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domingo 22 septiembre 2019
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Acojamos los dones de la Fe, Esperanza y Caridad para festejar a Santa Cruz

Con una celebración en el Altar del Papa la Iglesia Católica abrió el mes de la efeméride de Santa Cruz. El Arzobispo cruceño pidió acoger los dones de la Fe, la Esperanza y la Caridad porque son la mejor manera de festejar este aniversario cruceño pero sobre todo, la mejor manera de vivir nuestro ser cristiano.

Monseñor Sergio comenzó su mensaje destacando el nombre de nuestro departamento “Santa Cruz” hecho que no es ocasional ni intrascendente sino que marca un aspecto central de nuestra identidad, afirmó a tiempo de celebrar que por esa razón, se comiencen las celebraciones a los pies del Cristo Redentor.

“Lo iniciamos acá a los pies del Cristo, porque el hecho que nuestra Ciudad y Departamento lleven el nombre de la Santa Cruz no es ocasional e intrascendente, sino un aspecto central que marca nuestra identidad.

Por eso cada generación de cruceños tiene la responsabilidad de profundizar su identidad y vivir conforme a ella, haciendo de la cruz el derrotero del caminar del pueblo, cruz que no es signo de muerte, sino del amor y entrega de Cristo, fuente de vida para todos.

Reconocer nuestra identidad, es reconocer los bienes y dones, en particular el don de la fe, que el Señor por amor y misericordia ha sembrado en nuestra tierra y nuestra gente y al mismo tiempo implica la responsabilidad de aportar con humildad y apertura a la vida de todo el país”

En la celebración estuvieron presentes las principales autoridades municipales y civicas del departamento además de algunas personas que acompañeron la celebración. Junto a Monseñor Sergio, concelebraron los Obispos Auxiliares, el Vicario general de la Arquidiócesis y algunos sacerdotes diocesanos.

La celebración estuvo animada por el coro de voces de la Catedral, parte del que animó la celebración del Papa Francisco hace poco más de un año.

MENSAJE COMPLETO

S.E. MONSEÑOR SERGIO GUALBERTI, ARZOBISPO DE SANTA CRUZ

Altar del Papa, Cristo Redentor.

Santa Cruz, 1 de septiembre de 2016

Es el segundo año que celebramos acá en el altar del Cristo el inicio del mes septembrino, mes de Santa Cruz. Iniciativa a aplaudir porque es la mejor manera de iniciar este mes en el que se multiplican iniciativas y eventos para festejar las efemérides de la Ciudad y Departamento.

Lo iniciamos acá a los pies del Cristo, porque el hecho que nuestra Ciudad y Departamento lleven el nombre de la Santa Cruz no es ocasional e intrascendente, sino un aspecto central que marca nuestra identidad.

Por eso cada generación de cruceños tiene la responsabilidad de profundizar su identidad y vivir conforme a ella, haciendo de la cruz el derrotero del caminar del pueblo, cruz que no es signo de muerte, sino del amor y entrega de Cristo, fuente de vida para todos.

Reconocer nuestra identidad, es reconocer los bienes y dones, en particular el don de la fe, que el Señor por amor y misericordia ha sembrado en nuestra tierra y nuestra gente y al mismo tiempo implica la responsabilidad de aportar con humildad y apertura a la vida de todo el país.

En este sentido ha sido para mí una hermosa sorpresa conocer el lema que la Alcaldía ha elegido para este mes: Fe, Esperanza y Caridad, porque en profunda sintonía con nuestra identidad.

Fe, Esperanza y Caridad son las tres virtudes teologales:

Virtudes, es decir valores y atributos fundamentales que no pueden faltar en nuestra vida de cristianos y que dan sentido pleno a nuestra existencia.

Teologales: porque se refieren directamente a Dios, son dones que Él infunde en las almas de nosotros fieles para hacernos capaces de obrar como hijos suyos y merecer la vida eterna. Estas virtudes fundan, animan y caracterizan nuestro obrar como cristianos y nos hacen capaces de amar a Dios y de actuar como hijos suyos.

