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jueves 19 septiembre 2019
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Arzobispo: “Cuando no se respeta la dignidad y la libertad, se pone en riesgo la convivencia pacífica, la vida y el destino de las personas”

Campanas. El Arzobispo de Santa Cruz, Mons. Sergio Gualberti en su homilía desde la Catedral, este domingo 8 de septiembre, aseguró que cuando  no se respeta la dignidad y la libertad, se pone en riesgo la  convivencia pacífica, la vida y el destino de las personas, volviéndolas objeto y por tanto se las explota y desecha arbitrariamente, como constatamos a menudo en nuestro mundo injusto y violento.

Así mismo hizo un llamado a a vencer al egoísmo y renunciar a todas las cosas y seguridades que nos atan y que nos impiden abrirnos al amor del Señor y del prójimo.

Llamados a vaciar el corazón de tantas cosas superfluas para llenarnos de la fuerza transformadora de la sabiduría y del amor que nos hace personas libres y entregadas al servicio de la Buena Noticia del reino de Dios, dijo el Prelado.

 El Arzobispo pidió que estemos dispuestos a cargar la cruz del amor para el reino de Dios y crear vínculos nuevos de comunión, fraternidad y solidaridad en la gran familia de los hijos de Dios.

 

Homilía de Mons. Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz

Catedral – 8/9/2019

La palabra de Dios que acabamos de escuchar, es un llamado a discernir el camino que lleva a vita, a descubrir lo que verdaderamente vale y cuáles tienen que ser las actitudes y conductas propias de los seguidores de Jesús.

La primera lectura del libro de la Sabiduría, es un fragmento de una solemne oración puesta en boca de Salomón, presentado en la Biblia como el perfecto rey e ideal de la persona sabia, al momento de iniciar su reinado sobre el pueblo de Israel. El rey eleva a Dios esa oración para alcanzar la sabiduría con humildad y consciente de sus límites de criatura y de la radical debilidad humana con sus tensiones y desórdenes.

Reconoce que la verdadera sabiduría no puede ser fruto del esfuerzo humano, sino que sólo puede ser recibida como una gracia de Dios que nos abre a nuevos horizontes de luz y de verdad: “¿Quién puede hacerse una idea de lo que quiere el Señor? ¿Qué hombre podría conocer tu proyecto, si tú no le hubieras dado la sabiduría, y hubieras enviado tu santo espíritu de los cielos?”.

Palabras esperanzadoras: Dios, en su bondad, nos envía su santo Espíritu para hacernos partícipes de su sabiduría,  el don que nos lleva a conocer siempre más profunda y  coherentemente la “verdad”. La verdad que viene de Dios  coincide con su voluntad y con los verdaderos valores de nuestra existencia personal y social, con lo que le da sentido y que nos permite alcanzar la felicidad.

La sabiduría, don del amor de Dios, suscita en nuestro corazón una pasión por la verdad que nos mueve a amar, buscar y vivir la voluntad de Dios en todos los acontecimientos de cada día, en nuestras relaciones con el prójimo y con los bienes creados. De la misma manera, la sabiduría divina ilumina nuestra inteligencia para que comprendamos que la meta certera y valiosa a alcanzar no son las riquezas materiales, el poder, la reputación y la posición social, sino el encuentro con el Dios de la vida y del amor, nuestra plena realización en todas sus dimensiones y capacidades.

Por eso, la sabiduría nos mueve a convertirnos de nuestras sendas equivocadas y nos guía en el camino que lleva a la salvación: “Así se enderezaron los caminos de los que habitan sobre la tierra, así aprendieron los hombres lo que te agrada y se salvaron por la Sabiduría”.

