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martes 21 agosto 2018
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El Arzobispo Cruceño pide realizar el milagro de compartir para saciar el hambre de los pobres

El Evangelio de este domingo narró la escena en que Jesús alimenta a la multitud con cinco panes y dos peces, en ese sentido, en su homilía Monseñor Sergio pidió a todos los creyentes a que como Jesús hagamos el milagro de compartir con generosidad “Esta actitud tiene que volverse el modelo de cada día, aprendiendo a “ver” las necesidades de los demás y a compartir con ellos como Jesús: “Dénselo a la gente para que coman…”, convencidos que el pan compartido nunca se agota”.

El Arzobispo Cruceño aseguró que en el Evangelio de este domingo Jesús da una gran lección también para el sistema económico injusto que impera hoy, donde unas pocas personas detienen la mayor parte de los bienes y recursos de la humanidad, a costa del hambre y miseria de la gran mayoría de la humanidad.  «En el mundo hay pan suficiente para el hambre de todos, pero insuficiente por la codicia de pocos» (Gandhi)”.

El milagro no es multiplicar sino compartir

Monseñor precisó que “El Evangelio no dice que Jesús multiplicó, sino que partió y distribuyó los panes y los peces entre la gente hasta que quedara saciada: “todo lo que quisieron”. Poco pan partido y compartido es misteriosamente suficiente para todos; es el milagro de la generosidad. Luego Jesús pidió que recogieran las sobras para que “no se perdiera nada”.

Está a nuestro alcance saciar el hambre de un hermano y ser solidarios con los necesitados y los pobres

 “Con ese gesto Jesús nos manda a no guardar egoisticamente para sí mismos los bienes, sino a compartir lo poco o lo mucho que tenemos en solidaridad con los necesitados. Al estilo de Jesús, también nosotros podemos realizar estos milagros, de hecho, está a nuestro alcance saciar el hambre de un hermano, ser solidarios con los necesitados y los pobres, los enfermos, los ancianos solos, los niños de la calle y tantas personas marginadas de la sociedad” sostuvo.

Compartir el pan es compartir la vida, tumbar los muros de la diferencia y desconfianza

En la realización del V CAM hemos sido testigos de los milagros de tantas familias y personas que han compartido sus alimentos y sus casas con tantos misioneros llegados de otras regiones y países, a costa de sacrificios e incomodidad. Ellos han tocado con mano que, compartir el pan es compartir la vida, es tumbar los muros de la diferencia y desconfianza entre culturas y naciones y es construir puentes de respeto, comunión, fraternidad y solidaridad.

El Prelado Cruceño también reparó en el hecho de que “Todo alimento es sagrado, porque es don de Dios y fruto del trabajo humano. Sin embargo, en el mundo asistimos al escándalo de una cantidad enorme de alimentos que se botan y desperdician cuando hay miles y miles de personas que cada año mueren de hambre”.

HOMILÍA DE MONSEÑOR SERGIO GUALBERTI, ARZOBISPO DE SANTA CRUZ.

DOMINGO 29 DE JULIO DE 2018

BASÍLICA MENOR DE SAN LORENZO MÁRTIR

La primera lectura de hoy nos presenta al profeta Eliseo que, habiendo recibido como ofrenda veinte panes, ordenó que se repartieran a la gente reunida a su alrededor. Su servidor le observó que eran insuficientes para saciar a esa cantidad de personas, pero Eliseo insistió: ”Dáseloporque así habla el Señor Comerán y sobrará”.  Y así fue, todos comieron y hubo sobras, “conforme a la palabra del Señor”. Este prodigio tiene un gran parecido con la actuación de Jesús en la multiplicación de los panes narrada por el Evangelio de San Juan.

Jesús, con sus discípulos, subió a una altura seguido por “una gran multitud de gente deseosa de escucharlo y de ver los signos que hacía curando a enfermos. Es la “gran multitud” de los necesitados, los pobres, los enfermos, los afligidos y los indigentes que ven en Jesús un hombre de Dios en quien poner su fe y su esperanza.

El Evangelio nos dice que este hecho acaeció en inminencia de la Pascua, la más grande solemnidad judía en la que cada familia sacrificaba a un cordero, celebrando la liberación de la esclavitud de Egipto bajo la guía de Moisés. En esa fiesta revivían los grandes milagros con los que Dios los había acompañado en su travesía por el desierto, como el cruce del mar Rojo, el fluir de las aguas en la roca de Meribá y el don del maná, el alimento que bajaba del cielo cada día.

Con esta referencia San Juan quiere significar que Jesús es el nuevo cordero de Dios, el enviado del Padre que entrega su vida para traer la liberación integral del pecado, del mal y de toda esclavitud no solo para el pueblo de Israel sino para toda la humanidad.