La fe: es el don por el que creemos en Dios y en todo lo que El nos ha dicho y revelado y que nos propone por medio de Iglesia. Por la fe nos entregamos entera y libremente a Dios, esforzándonos por conocer y hacer su voluntad. Es Jesucristo, la plenitud de la revelación que nos ha hecho conocer que Dios es Padre amoroso y misericordioso que ha creado todo y que rige la historia de la salvación, camino que culmina en Cristo. Nuestra historia personal y la del mundo no están gobernadas por el azar, un destino ciego, una necesidad anónima, sino por Dios que en su providencia las conduce hacia la perfección.

Saber que Dios es el Señor de la historia y que no nos abandona a nosotros mismos y que nuestra vida depende de su atención amorosa, es fuente de sa­biduría y de libertad, de gozo y de confianza.

Pero Dios además, por su gran amor, nos invita a participar libremente en su plan providencial confiándonos la responsabilidad de completar la obra de la Creación, para perfeccionar su armonía para nuestro bien y el del prójimo.

Este plan tiene un nombre: es el Reino de Dios, que Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, vino a anunciar y reinstaurar ya en el tiempo y que va creciendo misteriosamente hacia la realización plena al final de la historia. Jesús nos ha llamado a acoger el Reino como el plan de la verdad y la vida, de la justicia, el amor y la paz, de la gracia y la santidad.  Él nos llama a ser servidores del Reino, con apacibilidad, docilidad, actitud de servicio y paz, en este mundo marcado por contradicciones, el mal y la muerte.  

La esperanza: es la virtud por la que aspiramos al Reino de Dios y a la vida eterna como nuestra felicidad, confiando en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo. Esta virtud responde al anhelo de felicidad puesto por Dios en el corazón de todo ser humano, da sentido a las esperanzas humanas e inspira todas nuestras actividades e iniciativas para el bien. La esperanza orienta y purifica nuestros proyectos, nos protege del desaliento, nos sostiene en toda dificultad y dilata nuestro corazón en la espera de la bienaventuranza eterna. La esperanza nos hace enfrentar la realidad, a menudo dura y difícil, con un sano optimismo y serenidad, nos preserva del egoísmo y nos conduce a la dicha de la caridad.

Resumiendo podemos decir que en el horizonte infinito del designio de salvación, la esperanza se vuelve certeza que la vida, el bien y el amor, a pesar de las apariencias, van venciendo al mal hasta la realización plena del Reino.

La caridad:  “Ahora permanecen estas tres cosas: la fe, la esperanza y la caridad. Pero, de todas ellas, la caridad es la más sublime”. La caridad es la virtud por la cual amamos a Dios sobre todas las cosas por él mismo y a nuestro prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios. Nada más reductivo y equivocado que entender a la caridad como limosna, aunque lamentablemente este sentido ha entrado en nuestro sentir y lenguaje común.

La Caridad, fruto del amor misericordioso de Dios, nos permite ser partícipes de ese mismo amor que es comunión de vida y de intentos, amor que es entrega, servicio y que engendra vida.

Jesús hace de la caridad el mandamiento nuevo ” ámense los unos a los otros como yo los he amado“, y Jesús nos ha amado entregando voluntariamente su vida en la cruz.

El Señor nos pide que amemos al prójimo, hasta nuestros enemigos, como él nos ha amado, que nos hagamos prójimo de los más lejanos y que amemos con su misma calidad de amor y como a él a las personas más vulnerables: los niños, ancianos, enfermos y mujeres solas, los pobres, los excluidos, los toxico dependientes, en una palabra las víctimas de una sociedad egoísta y excluyente.

En la lectura de San Pablo que hemos escuchado, encontramos a una descripción incomparable de la caridad: “La caridad es paciente, es servicial; la caridad no es envidiosa; no es jactanciosa, no se engríe, es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta”.

Acojamos los dones de la Fe, la Esperanza y la Caridad, que Dios nos ofrece en su amor misericordioso: Es la mejor manera de vivir la identidad de Santa Cruz.  Dones que son para compartir con los todos los hermanos bolivianos, para enriquecernos mutuamente y para que nuestro país crezca en el camino de la reconciliación, el entendimiento, el respeto mutuo, la valoración de las diferencias, el diálogo, la armonía, la solidaridad y la paz. Estos son mis augurios sinceros y mi invitación para el caminar en unidad por las sendas de la historia de nuestra querida Santa Cruz.

Oficina de prensa de la Arquidiócesis de Santa Cruz.

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Encargado


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