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domingo 2 octubre 2022
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“A los pies del Cristo Redentor, el Arzobispo de Santa Cruz pidió Reconciliación y Paz entre los bolivianos”

Campanas. En el inicio del mes de Santa Cruz, el Arzobispo, Mons. Sergio Gualberti exhortó a seguir el ejemplo de Cristo que ha derribado los muros del odio, la venganza y las amenazas que nos dividen. Así mismo el prelado pidió reconciliación, concordia y paz entre los bolivianos .

Con una Celebración Litúrgica en el Altar del Cristo Redentor, el miércoles 01 de septiembre la Iglesia Católica de Santa Cruz rememoró los 60 años de la clausura del IV Congreso Eucarístico Nacional, realizado del 10 al 13 de agosto de 1961 en nuestra ciudad y la bendición del Mismo Monumento.

También se dio inicio al mes de septiembre dedicado a nuestro departamento de Santa Cruz, oportunidad para agradecer a Dios por su creación y la tierra fértil que nos ha regalado.

Esta celebración Litúrgica fue presidida por el Arzobispo, Mons. Sergio Gualberti, acompañaron los Obispos Auxiliares; Mons. Estanislao Dowlaszewicz y Mons. René Leigue, el Vicario General. P. Juan Crespo, el Vicario de Comunicación y Rector de la Catedral, P. Hugo Ara, Vicarios Episcopales, el Rector del Seminario Mayor San Lorenzo, P. Ezequiel Pérez y Sacerdotes Diocesanos. También estuvieron presentes: el Gobernador, Luis Fernando Camacho, el Alcalde Municipal, Jhonny Fernández, María Amparo Carvajal Baños, representante y Presidenta de la Asamblea Permanente de Derechos Humanos de Bolivia, entre otras autoridades departamentales, fieles y pueblo en general.

El Cristo símbolo de hospitalidad, fe e identidad de los cruceños El 15 de agosto de 1961, Emiliano Luján quien esculpió en bronce el monumento al Cristo Redentor y un grupo de católicos fueron testigos, sin saberlo, de un día histórico y de ello dan constancia los 60 años que han transcurrido. Desde entonces, el monumento al Cristo Redentor se ha convertido en símbolo de hospitalidad, fe e identidad de los cruceños, y también ha sido testigo y escenario de hitos históricos.

Durante su homilía el prelado dijo que, después de la suspensión forzosa del año pasado, aunque todavía con medidas de seguridad por el persistir de la pandemia, iniciamos hoy el mes de septiembre, efeméride de nuestra Ciudad y Departamento de Santa Cruz, aquí a los pies del Cristo, poniéndonos todos bajo su mirada protectora y providente.

Así también destacó que la celebración de este año asume un significado particular, ya que el día 8 del mes pasado hemos recordado los 60 años de la elevación y bendición del monumento al Cristo, en ocasión del Congreso Eucarístico Nacional.

De la misma manera el Arzobispo afirmó que, a lo largo de estos años, el Cristo se ha vuelto el símbolo de la ciudad Santa Cruz y del carácter abierto y acogedor de sus habitantes. En varias ocasiones, la ciudad se ha estrechado a su alrededor para orar y unirse en un solo corazón y una sola alma ante amenazas y peligros, para defender la libertad y los derechos de la región y también para compartir gozos y esperanzas, tristezas y dolores. Han sido momentos trascendentes que han marcado para siempre la historia e identidad del pueblo cruceño. Por eso, el hecho de celebrar el inicio de este mes acá en este lugar, no es algo intrascendente, sino expresión de un aspecto fundante de nuestra identidad cruceña, reflejado además en el nombre: “Santa Cruz” que llevan nuestra Ciudad y Departamento.

Las celebraciones preparadas para las efemérides, además de ser una hermosa ocasión para expresar nuestro agradecimiento a Dios por tantos dones que nos ha dado a lo largo del último año, también es ocasión para mirar hacia adelante, y responder a los nuevos desafíos de nuestro Departamento y Ciudad, como el constante crecimiento de su población.

