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lunes 22 octubre 2018
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Atacan a la Familia con el pretexto de la modernidad y la libertad individual

En su homilía de este domingo 7 de octubre desde la Catedral Metropolitana, el Arzobispo de Santa Cruz, Monseñor Sergio Gualberti, habló de un mal que afecta a la familia y causa mucho dolor a esposos e hijos: el divorcio. Aseguró que éste no forma parte del plan original de Dios y lamentó la fuerza con que se lo promueve y facilita en la sociedad de hoy.

Con el pretexto de la modernidad y de la libertad individual, ciertas corrientes de pensamiento hieren la propia naturaleza y los mismos fundamentos antropológicos del matrimonio y de la familia, señaló Monseñor Sergio Gualberti.

El Prelado comenzó explicando como Dios ha creado al varón y la mujer y cómo quiso desde siempre que se complementen y enriquezcan mutuamente: “El varón y la mujer están llamados a ser “una sola carne”, a establecer entre ellos una relación de igualdad y amor en todos los aspectos y en la transmisión de la vida colaborando así a la obra creadora de Dios”.

La indisolubilidad o fidelidad para toda la vida entre esposo y esposa es parte intrínseca del matrimonio

«Que el hombre no separe lo que Dios ha unido». Una unión por toda la vida que ninguna institución ni ley puede atribuirse el derecho de romper, porque el plan de Dios no cambia según la moda, las circunstancias y el tiempo. Con estas palabras Jesús reconoce al matrimonio como signo de la alianza inquebrantable de Dios con su pueblo, alianza que ni siquiera las infidelidades humanas pueden romper. La indisolubilidad o fidelidad para toda la vida entre esposo y esposa es parte intrínseca del matrimonio y no hay que entenderla ante todo como un “yugo” impuesto a los hombres sino como un “don”.

El matrimonio cristiano es una íntima comunidad de vida y de amor conyugal…. Por eso el divorcio no es parte del plan originario de Dios y nada ni nadie, ni siquiera la Iglesia, pueden modificarlo.

Además el matrimonio no sólo es signo del amor de Dios para con la humanidad, sino que es elevado a la dignidad de sacramento del amor de Cristo por la Iglesia. El matrimonio cristiano es así una “íntima comunidad de vida y de amor conyugal”, en la que los esposos se santifican, viviendo la vida de comunión con ternura y con amor fiel y fecundo, y formando la familia base fundamental de la comunidad eclesial y de la sociedad. Por eso el divorcio no es parte del plan originario de Dios y nada ni nadie, ni siquiera la Iglesia, pueden modificarlo.

Con el pretexto de la modernidad y de la libertad individual, ciertas corrientes de pensamiento hieren la propia naturaleza y los mismos fundamentos antropológicos el matrimonio y de la familia

El Arzobispo Cruceño habló de los ataques que sufre hoy la familia de parte de corrientes de pensamiento que buscan vaciar sus fundamentos y debilitar su importancia como comunidad de vida y de amor: “Esta propuesta de Dios acerca del matrimonio, ha encontrado siempre dificultades en ponerla en práctica; infidelidades, machismo, alcoholismo, incompatibilidad de caracteres entre otras han sido y siguen siendo causa de separaciones y divorcios. A estos peligros, se añaden hoy los ataques de corrientes de pensamientos que, bajo el pretexto de la modernidad y de la libertad individual, hieren la propia naturaleza y los mismos fundamentos antropológicos del matrimonio y de la familia”.

La ideología de género modifica la identidad y los roles originarios del varón y de la mujer

También cuestionó de forma específica la denominada “ideología de genero” que busca aprobar en nuestros países el matrimonio entre personas del mismo sexo, negando incluso la propia naturaleza humana de varón y mujer con los llamados géneros «indefinidos». “Ya en varios países han logrado imponer leyes que equiparan uniones de personas del mismo sexo con el matrimonio heterosexual, que reconocen la ideología de género, según la cual cada persona pueda escoger su orientación sexual independientemente de las diferencias dadas por la naturaleza humana al momento de nacer, modificando la identidad y los roles originarios del varón y de la mujer. Y como si esto no bastara, esas ideologías están imponiendo el concepto de “sexo indefinido”, o sea que una persona puede no reconocerse ni como hombre ni como mujer”.

A continuación, la homilía completa:

HOMILÍA DE MONSEÑOR SERGIO GUALBERTI, ARZOBISPO DE SANTA CRUZ.

DOMINGO 7 DE OCTUBRE DE 2019

BASÍLICA MENOR DE SAN LORENZO MÁRTIR

En el Evangelio de hoy Jesús nos habla de un mal que afecta a la familia y causa mucho dolor en los esposos pero sobre todo en los hijos, víctimas inocentes de la situación. Un mal que destruye el matrimonio y la íntima comunión de vida y de amor de la familia y que puede llegar a tener serias consecuencias para la sociedad, al debilitar al individuo y los vínculos sociales: el divorcio.

Un mal ya presente al tiempo de Jesús y que en nuestro mundo ha tomado un crecimiento numérico inaudito, facilitado por leyes muy permisivas. Algunos fariseos se acercan a Jesús, no preocupados por tener unas luces acerca del divorcio, sino para ponerlo a prueba, y le preguntan: «¿Es lícito al varón divorciarse de su mujer?». Jesús responde preguntado a su vez: «¿Qué es lo que Moisés les ha ordenado?», de esa manera obliga a esos estrictos observantes de la ley a darse ellos mismos la respuesta: «Moisés permitió redactar una declaración de divorcio y separarse de ella».

