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lunes 24 septiembre 2018
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Monseñor Sergio habla de la ‘sordera espiritual’ y de la ‘mudez moral’ y pide abrir el corazón a la Palabra de Dios

El Arzobispo Cruceño explicó que sufrimos de sordera espiritual cuando no escuchamos la Palabra de Dios y no hacemos su voluntad y que también somos “mudos espirituales y morales” cuando nos callamos ante las injusticias y las mentiras de los que abusan del poder.

Desde la Catedral en su homilía dominical, el Arzobispo Cruceño dijo que en nuestra sociedad muchas veces somos sordos y mudos de la Palabra de Dios, enfermedad espiritual que conlleva la incapacidad de comunicarse correcta y fraternalmente con el prójimo. Por eso invitó a todos a abrir el corazón a su Palabra, y a actuar animados por ella dejando la cobardía, la indiferencia y la pasividad ante la injusticia y las inequidades de la sociedad.

Dios libera integralmente al ser humano

Siguiendo las lecturas del Antiguo Testamento que atestiguan la intervención de Dios para liberar a su pueblo, el Prelado Cruceño afirmó que “Dios libera en profundidad y en su totalidad al hombre” por eso invitó a reconocer y tener confianza en la presencia viva de Dios que actúa en la historia, a no tener miedo y a dar nuestra disponibilidad en colaborar en esa obra.

En esa misma línea, dijo que el Evangelio de este domingo es un ejemplo de este anuncio esperanzador donde Jesús interviene para sanar a un hombre sordomudo. A decir del Prelado, en ese hombre pagano y sordomudo, “es representada toda la humanidad afligida por las enfermedades físicas, pero también los sordos y los mudos de la palabra de Dios, enfermedad espiritual que conlleva la incapacidad de comunicarse correcta y fraternalmente con el prójimo.

Sufrimos de sordera espiritual cuando no escuchamos la Palabra de Dios y no hacemos su voluntad.

“Sufrimos de sordera espiritual cuando no escuchamos la Palabra de Dios y no hacemos su voluntad. Cuando nos encerrarnos en nuestro egoísmo e intereses y no oímos el clamor de los pobres y cuando reclamamos por nuestros derechos sin asumir los respectivos deberes y no respetamos los derechos de los demás. Cuando, obcecados por nuestro orgullo y la soberbia, cultivamos en nuestros corazones sentimientos de odio, resentimiento, revanchismo y racismo”.

Somos mudos espirituales y morales, cuando nos callamos ante las injusticias y las mentiras de los que abusan del poder…

Y también somos mudos espirituales y morales, cuando nos callamos ante las injusticias y las mentiras de los que abusan del poder, cuando se discrimina, cuando se desprecian, oprimen y marginan a los pobres y los débiles y cuando no sabemos perdonar ni recibir perdón, medio indispensable para devolver la paz y la serenidad en situaciones conflictivas.

La sordomudez moral y la incomunicación dividen familias y pueblos…

Monseñor resaltó el hecho de que la “sordomudez moral y la incomunicación dividen familias, grupos y pueblos, elevan muros que impiden todo diálogo franco y sincero y ponen en grave riesgo la convivencia y la paz, dando paso al recurso a la violencia, a los enfrentamientos y a la guerra”.

No hagamos oídos sordos ante el clamor de los oprimidos y no seamos cobardes quedándonos callados y pasivos ante las injusticias e inequidades de la sociedad

Las palabras y actuación de Jesús es un fuerte llamado de atención para que no hagamos oídos sordos ante el clamor de los oprimidos y marginados, para que no seamos cobardes y no quedemos callados, indiferentes y pasivos ante las injusticias e inequidades de la sociedad. “¡Ánimo, no tengan miedo!” Jesús nos llama a abrir el corazón a su Palabra, y a actuar animados por ella, la Palabra de la verdad y la fortaleza que nos impulsa a ser sus testigos en todos los ámbitos y espacios de nuestra vida privada y pública.