El Cristo con sus brazos abiertos, ubicado acá en el segundo añillo cuando la ciudad iniciaba su proceso de expansión y crecimiento, es el símbolo visible del espíritu de acogida de esta tierra, expresado claramente en el lema: “Es ley del cruceño la hospitalidad”. Una hospitalidad que implica necesariamente integración, complementariedad de culturas e historias, y compromiso común para construir una sociedad estable, justa, libre y pacífica, sin exclusión de nadie, dijo Monseñor.

Mons. Gualberti aseguró que todos estamos cobijados bajo el mismo cielo que acomuna a indígenas, mestizos, criollos como hijos de esta tierra. Y la primera meta de este proceso es lograr el desarrollo humano integral que favorezca la realización de todos indistintamente, a través de políticas y programas sociales de salud, educación, viviendas y demás servicios que garanticen una calidad de vida para todos, en particular a los más pobres, marginados y todos los necesitados.

En este esfuerzo aseveró Monseñor Sergio, hay que tomar necesariamente en cuenta el respeto del medioambiente urbano y rural, del que nosotros somos parte. Día a día asistimos a las graves heridas que sufre “la hermana madre tierra” y la biodiversidad en nuestra región, por la explotación salvaje de los recursos naturales no renovables, la tala e incendios de bosques, la contaminación del aire y agua por el uso de pesticidas, la extracción voraz de minerales y el uso incontrolado de productos plásticos, entre otros. Defender a la naturaleza, es defender a la vida humana.

También el prelado remarcó que, es urgente despertarnos de la indiferencia y pasividad, convertirnos de la codicia y la mentalidad mercantilista que consideran a la naturaleza como pura fuente de lucro, y asumir una nueva manera de relacionarnos con la creación, basada en una mística liberadora y sanadora, enmarcada en el horizonte de la solidaridad universal entre el ser humano y todas las criaturas vivientes.

Hace falta buscar el equilibrio entre el respeto de la naturaleza y la preocupación por la mejora de las condiciones de vida de los más pobres, sin destruir el medio ambiente, el legado indispensable para nuestra vida y la de nuestros niños y jóvenes, expresó el Arzobispo de Santa Cruz.

Después de la bendición del Arzobispo, se interpretó el tema que identifica a todos los cruceños ¡VIVA SANTA CRUZ!

 

Mensaje Completo del Arzobispo de Santa Cruz

O1 de septiembre de 2021

Después de la suspensión forzosa del año pasado, aunque todavía con medidas de seguridad por el persistir de la pandemia, iniciamos hoy el mes de septiembre, efeméride de nuestra Ciudad y Departamento de Santa Cruz, aquí a los pies del Cristo, poniéndonos todos bajo su mirada protectora y providente.

La celebración de este año asume un significado particular, ya que el día 8 del mes pasado hemos recordado los 60 años de la elevación y bendición del monumento al Cristo, en ocasión del Congreso Eucarístico Nacional.

A lo largo de estos años, el Cristo se ha vuelto el símbolo de la ciudad Santa Cruz y del carácter abierto y acogedor de sus habitantes. En varias ocasiones, la ciudad se ha estrechado a su alrededor para orar y unirse en un solo corazón y una sola alma ante amenazas y peligros, para defender la libertad y los derechos de la región y también para compartir gozos y esperanzas, tristezas y dolores. Han sido momentos trascendentes que han marcado para siempre la historia e identidad del pueblo cruceño. Por eso, el hecho de celebrar el inicio de este mes acá en este lugar, no es algo intrascendente, sino expresión de un aspecto fundante de nuestra identidad cruceña, reflejado además en el nombre: “Santa Cruz” que llevan nuestra Ciudad y Departamento.

Las celebraciones preparadas para las efemérides, además de ser una hermosa ocasión para expresar nuestro agradecimiento a Dios por tantos dones que nos ha dado a lo largo del último año, nos ofrecen la dicha de ahondar lazos de fraternidad y recordar hermanos que nos han dejado.