Jesús les dice que ciertamente Moisés permitió el divorcio, pero debido a su terquedad y su dureza del corazón. Pero, el plan de Dios inicial era otro y se contraponía al divorcio: «Desde el principio de la creación, “Dios los hizo varón y mujer, por eso el hombre dejará a su padre y a su madre”, y los dos no serán sino una sola carne. Que el hombre no separe lo que Dios ha unido». Jesús deja bien en claro que la palabra de Dios la tienen la prioridad sobre las leyes de los hombres y vuelve a proponer el plan creador de Dios, conforme al relato del Génesis que hemos escuchado en la 1ª lectura. La finalidad de esta narración no pretende ser científica ni filosófica, simplemente presenta la visión de fe sobre los orígenes del ser humano, varón y mujer, del matrimonio y de la familia.

El autor describe la escena como un gran mural, con un lenguaje por imágenes propio de aquellos pueblos. Dios es presentado como un alfarero que toma un poco de arcilla y modela al varón, luego le insufla su espíritu haciéndolo partícipe de Su Vida, marcando así su identidad y su grandeza en relación a los demás seres creados.

Dios acompaña su obra creadora con estas palabras: “no conviene que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada». Desde el proyecto originario Dios ha creado al ser humano para la relación, la comunión y la comunicación con otros similares. Propiamente dicho, el varón recién creado no está solo, puede relacionarse con los animales, pero «entre ellos no encontró la ayuda adecuada». El hombre necesita una ayuda a su medida, con la que pueda comunicarse y establecer relaciones de igual a igual.

“Hizo caer sobre el hombre un sueño profundo… y formó una mujer”, el acto creador está envuelto en el misterio de Dios. El varón no es testigo de la creación y no puede presumir ninguna superioridad sobre la mujer ya que ambos están hechos del mismo elemento. Luego Dios presenta la mujer al varón: «¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne!». Ahora él puede mirar a la mujer en los ojos, a la misma altura y de par a par. «Se llamará mujer, porque ha sido sacada del varón.» No es que le esté dando propiamente un nombre, solo pone su propio nombre al femenino: hembra de hombre (Isha de ish).

De esta manera Dios establece que el varón y la mujer están hechos el uno para el otro y que su diversidad y su especificidad no son un signo de superioridad de uno sobre el otro, sino que ambos gozan de iguales grandeza, dignidad y derechos para que se complementen, se realicen y se enriquezcan recíprocamente. « Dios creó al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó ». La «imagen de Dios» es la pareja «hombre y mujer», a significar que la fecundidad de la pareja humana es «imagen » viva, eficaz y visible del acto creador.

Este principio y esta verdad se refieren a todas las parejas de todos los tiempos. El varón y la mujer están llamados a ser “una sola carne”, a establecer entre ellos una relación de igualdad y amor en todos los aspectos y en la transmisión de la vida colaborando así a la obra creadora de Dios.

«Que el hombre no separe lo que Dios ha unido». Una unión por toda la vida que ninguna institución ni ley puede atribuirse el derecho de romper, porque el plan de Dios no cambia según la moda, las circunstancias y el tiempo. Con estas palabras Jesús reconoce al matrimonio como signo de la alianza inquebrantable de Dios con su pueblo, alianza que ni siquiera las infidelidades humanas pueden romper. La indisolubilidad o fidelidad para toda la vida entre esposo y esposa es parte intrínseca del matrimonio y no hay que entenderla ante todo como un “yugo” impuesto a los hombres sino como un “don”.

Además el matrimonio no sólo es signo del amor de Dios para con la humanidad, sino que es elevado a la dignidad de sacramento del amor de Cristo por la Iglesia. El matrimonio cristiano es así una “íntima comunidad de vida y de amor conyugal”, en la que los esposos se santifican, viviendo la vida de comunión con ternura y con amor fiel y fecundo, y formando la familia base fundamental de la comunidad eclesial y de la sociedad. Por eso el divorcio no es parte del plan originario de Dios y nada ni nadie, ni siquiera la Iglesia, pueden modificarlo.

Esta propuesta de Dios acerca del matrimonio, ha encontrado siempre dificultades en ponerla en práctica; infidelidades, machismo, alcoholismo, incompatibilidad de caracteres entre otras han sido y siguen siendo causa de separaciones y divorcios. A estos peligros, se añaden hoy los ataques de corrientes de pensamientos que, bajo el pretexto de la modernidad y de la libertad individual, hieren la propia naturaleza y los mismos fundamentos antropológicos del matrimonio y de la familia.

Ya en varios países han logrado imponer leyes que equiparan uniones de personas del mismo sexo con el matrimonio heterosexual, que reconocen la ideología de género, según la cual cada persona pueda escoger su orientación sexual independientemente de las diferencias dadas por la naturaleza humana al momento de nacer, modificando la identidad y los roles originarios del varón y de la mujer. Y como si esto no bastara, esas ideologías están imponiendo el concepto de “sexo indefinido”, o sea que una persona puede no reconocerse ni como hombre ni como mujer.

Ante este escenario desafiante, los matrimonios cristianos, con el apoyo de toda la comunidad eclesial, están llamados a dar testimonio cotidiano del valor y de la belleza de este sacramento, conforme a los fundamentos de la naturaleza humana y a la ley de Dios, salvaguardando de esta manera no solo la unión entre esposo, sino a la familia y a la misma sociedad. “Qué el Señor bendiga a los matrimonios y a las familias todos los días de su vida”. Amén.

Oficina de prensa del Arzobispado de Santa Cruz

Erwin Bazán Gutiérrez



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