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martes 19 febrero 2019
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Monseñor Sergio pide no perder la esperanza ante los problemas que vive el país e invita a elevar súplicas a Dios

El Arzobispo de Santa Cruz, Monseñor Sergio Gualberti, invitó a no angustiarse ni perder la esperanza ante los problemas que vive el país y al contrario «…elevemos nuestras oraciones sinceras a Dios para que desarme las manos y el corazón de los violentos y fortalezca a todos los que ponen sus esfuerzos por la unidad, la reconciliación, la democracia y la paz…»

Siguiendo las lecturas de este domingo (Gaudete o domingo de la alegría) el Prelado recordó que “Esta certeza de que el Señor acompaña la vida de cada persona y la historia de la humanidad, es la que mueve a San Pablo a pedir a los cristianos de Filipos y a todos nosotros que “No se angustien por nada”. ¿Cómo angustiarnos si el Señor está con nosotros a nuestro lado con su amor…” señaló el Arzobispo cruceño.

Por la oración Dios viene en nuestra ayuda, en Él encontramos el consuelo y de Él recibimos la fortaleza para superar las pruebas. Esto vale no solo para nuestra vida personal o comunitaria, sino también para la convivencia social. remarcó.

ELEVEMOS ORACIONES A DIOS PARA QUE DESARME A LOS VIOLENTOS Y FORTALEZCA A LOS QUE BUSCAN LA UNIDAD, LA RECONCILIACIÓN, LA DEMOCRACIA Y LA PAZ.

“En estos momentos difíciles por los que estamos pasando en nuestro país, acojamos la invitación de San Pablo y elevemos nuestras oraciones sinceras a Dios para que desarme las manos y el corazón de los violentos y fortalezca a todos los que ponen sus esfuerzos por la unidad, la reconciliación, la democracia y la paz. “Entonces la paz de Dios, que supera todo lo que podemos pensar, tomará bajo su cuidado los corazones y pensamientos de ustedes en Cristo Jesús”. Palabras confortadoras y esperanzadoras que nos llenan de alegría: Dios, en Jesucristo, cuida en la paz nuestros corazones y nuestros pensamientos.”

DOMINGO DE LA ALEGRIA

Esta certeza nos llena de “alegría”, palabra que más hemos escuchado en las lecturas de hoy: “¡Alégrense siempre en el Señor. Vuelvo a insistir, alégrense!…”, porque el Señor viene a traer la paz y la salvación al mundo. Por esto, este 3er domingo de Adviento es definido desde antiguamente por la Iglesia: “Domingo Gaudete – alégrense”. No la alegría ilusoria de un momento, del jolgorio desenfrenado de las fiestas mundanas, sino el gozo profundo y contagioso que brota de un corazón convertido y en paz con el Señor, consigo mismo y con los demás.

SE CLAUSURA LA SEMANA DE LA FAMILIA CON DECENAS DE PREJAS QUE RENOVARÁN SUS PROMESAS MATEIMONIALES

En este clima de alegría, clausuramos esta tarde la semana de la familia con la celebración de la Eucaristía acá en la catedral, en la que todos los matrimonios que quieren agradecer a Dios el don del amor y de la familia, renovarán el consentimiento que se intercambiaron entre esposo y esposa el día de las bodas. Todos los matrimonios, unidos en el sacramento cristiano del amor, están cordialmente invitados a participar, agradecidos a Dios por el don del amor y de la familia: ¡los esperamos!

VIVAMOS LA NAVIDAD CON ILUSIÓN Y ALEGRIA

Hermanos y hermanas faltan poco días a la Navidad, vivámoslos con ilusión y esperanza como nos invita San Pablo: “Alégrense siempre en el Señor. Vuelvo a insistir, alégrense… El Señor está cerca”.

Oficina de prensa de la Arquidiócesis de Santa Cruz

HOMILIA COMPLETA DE MONSEÑOR SERGIO GUALBERTI, ARZOBISPO DE SANTA CRUZ
DOMINGO 16 DE DICIEMBRE DE 2018.

El evangelio de hoy, en continuidad con el Domingo anterior, nos presenta a Juan el Bautista que cumple su misión de anunciar la venida inminente del Señor y suscitar en el pueblo “la actitud de espera” para que acoja y crea en el Mesías que vendrá después de él, “uno que es más poderoso que yo”. La gente que lo escucha, entre ellos publicanos y soldados, no queda indiferente, se cuestiona y pone al Bautista una pregunta fundamental que vale para todos: “¿Qué debemos hacer para salvarnos?”.

Esta pregunta indica que esas personas han tomado conciencia de estar en una situación de pecado y que quieren convertirse, pero no saben qué hacer y cómo hacer. El Bautista les propone como itinerario de conversión la fraternidad en la justicia y la solidaridad.

En primer lugar, hace a todos el pedido de no acumular y poseer, porque lo que se acumula es lo que se quita a otro hermano. Convertirnos a Dios implica no solo un cambio en la relaciones con los demás, sino también en relación a los bienes que Dios ha puesto a disposición de todos, implica por tanto restablecer el derecho a través de la justicia y la solidaridad, porque no hay amor sin justicia.