Pero también es ocasión para mirar hacia adelante, y responder a los nuevos desafíos de nuestro Departamento y Ciudad, como el constante crecimiento de su población. Tantos hermanos y familias, de distintas regiones del país y del exterior, atraídos por el liderazgo pujante de nuestra región, llegan aquí con muchas esperanzas en busca de un trabajo, condiciones de vida más digna y un futuro mejor.

El Cristo con sus brazos abiertos, ubicado acá en el segundo añillo cuando la ciudad iniciaba su proceso de expansión y crecimiento, es el símbolo visible del espíritu de acogida de esta tierra, expresado claramente en el lema: “Es ley del cruceño la hospitalidad. Una hospitalidad que implica necesariamente integración, complementariedad de culturas e historias, y compromiso común para construir una sociedad estable, justa, libre y pacífica, sin exclusión de nadie.

La parábola de los talentos que acabamos de escuchar en el Evangelio, nos da luces en este camino. Los talentos figuran el don de la fe y el Evangelio, pero también de las capacidades que Dios ha dado a cada persona. No hemos recibido estos dones para enterrarlos en el egoísmo, la desidia o el miedo, sino para que den frutos de vida y de amor en abundancia. Cada cual inicia la aventura de la vida con talentos que, con el paso de los años, le permiten hacerse artífice de su historia, no de individuo aislado sino de persona existencialmente relacionada con los demás y llamada a compartir sus talentos para el bien de la comunidad.

Nuestra vocación, por tanto, es participar activamente en la vida de la sociedad, como forjadores de la historia común y constructores de ciudadanía, de libertad, de democracia y de paz sobre los cimientos firmes de la justicia libre e independiente, de la verdad, la libertad y el bien común.

Nadie puede excusarse de participar, a través de la entrega, el tesón y el espíritu de servicio de cada día, en la construcción de una sociedad inclusiva, equitativa, sostenible y humana en la que todos podamos vivir como hermanos.

El punto de partida de ese proceso debe ser el reconocimiento de los lazos comunes de la historia y cultura que unen e identifican a los que han nacido en esta tierra y a los que a lo largo de los años se han ido integrando. Todos estamos cobijados bajo el mismo cielo que acomuna a indígenas, mestizos, criollos como hijos de esta tierra.

Y la primera meta de este proceso es lograr el desarrollo humano integral que favorezca la realización de todos indistintamente, a través de políticas y programas sociales de salud, educación, viviendas y demás servicios que garanticen una calidad de vida para todos, en particular a los más pobres, marginados y todos los necesitados.

Para esto, como ha dicho san Pablo en la carta a los cristianos de Éfeso, hay que seguir el ejemplo de Cristo que ha venido a derribar los muros del odio, el miedo, la venganza y las amenazas que nos dividen, para crear un clima de armonía, unidad y solidaridad.

En este esfuerzo, hay que tomar necesariamente en cuenta el respeto del medioambiente urbano y rural, del que nosotros somos parte. Día a día asistimos a las graves heridas que sufre “la hermana madre tierra” y la biodiversidad en nuestra región, por la explotación salvaje de los recursos naturales no renovables, la tala e incendios de bosques, la contaminación del aire y agua por el uso de pesticidas, la extracción voraz de minerales y el uso incontrolado de productos plásticos, entre otros. Defender a la naturaleza, es defender a la vida humana.

Es urgente despertarnos de la indiferencia y pasividad, convertirnos de la codicia y la mentalidad mercantilista que consideran a la naturaleza como pura fuente de lucro, y asumir una nueva manera de relacionarnos con la creación, basada en una mística liberadora y sanadora, enmarcada en el horizonte de la solidaridad universal entre el ser humano y todas las criaturas vivientes.

Hace falta buscar el equilibrio entre el respeto de la naturaleza y la preocupación por la mejora de las condiciones de vida de los más pobres, sin destruir el medio ambiente, el legado indispensable para nuestra vida y la de nuestros niños y  jóvenes.

Esta noche, acá a los pies del Cristo, pidamos que Él nos ayude a hacer realidad nuestros esfuerzos y propósitos, para que redunden en bien de nuestra región y de todo el país y para que colaboremos para la reconciliación, concordia y paz entre todos los bolivianos. Amén

Graciela Arandia de Hidalgo



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