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lunes 22 octubre 2018
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Bendicen nueva imagen de ‘San Lorenzo’ y destacan su gran amor por Cristo y por la Iglesia

En la Eucaristía celebrada por todo el presbiterio de Santa Cruz la noche de este jueves en honor de “San Lorenzo Mártir”, el Arzobispo de Santa Cruz, Monseñor Sergio Gualberti bendijo una nueva imagen del Santo Patrono de nuestra Arquidiócesis, Seminario y Catedral.

Recordando a San Agustín, Monseñor Sergio destacó que «san Lorenzo amó a Cristo en la vida, e imitó a Cristo en la muerte».

“El evangelio de la liturgia del Santo nos recuerda las palabras luminosas de Jesús que plasman a la perfección la vida del diácono Lorenzo: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto”. San Lorenzo no quedó como grano infructuoso porque no cayó en tierra, por el contrario produjo muchos frutos no sólo en su tiempo sino en toda la historia de la Iglesia” señaló.

HOMILÍA DE MONSEÑOR SERGIO GUALBERTI

9 DE AGOSTO DE 2018.

VÍSPERA DE LA FIESTA DE SAN LORENZO MÁRTIR

Esta noche, todos los sectores del pueblo de Dios, los obispos, el presbiterio reunido en su asamblea anual, la vida consagrada y los laicos con alegría nos estrechamos alrededor del Santo Mártir San Lorenzo diácono de la Iglesia de Roma, Patrono de nuestra Arquidiócesis, Seminario y Catedral.

San Lorenzo sufrió el martirio en el ambiente de la Roma del emperador Valeriano, hostil al cristianismo naciente, por su firmeza en la fe en Jesús: «san Lorenzo amó a Cristo en la vida, e imitó a Cristo en la muerte» así escribió San Agustín. El evangelio de la liturgia del Santo nos recuerda las palabras luminosas de Jesús que plasman a la perfección la vida del diácono Lorenzo: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto”. San Lorenzo no quedó como grano infructuoso porque no cayó en tierra, por el contrario produjo muchos frutos no sólo en su tiempo sino en toda la historia de la Iglesia.

Jesús no dirige estas palabras a una multitud impersonal, sino a personas concretas: Felipe, Andrés y unos griegos que habían mostrado mucho interés en conocerlo. Él, en el respeto de la libertad de las personas, no se aprovecha del sentimiento de admiración de esos hombres para hacerlos sus discípulos presentándoles un mensaje cómodo y al gusto de esos admiradores. No los quiere engañar, por eso con la imagen del grano de trigo y con palabras claras y sin medios términos les revela dónde está el secreto de la verdadera vida, para que sepan lo que les espera si deciden seguir a Jesús: ” El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna“.

En esta declaración solemne, centro de la Buena Noticia, Jesús expone cual es el camino que producirá el fruto de su misión y la de sus discípulos. La vida se da dando vida, porque es fruto del amor que alcanza su plenitud cuando se vuelve don total. Y toda la vida de Jesús en un testimonio de su amor y de su entrega total sin escatimar nada, en particular para los pobres y abandonados. El mismo lo afirma a los enviados de Juan Bautista: “Vayan y díganle a Juan lo que han visto y oído; los ciegos ven, los paralíticos camina, los leprosos son purificados, los sordos oyen, los muertos resucitan, los pobres reciben la Buena Noticia”.

La entrega total implica morir a sí mismos, conforme a la figura del grano de trigo. La muerte es la condición para que se libere toda la energía vital que la semilla contiene y para que la vida allí encerrada se manifieste plenamente. Ya en la semilla está el fruto que llegará a la madurez pasando por la muerte. Cada persona, cada uno de nosotros somos una semilla que encierra muchas potencialidades que se liberan y dan fruto abundante cuando nuestra vida se vuelve un don para los demás. Si quedamos encerrados en nuestro yo, intereses y pequeño mundo y no caemos en la tierra, no damos vida, no fructificamos, somos infecundos.

Es lo que ha vivido Jesús, su muerte no ha sido un acontecimiento aislado, sino la culminación de un camino recorrido con entrega total y constante de su propia vida: “Jesús pasó su vida haciendo el bien” (Hech. 19,37).  Dar la propia vida no significa frustrarla, tampoco perderla, sino una máxima ganancia y suprema medida del amor: “ Él que quiera salvar su vida la perderá, y el que pierda la vida por mí y por la Buena Noticia, la salvará” (Mc 8.35).

Hoy el temor a gastar o perder la vida es el gran obstáculo para entregar toda la vida al Señor y al Evangelio, se teme al compromiso total y para siempre. El egoísmo, el amor exclusivo a su bienestar, su tranquilidad y sus intereses lleva a abdicar a la responsabilidad por el bien común y la solidaridad, a la indiferencia ante las injusticias y a los silencios cómplices ante la opresión, la corrupción, la violencia, las maldades y los crímenes en el mundo.

Por el contrario, el que, siguiendo a Jesús, ama de verdad y ofrece su vida por los demás, se olvida del propio interés y seguridad y lucha por la vida, la dignidad y la libertad en medio de tantos signos de muerte. Como Jesús, muchos hombres y mujeres de ayer y de hoy, para dar vida han dado su propia vida porque han creído en la fecundidad del amor, convencidos de esa verdad que el grano de trigo puede dar fruto solo si muere.

Por eso los mártires son testimonios inapelables de la santidad del mandamiento del  amor que Jesús nos dejó en la última cena: “Ámense los unos a los otros como yo los he amado”, amar con su mismo amor, el amor divino que se entrega en totalidad y que da vida.

El Papa San Juan Pablo II decía: «en la Nueva Alianza se encuentran numerosos testimonios de seguidores de Cristo que… aceptaron las persecuciones y la muerte antes que hacer el gesto idolátrico de quemar incienso ante la estatua del Emperador». También nos recordaba que «existe un testimonio de coherencia que todos los cristianos deben estar dispuestos a dar cada día, incluso a costa de sufrimientos y de grandes sacrificios».

San Lorenzo es uno de esos muchos mártires cuya memoria, afortunadamente para nosotros, queda para siempre, señal de que el seguimiento de Cristo es tan esencial que merece dar la vida, antes que perderse en la mediocridad o en un compromiso mezquino y temeroso. Él llegó al testimonio del martirio como resultado de un camino en el que fue donando su vida consecuente con su ministerio de diácono, como servidor de Dios, de la Iglesia y de los pobres.

Servidor de Dios, como diácono siguiendo las huelas de Jesucristo el enviado del Padre que “no vino para ser servido, sino para servir y dar la vida en rescate de todos“.

Servidor de la Palabra, del Evangelio. Constituido mensajero, Lorenzo cree en la palabra que proclama y hace de ella la norma de su vida en fidelidad hasta la muerte.

Servidor de la comunidad. San Lorenzo, fue propuesto por el Papa Sixto II como Diacono de la Iglesia de Roma al servicio de las necesidades de esa comunidad.

Servidor de los pobres en el ministerio de la caridad, el servicio específico que le pide la Iglesia de Roma y que cumple con mucha entrega y generosidad. “El que siembra con generosidad, con generosidad cosecha“. (1° lect.)

Servidor de Jesucristo hasta el martirio. El derrame de su sangre por el Señor, hace que hasta el día de hoy se nos presente a San Lorenzo como modelo, haciendo realidad así lo que dice la 2da carta a los Corintios: “Distribuyó a los pobres con generosidad, su gratuidad permanece para siempre“.  Amén.

Oficina de prensa del Arzobispado de Santa Cruz

Erwin Bazán Gutiérrez



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