HOMILÍA DE MONSEÑOR SERGIO GUALBERTI, ARZOBISPO DE SANTA CRUZ

BASÍLICA MENOR DE SAN LORENZO MÁRTIR,

DOMINGO 9 DE SEPTIEMBRE DE 2018

“¡Ánimo, no teman! Miren que nuestro Dios viene y les rescatará y salvará”. Es el anuncio gozoso y esperanzador del profeta Isaías al pueblo de Israel que, exiliado y dispersado por varios países, se encuentra abatido y desanimado. Dios viene a rescatarlos y traerlos de vuelta a su patria, un nuevo éxodo y nueva liberación, en camino por el desierto. Este es el corazón de todo el mensaje bíblico: Dios interviene para liberar y salvar a su pueblo.

Liberación, en primer lugar, de las enfermedades y toda clase de males que agobian a los hombres: “Se despegarán los ojos de los ciegos, y las orejas de los sordos se abrirán. Entonces saltará el cojo como ciervo y la lengua del mudo lanzará gritos de júbilo”. Liberación que apunta al desarrollo humano integral y a una humanidad nueva no disminuida por la enfermedad.

Liberación y desarrollo que alcanza también a la naturaleza que nos rodea, porque el desarrollo humano integral no puede darse sin el respeto del medio ambiente y de la naturaleza: “Brotarán aguas en el desierto, y torrentes en la estepa, se transformará la tierra abrasada en estanque y el país árido en manantial de aguas”. El profeta avizora una nueva manera de entender la relación del ser humano con la naturaleza, basada en una mística y espiritualidad liberadora, sanadora y armoniosa, y enmarcada en el horizonte de la solidaridad universal entre el hombre y todas las criaturas vivientes.

Estas acciones maravillosas son fruto de Dios que libera en profundidad y en su totalidad al hombre. Por eso el profeta hace la invitación perentoria a reconocer y tener confianza en la presencia viva de Dios que actúa en la historia, a no tener miedo y a dar nuestra disponibilidad en colaborar en esa obra: “¡Ánimo, no teman!”.

Las intervenciones liberadoras de Dios en favor de los Israelitas esclavos en Egipto y exilados en Babilonia son la imagen de la liberación nueva y definitiva, la liberación integral del pecado y del mal que Jesús ha venido a traer para todos los hombres para que participen de la vida de Dios ya en esta existencia terrenal y alcancen el gozo de la vida eterna.

Un ejemplo de este anuncio esperanzador, nos lo presenta el Evangelio que acabamos de escuchar: Jesús interviene para sanar a un hombre sordomudo. Ese hombre sumido y envuelto en el silencio es llevado por unas personas ante Jesús para que le imponga las manos. En el Antiguo Testamento, el silencio es signo de la muerte: “Si el Señor no viene en mi ayuda, pronto mi alma morará en el silencio” (Sal 94,17). Este hombre enfermo, sumido en el silencio de la incomunicación y de la marginación social, representa un caso de limitación extrema de vida y de humanidad

Jesús lleva al enfermo aparte, “a solas”; en su actuación quiere evitar toda apariencia de magia, evitando ser malinterpretado  y manipulado. Dado que la comunicación con el sordomudo a través de la palabra es imposible, Jesús, con gestos conocidos en la práctica curativa de su tiempo, le pone los dedos en los oídos del enfermo y le toca la lengua con saliva. Luego “Levantando los ojos al cielo, dio un gemido y dijo: ‘Effatá’, que quiere decir ‘!Ábrete!’”.  La mirada al cielo es expresión de su profunda comunión con el Padre y el «gemido» de su identificación con el sufrimiento y la desgracia del sordomudo.

Sin embargo, el punto decisivo del milagro es la palabra de Jesús: ‘!Ábrete!’ y “Se abrieron sus oídos y, al instante, se soltó la atadura de su lengua y hablaba correctamente”. Todo el relato está orientado para poner en evidencia la eficacia de la palabra de Jesús.