Esto significa pasar de la economía egoísta del tener a la economía del don, del dar y del compartir lo que tenemos con los que no tienen, porque la conversión es caridad fraterna que comparte con los demás la salvación y el amor con que Dios nos ama. Por experiencia sabemos que en la práctica no resulta fácil compartir y desprendernos de algo que consideramos nuestro, pero este es el camino que el Señor nos pide recorrer si queremos recibir el don de la salvación.

Luego, el Bautista se dirige a los grupos concretos de su auditorio pidiéndoles la conversión en los hechos y vida de cada día, tanto en el ámbito personal como social.

A los publicanos, una categoría odiada por el pueblo de Israel porque, como cobradores de impuestos para el dominador extranjero, además de robar mantienen vigentes el sistema opresor, el Bautista les pide lo mínimo: que cobren el arancel establecido y no sean corruptos y codiciosos.

A los soldados Él pide que no se valgan del poder de las armas, instrumentos de muerte que tienen en sus manos, y que no abusen de su posición ni extorsionen a la gente.

Estas tres respuestas del Bautista están en plena sintonía con la más pura tradición profética donde la unidad más profunda y común denominador es la justicia y el amor a Dios y al prójimo, como indica también el mandamiento más importante de la ley de Moisés: “Amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”.

El Bautista con su predicación profética y su vida austera despierta una fuerte expectativa y muchos interrogantes en el pueblo, suscitando un gran movimiento religioso: “Todos se preguntaban si Juan no sería el Mesías”. Ante este gran interés de la gente, él comienza por identificarse: “Yo los bautizo con agua, pero viene uno que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de desatar la correa de sus sandalias”. Juan tiene bien claro que él no es el Mesías liberador ni pretende serlo. Por eso aclara a la gente que Él es tan solo el precursor y que su persona y su misión están totalmente orientadas a Jesús, el Mesías “más poderoso que yo”, enviado por el Padre con el poder de salvar.
“Él los bautizará en el Espíritu Santo y el fuego”. Jesús es el más fuerte no para encabezar una revuelta violenta en contra de los poderes dominantes, sino para dar el Espíritu, el don prometido por los profetas. Juan Bautista, para presentar la tarea del Mesías, utiliza también la imagen del agricultor que en el tiempo de la cosecha separará el buen trigo de la paja destinada al fuego.

Esta es la buena noticia de los nuevos tiempos para los que quieren convertirse, la noticia que reaviva la esperanza y que llama a la disponibilidad y a la acogida del Salvador que ya está presente y en medio de su pueblo: “El Señor está cerca”, “está en medio de ti… está en tu corazón”, como nos dicen la primera y segunda lectura que hemos escuchado.

Esta certeza de que el Señor acompaña la vida de cada persona y la historia de la humanidad, es la que mueve a San Pablo a pedir a los cristianos de Filipos y a todos nosotros que “No se angustien por nada”. ¿Cómo angustiarnos si el Señor está con nosotros a nuestro lado con su amor providente?

Cuando pasamos por momentos difíciles y pruebas que no faltan en nuestra vida de cristianos, el apóstol nos dice: “Recurran a la oración y a la súplica, acompañadas de acción de gracias para presentar sus peticiones a Dios”. Por la oración Dios viene en nuestra ayuda, en Él encontramos el consuelo y de Él recibimos la fortaleza para superar las pruebas. Esto vale no solo para nuestra vida personal o comunitaria, sino también para la convivencia social.

En estos momentos difíciles por los que estamos pasando en nuestro país, acojamos la invitación de San Pablo y elevemos nuestras oraciones sinceras a Dios para que desarme las manos y el corazón de los violentos y fortalezca a todos los que ponen sus esfuerzos por la unidad, la reconciliación, la democracia y la paz. “Entonces la paz de Dios, que supera todo lo que podemos pensar, tomará bajo su cuidado los corazones y pensamientos de ustedes en Cristo Jesús”. Palabras confortadoras y esperanzadoras que nos llenan de alegría: Dios, en Jesucristo, cuida en la paz nuestros corazones y nuestros pensamientos.

Esta certeza nos llena de “alegría”, palabra que más hemos escuchado en las lecturas de hoy: “¡Alégrense siempre en el Señor. Vuelvo a insistir, alégrense!…”, porque el Señor viene a traer la paz y la salvación al mundo. Por esto, este 3er domingo de Adviento es definido desde antiguamente por la Iglesia: “Domingo Gaudete – alégrense”. No la alegría ilusoria de un momento, del jolgorio desenfrenado de las fiestas mundanas, sino el gozo profundo y contagioso que brota de un corazón convertido y en paz con el Señor, consigo mismo y con los demás.

En este clima de alegría, clausuramos esta tarde la semana de la familia con la celebración de la Eucaristía acá en la catedral, en la que todos los matrimonios que quieren agradecer a Dios el don del amor y de la familia, renovarán el consentimiento que se intercambiaron entre esposo y esposa el día de las bodas. Todos los matrimonios, unidos en el sacramento cristiano del amor, están cordialmente invitados a participar, agradecidos a Dios por el don del amor y de la familia: ¡los esperamos! Hermanos y hermanas faltan poco días a la Navidad, vivámoslos con ilusión y esperanza como nos invita San Pablo: “Alégrense siempre en el Señor. Vuelvo a insistir, alégrense… El Señor está cerca”. Amén

Erwin Bazán Gutiérrez



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