También, la sabiduría nos ilumina acerca de nuestra realidad humana, nuestra identidad de hijos de Dios; todos los seres humanos somos iguales sin distinción alguna ante sus ojos de Padre, y que la dignidad y libertad de la persona es un derecho sagrado e intangible. Cuando no se respeta esta verdad absoluta, se pone en riesgo la  convivencia pacífica, la vida y el destino de las personas, volviéndolas objeto y por tanto se las explota y desecha arbitrariamente, como constatamos a menudo en nuestro mundo injusto y violento.

Iluminados por la sabiduría divina nos acercamos al Evangelio de hoy que nos presenta a Jesús rodeado por una multitud que iba a su lado. Él aprovecha la oportunidad para aclarar que, para ser sus discípulos, no vale cualquier motivación y que hace falta una conversión sincera en nuestra vida, por eso pone tres condiciones fundamentales.

Primera condición: “Cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre y a su madre…. y hasta su propia vida. No puede ser mi discípulo”. Según nuestra lógica humana, podríamos pensar que, con estas palabras, Jesús se pone en competencia con los amores familiares auténticos, el amor por el padre y la madre, el cónyuge, los hijos, los hermanos. Pero, Jesús no es un «rival en el amor» de nadie y no tiene celos de nadie.

El solo señala que, para ser partícipes del Reino de Dios, se necesita un amor más fuerte que los amores familiares. Jesús no nos pide amar menos sino “amar más”, un amor sin medida, radical y perseverante que nos mueve a gastar nuestra vida por algo muy hermoso e inestimable, a vivir nuevas relaciones de amor filial con Dios Padre y de amor de hermanos con los demás.

El nos pide “amar más” porque él fue el primero en darlo todo por nosotros: «Cristo nos amó; y se entregó por nosotros» dice San Pablo (Cf. Ef 5, 2). Jesús lo ha dado todo para darnos la vida en plenitud y traernos la salvación. Su amor a la humanidad no excluye a los demás amores humanos y menos aún los desprecia, sino que los ordena. Todo amor genuino y verdadero encuentra en Jesús su fundamento, su apoyo y la gracia necesaria para ser vivido hasta el final.

Luego Jesús pone una segunda condición: “El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo”.

Nuevamente recurrimos a la sabiduría divina para entender que Jesús no vino a aumentar las cruces humanas, sino más bien a darles sentido. Cargar con la propia cruz e ir detrás de Jesús, no significa buscar el sufrimiento, porque tampoco él buscó su cruz; se la cargaron. Sin embargo, la aceptó libremente y así transformó ese instrumento de suplicio en signo de toda su vida entregada por amor, un amor sin medida que no lo hizo acobardar ni echarse atrás de su misión. Jesús nos está pidiendo que, al igual que Él, estemos dispuestos a cargar la cruz del amor para el reino de Dios y crear vínculos nuevos de comunión, fraternidad y solidaridad en la gran familia de los hijos de Dios.

La tercera condición va en la misma línea que las otras: “Cualquiera de ustedes que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo”. Es un llamado a vencer al egoísmo y renunciar a todas las cosas y seguridades que nos atan y que nos impiden abrirnos al amor del Señor y del prójimo. Llamados a vaciar el corazón de tantas cosas superfluas para llenarnos de la fuerza transformadora de la sabiduría y del amor que nos hace personas libres y entregadas al servicio de la Buena Noticia del reino de Dios.

Antes de finalizar recuerdo que hoy se celebra la “Jornada nacional del migrante” y nuestro pensamiento y nuestra oración va a tantos hermanos bolivianos que han dejado la patria en búsqueda de mejores condiciones de vida y seguridad para sus familias. También oramos por los miles y miles de migrantes de Venezuela que han huido de la miseria y de la dictadura violenta; un buen número de ellos están en nuestra ciudad, en medio de nosotros. Acojámoslos con generosidad y seamos solidarios, ya que, como nos dice el Evangelio, al recibirlos, recibimos a Jesús: “Era forastero y me recibieron”. Amén

Oficina de Prensa de la Arquidiócesis de Santa Cruz

Graciela Arandia de Hidalgo



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