecadores, de las ovejas perdidas.

“Se conmovió profundamente, corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó”. El padre se conmueve en los más íntimo y profundo de su ser, es un vuelco en su corazón y en sus entrañas, expresado en el abrazo y el beso. El padre no lo deja terminar de confesar su error y su culpa, solo está feliz: “porque mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y fue encontrado”. Llama la atención que el padre no haga ninguna referencia a lo que él ha sufrido durante ese tiempo, ni tampoco el más mínimo reproche por los errores del hijo. En seguida manda a los siervos a traer un vestido, le pone el anillo y las sandalias a los pies, signos de que lo rehabilita en los derechos propios de persona libre y de hijo.

Por el pecado perdemos la dignidad de hijos y nos encaminamos por sendas de muerte, pero Dios, por su gran misericordia nos restituye a esa dignidad y nos hace renacer a la vida nueva. La imagen de Dios que Jesús nos presenta es consoladora: es el Padre de misericordia que sólo sabe y solo quiere amar y perdonar. San Pablo es un ejemplo viviente de esa actuación de Dios: “Me llamó a su servicio a pesar de mis insolencias anteriores… Fui tratado con misericordia… sí, encontré misericordia”.

Como Pablo, nos colma de alegría experimentar la misericordia de Dios que nos perdona, reconcilia, libera de la muerte y nos hace ser nuevas creaturas: “Es justo que haya fiesta y alegría, porque tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida”. Pero no todos los de la casa participan de la fiesta. El hijo mayor, de regreso del campo, al enterarse del motivo de la fiesta, se enoja y no quiere entrar. El padre nuevamente toma la iniciativa y sale a su encuentro y, a pesar de su rechazo, le manifiesta todo su amor: “Hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo”. El padre ama inmensamente a ambos hijos por el solo hecho que son sus hijos, más allá de sus actitudes y conductas. Es muy significativa la expresión del padre al dirigirse al hijo mayor: “tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida”.

El quiere despertar en el hijo los sentimientos propios de hermanos: para que los gozos y esperanzas, las tristezas y angustias de un hermano, lo sean también del otro. Jesús, en este padre de la parábola, nos está revelando que Dios es el Padre que siempre nos ama, viene a nuestro encuentro, nos anima a volver a la casa y nos perdona. El Papa Francisco nos lo ha repetido varias veces en este año del Jubileo: “Dios nunca se cansa de perdonar, somos nosotros que nos cansamos de pedir perdón”.

El hijo menor es la ejemplificación de los publicanos y pecadores, de los alejados de Dios, los extraviados, los excluidos de la sociedad que acudían a las enseñanzas de Jesús, y que en él tocan con mano el amor y la misericordia del Padre.

El hijo mayor, en cambio, representa a los fariseos y los letrados del pueblo judío, los que se creen justos y perfectos, solo por tener un oficio religioso. Sin embargo no han experimentado la alegría del encuentro con Dios y por tanto no tienen la conciencia de lo que significa ser amados y vivir como hijos y hermanos.

Con esta parábola, Jesús ha venido a desenmascarar y a desinstalar también nuestros prejuicios y seguridades. Nuestras relaciones muchas veces, como el hijo mayor de la parábola, están construidas sobre la presunción de ser mejores que los demás, sobre la exigencia de que aquel que se equivoca, tiene que pagar, sobre la marginación del que es “diverso” y del “sospechoso”, sobre la soberbia que impide dar el primer paso hacia los que nos han ofendido, sobre la incapacidad de pedir y conceder el perdón y sobre el amor propio y el rencor siempre listos para “vengarse”.

Jesús hoy nos llama a reconocernos pecadores necesitados de la misericordia entrañable del Padre y al mismo tiempo a ser misericordiosos hacia los demás, haciendo todo lo que está a nuestro alcance para reconciliarnos y solidarizarnos con sus debilidades y hacer que recuperen la vida, la dignidad y la alegría de hijos amados de Dios. ¡Participemos de la fiesta en la casa del Padre con alegría desbordante, reconciliados y agradecidos por su ternura, su perdón y su amor sin límites, que nos hacen decir: ”Iré a la casa de mi Padre”. Amén.

Oficina de prensa de la Arquidiócesis de Santa Cruz

Encargado


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