El mandato de Jesús rompe el silencio mortal que envuelve a aquel hombre y lo hace salir de su incomunicación. No solo le devuelve sus facultades naturales de escuchar y de hablar, sino también la dignidad de persona, liberándolo de lo que le impide relacionarse con las demás personas, la comunidad y la sociedad.

Jesús no quiere dar cabida a los milagreros: “les mandó que a nadie se lo contaran”, sin embargo, la gente va proclamando a los cuatro vientos: Todo lo ha hecho bien, al igual que Dios ha hecho todo bien en la obra de la creación (Gen 1): “Y vio que todo estaba bien”. La misericordia y el poder de Dios que da la vida, son signo de la salvación que Jesús ha traído instaurando el Reino de Dios.

Siguiendo las lecturas del antiguo testamento que atestiguan la intervecnión de Dios para liberar a su pueblo, el Prelado afirmó que “Dios libera en profundidad y en su titalidad al hombre” por eso invitó a reconocer y tener confianza en la presencia viva de Dios que actúa en la historia, a no tener miedo y a dar nuestra disponibilidad en colaborar en esa obra

En esa misma línea, dijo que el Evangelio de este domingo es un ejemplo de este anuncio esperanzador donde Jesús interviene para sanar a un hombre sordomudo

En ese hombre pagano y sordomudo, es representada toda la humanidad afligida por las enfermedades físicas, pero también los sordos y los mudos de la palabra de Dios, enfermedad espiritual que conlleva la incapacidad de comunicarse correcta y fraternalmente con el prójimo. En este sentido, tenemos que reconocer que, quien más o quien menos, todos sufrimos de esa enfermedad moral y espiritual, hecho más grave que la dolencia física, porque implica nuestra responsabilidad.

Sufrimos de sordera espiritual cuando no escuchamos la Palabra de Dios y no hacemos su voluntad. Cuando nos encerrarnos en nuestro egoísmo e intereses y no oímos el clamor de los pobres y cuando reclamamos por nuestros derechos sin asumir los respectivos deberes y no respetamos los derechos de los demás. Cuando, obcecados por nuestro orgullo y la soberbia, cultivamos en nuestros corazones sentimientos de odio, resentimiento, revanchismo y racismo.

Y también somos mudos espirituales y morales, cuando nos callamos ante las injusticias y las mentiras de los que abusan del poder, cuando se discrimina, cuando se desprecian, oprimen y marginan a los pobres y los débiles y cuando no sabemos perdonar ni recibir perdón, medio indispensable para devolver la paz y la serenidad en situaciones conflictivas.

La sordomudez moral y la incomunicación dividen familias, grupos y pueblos, elevan muros que impiden todo diálogo franco y sincero y ponen en grave riesgo la convivencia y la paz, dando paso al recurso a la violencia, a los enfrentamientos y a la guerra.

Las palabras y actuación de Jesús es un fuerte llamado de atención  para que no hagamos oídos sordos ante el clamor de los oprimidos y marginados, para que no seamos cobardes y no quedemos callados, indiferentes y pasivos ante las injusticias e inequidades de la sociedad. “¡Ánimo, no tengan miedo!” Jesús nos llama a abrir el corazón a su Palabra, y a actuar animados por ella, la Palabra de la verdad y la fortaleza que nos impulsa a ser sus testigos en todos los ámbitos y espacios de nuestra vida privada y pública.

El Evangelio de hoy nos abre horizontes de esperanza, Jesús que “hace oír a los sordos y hablar a los mudos”, no nos deja solos en esta misión, viene en nuestra ayuda y vuelve a dirigirnos aquel grito: “effatá, ¡ábrete!”. No tengamos miedo, abramos nuestro corazón, nuestra mente y nuestra vida a Jesús y así seremos partícipes de la construcción de la nueva humanidad y podremos ser contados entre “los justos que el Señor ama”, como hemos proclamado en el Salmo. Amén.

Oficina de prensa de la Arquidiócesis de Santa Cruz

Erwin Bazán Gutiérrez



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