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martes 20 noviembre 2018
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Pensar de amar a Dios sin amar al prójimo es una mentira, dice Monseñor Sergio Gualberti

Así de contundente ha sido Monseñor Sergio en su homilía dominical al referirse al mandamiento nuevo del amor “Amar a Dios y al prójimo” cuando afirmó que “No hay otro mandamiento más grande que éstos”, Jesús une estos dos mandamientos en un solo. No se puede practicar el primero sin en el segundo, ni el segundo sin el primero. San Juan afirma: “Quien dice amar a Dios, a quien no ve, y no ama a su hermano, a quien ve, es un mentiroso”.

Este domingo 4 de octubre desde la Catedral Metropolitana, el Prelado cruceño afirmó que “El hecho de haber separado el amor de Dios y el amor del prójimo, ha sido el origen de los males. Amar a Dios sin amar al prójimo y desinteresarse de sus necesidades, es practicar una falsa religión y hacerse cómplices de las injusticias y opresiones. Pero también, pretender amar a los demás sin amar a Dios, es exponerse al peligro de caer en ideologías totalitarias, discriminadoras y excluyentes. Ambas posiciones ocasionan víctimas inocentes”.

“El camino que nos lleva a la vida y a la dicha está trazado, Jesús mismo nos lo indica: amar a Dios y al prójimo entregando y poniendo nuestra vida a su servicio, como él lo hizo: “Les he dado un ejemplo, para que ustedes hagan lo mismo que yo hice con ustedes”.

HOMILÍA DE MONSEÑOR SERGIO GUALBERTI, ARZOBISPO DE SANTA CRUZ DE LA SIERRA

DOMINGO 4 DE NOVIEMBRE DE 2018

BASÍLICA MENOR DE SAN LORENZO MÁRTIR

El domingo pasado el Evangelio nos mostraba a Jesús que iniciaba la última etapa de su camino hacia Jerusalén y hoy nos lo presenta que ya ha llegado a la Ciudad Santa. Un escriba, experto de la Sagrada Escritura y de la Ley de Moisés, como desorientado ante la gran cantidad de preceptos de la ley, se acerca a Jesús y le pregunta: “¿Cuál es el primero de los mandamiento?”. Es una pregunta clave: ¿Cuál es el precepto fundamental que tiene que regir y encauzar toda la existencia humana, para que sea conforme a la voluntad de Dios?

Jesús responde con las palabras que Moisés dirigió al pueblo de Israel como hemos escuchado en la 1ª lectura de hoy, palabras que los Israelitas asumieron como profesión de fe y oración de cada día. “El primer (mandamiento) es: “Escucha Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor; y tú amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, con toda tu mente, con todas tus fuerzas”.  

“Escucha, Israel”, es el imperativo que Dios dirige a todo el pueblo de Israel: “escuchar” al presente, “hoy” y “aquí” al Señor. Es el pedido urgente a su pueblo a que, ante todo, preste toda su atención a la palabra de Dios. No una escucha pasiva y superficial que no influye en la vida, sino que lleve a ponerla en práctica y que cambie la vida. Esta debe ser la actitud del pueblo que reconoce a Dios como él único y verdadero Dios, el fundamento de la Alianza estrechada entre Dios y Moisés:” Yo seré tu Dios y tú serás mi pueblo”.

Alianza que ha dado origen a una relación única entre Dios y su pueblo, porque “el Señor nuestro Dios es el único Señor”, no hay otro. El Dios que ha creado el universo y el hombre, el Dios que ama y sostiene a su obra. Una relación maravillosa, afianzada sobre el amor fiel de Dios que siempre ha estado a lado de su pueblo en todos los tiempos buenos y difíciles por lo que ha atravesado en su historia. El Dios de la vida en quien siempre podían confiar y a quien recorrer.

Los mandamientos rectamente entendidos, más que un código de leyes, son un gesto de amor, un signo de pertenencia al Señor, un acontecimiento de gracia y al mismo tiempo el camino que nos guía para que elijamos el bien y la vida y no caigamos en las garra del mal y de la muerte: “Mira, dice el Señor, yo pongo ante ti la vida y la muerte, es decir el bien y el mal; te prescribo que cumplas mis mandamientos, para que tengas vida” (Dt 30, 15). Los preceptos no coartan nuestra libertad sino que son la salvaguarda de nuestra vida y dignidad de “personas”, haciéndonos capaces de abrirnos al amor de Dios, a la vida.