Jesús, no obstante estuviera ocupado en predicar y sanar a los enfermos, se dio cuenta de que esa gente estaba hambrienta y que necesitaba alimentarse: “Jesús vio”. Su ver es más que un vistazo superficial, es prestar atención a las necesidades materiales y urgentes de esa gente. Por eso, tomando la iniciativa, preguntó al apóstol Felipe: ”¿Dónde compraremos pan para darles de comer?” Con esta pregunta Jesús quiso provocar en Felipe y en los demás apóstoles la toma de conciencia del problema para que fueran disponibles a colaborar en solucionarlo.

Felipe contestó que ni siquiera una gran cantidad de dinero alcanzaría para dar a cada uno un pedazo de pan. Es la respuesta de un hombre concreto y práctico, que expresa el sentimiento de impotencia humana ante una situación que sobrepasa sus posibilidades. Es lo que sentimos también nosotros frente a los grandes problemas del mundo: la miseria y el hambre, las guerras, la violencia, los regímenes totalitarios, la contaminación ambiental, el calentamiento global y tantos otros males.

Pero Andrés, otro discípulo, reaccionó ante ese sentimiento de impotencia, fue a buscar entre la gente y encontró a un muchacho que ofreció sus cinco panes y dos peces. Andrés, aunque se daba cuenta de que esos alimentos eran totalmente insuficientes para esa multitud, se los presentó a Jesús. La actuación de Andrés y del muchacho nos está indicando que también nosotros ante los problemas no debemos esperar todo de Dios y que debemos poner de nuestra parte lo que tenemos, aunque sea poca cosa, dispuestos a compartir y a colaborar con la providencia de Dios que, con nuestra pequeñez, hace grandes cosas.

La colaboración de ese niño y de Andrés propició las condiciones para que Jesús pudiera actuar. Mandó que prepararan y sentaran a la gente organizándola como una comunidad y no como muchedumbre informe. Luego, con unos gestos solemnes y sagrados, Jesús tomó los panes, dio gracias, los partió y los repartió; signos que anticipan la última cena, cuando con sus palabras y su bendición trasformó el pan en su cuerpo y el vino en su sangre y los repartió entre sus discípulos, instituyendo así la Eucaristía.

El Evangelio no dice que Jesús multiplicó, sino que partió y distribuyó los panes y los peces entre la gente hasta que quedara saciada: “todo lo que quisieron”. Poco pan partido y compartido es misteriosamente suficiente para todos; es el milagro de la generosidad. Luego Jesús pidió que recogieran las sobras para que “no se perdiera nada”. Todo alimento es sagrado, porque es don de Dios y fruto del trabajo humano. Sin embargo, en el mundo asistimos al escándalo de una cantidad enorme de alimentos que se botan y desperdician cuando hay miles y miles de personas que cada año mueren de hambre.

Con el signo de partir y repartir el pan, Jesús da una gran lección también para el sistema económico injusto que impera hoy, donde unas pocas personas detienen la mayor parte de los bienes y recursos de la humanidad, a costa del hambre y miseria de la gran mayoría de la humanidad.  «En el mundo hay pan suficiente para el hambre de todos, pero insuficiente por la codicia de pocos» (Gandhi). Con ese gesto Jesús nos manda a no guardar egoisticamente para sí mismos los bienes, sino a compartir lo poco o lo mucho que tenemos en solidaridad con los necesitados. Al estilo de Jesús, también nosotros podemos realizar estos milagros,

De hecho, está a nuestro alcance saciar el hambre de un hermano, ser solidarios con los necesitados y los pobres, los enfermos, los ancianos solos, los niños de la calle y tantas personas marginadas de la sociedad.

En la realización del V CAM hemos sido testigos de los milagros de tantas familias y personas que han compartido sus alimentos y sus casas con tantos misioneros llegados de otras regiones y países, a costa de sacrificios e incomodidad. Ellos han tocado con mano que, compartir el pan es compartir la vida, es tumbar los muros de la diferencia y desconfianza entre culturas y naciones y es construir puentes de respeto, comunión, fraternidad y  solidaridad. Esta actitud tiene que volverse el modelo de cada día, aprendiendo a “ver” las necesidades de los demás y a compartir con ellos como Jesús: “Dénselo a la gente para que coman…”, convencidos que el pan compartido nunca se agota.

La escena del Evangelio termina con unas palabras de asombro y entusiasmo de esa gente: “Este verdaderamente es el profeta que debe venir al mundo”, al punto que en seguida “querían apoderarse de Él para hacerlo rey”, para que les solucionara como por arte de magia todos sus problemas. Esto no era lo que Jesús quería por eso se retiró en la montaña, sólo con el Padre.

Tampoco nosotros caigamos en la tentación de apoderarnos de Jesús para que solucione nuestros problemas, sino que  seamos partícipes del camino de liberación instituido por Él. Seamos como Andrés y el muchacho, pongamos a disposición del Señor nuestra vida y lo que tenemos para que Jesús los vuelva un don compartido para los demás. Abre tus manos Señor y cólmanos a todos con tus bienes. Amén.

Oficina de prensa del Arzobispado de Santa Cruz

Erwin Bazán Gutiérrez



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