Este primer mandamiento, no pide que cumplamos reglas ni celebremos ritos, sino que amemos: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu mente y con todas tus fuerzas“. Amar a Dios, el Amor mismo, y a todo lo que hay en él: la vida, la verdad, la belleza, la misericordia.  Amar con “todo” nuestro ser y facultades, al que es el Todo, amor que no puede por menos de ser “total”. Estos términos: Corazón, alma, mente, fuerzas indican que estamos llamados a amar a Dios con la plenitud de nuestro ser, en todo momento y en toda obra.

 Sobre todas las cosas”, Dios por encima de todo.

Esto nos puede parecer casi imposible cumplir ya que nuestro amor a Dios está marcado por tanta debilidad y fragilidad y a menudo es un amor compartido con tantos otros “amores” no siempre genuinos.

Esta constatación, sin embargo, no debe acobardarnos porque sabemos que Dios puede purificar y liberar nuestro corazón del egoísmo, males y ataduras para dotarlo de la plena capacidad de amar. El amor acrisolado por Dios es lo que llena nuestra vida de verdadera felicidad por encima de todas las cosas y bienes y nos abre al amor al prójimo: “El segundo (mandamiento) es: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Si de verdad amamos a Dios como “único Padre de todos”, tenemos que amarnos entre todos como hermanos,  amando así a lo que él más ama: su imagen y semejanza reflejada en todo ser humano.

“No hay otro mandamiento más grande que éstos”, Jesús une estos dos mandamientos en un solo. No se puede practicar el primero sin en el segundo, ni el segundo sin el primero. San Juan afirma: “Quien dice amar a Dios, a quien no ve, y no ama a su hermano, a quien ve, es un mentiroso”. Pensar de amar a Dios sin amar al prójimo es una mentira.

El hecho de haber separado el amor de Dios y el amor del prójimo, ha sido el origen de los males. Amar a Dios sin amar al prójimo y desinteresarse de sus necesidades, es practicar una falsa religión y hacerse cómplices de las injusticias y opresiones. Pero también, pretender amar a los demás sin amar a Dios, es exponerse al peligro de caer en ideologías totalitarias, discriminadoras y excluyentes. Ambas posiciones ocasionan víctimas inocentes.

Por eso los diez mandamientos, concreción de nuestro amor a Dios y al próximo, se dividen en dos partes: los tres primeros se refieren a nuestra relación con Dios, los siete restantes a las relaciones entre personas y la comunidad.

El primero de los preceptos relativos al  prójimo, manda honrar y respetar al padre y a la madre, esto implica también hacerse cargo de ellos cuando ya non son autosuficientes. Los demás preceptos piden la defensa la vida en todas las etapas, la sacralidad de la dignidad de toda persona, el rechazo del adulterio, el respeto en justicia de los medios de vida y bienes del otro, la práctica de la verdad y de la honestidad y el rechazo a la envidia, la codicia, la avaricia y la acumulación egoísta de los bienes.

“Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Cada uno de nosotros es la medida del amor al prójimo. No hay que buscarla lejos de nosotros: amar a los demás como cada uno se ama o quiere amar a sí mismo. Como queremos para nosotros la libertad, la justicia, la dignidad y el respeto, de la misma manera tenemos que quererlos para nuestro prójimo, porque el también es la huella visible de Dios. El amor verdadero tiene en si la fuerza transformadora de la persona que se vuelve lo que ama. Si amamos a Dios, nos volveremos generadores de vida, de amor y gozo como Él que cada día crea y asiste con afecto y amor a todo ser humano y a la creación entera.

El camino que nos lleva a la vida y a la dicha está trazado, Jesús mismo nos lo indica: amar a Dios y al prójimo entregando y poniendo nuestra vida a su servicio, como él lo hizo: “Les he dado un ejemplo, para que ustedes hagan lo mismo que yo hice con ustedes”.

Oficina de prensa de la Arquidiócesis de Santa Cruz

Graciela Arandia de Hidalgo



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