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martes 20 noviembre 2018
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Jesús salva y su palabra despierta la fe en el Dios de la Vida

El Encuentro con Cristo nos lleva lleva a ser defensores de la Vida

“También nosotros somos llamados a una experiencia de fe que nos lleve a un encuentro personal con Cristo, el Señor de la vida y a acogerlo en nuestra vida y en nuestra casa. Un encuentro que nos impulse a colaborar en la defensa y promoción de la vida humana, en todas las etapas y en cualquier circunstancia, siendo signos de la presencia del Dios de la vida” así lo afirmó el Prelado Cruceño este domingo desde la Catedral Metropolitana cuando explicó el evangelio que narra las curaciones milagrosas de la hija de Jairo y la mujer hemorroisa quienes se acercan a Jesús con mucha fe.

El Arzobispo Cruceño recordó que, en esta escena, Jesús se encuentra a orillas del lago de Galilea, rodeado por mucha gente hambrienta de su palabra y deseosa de ser sanada de sus enfermedades.

La intervención de Jesús salva y su palabra despiértala fe en el Dios de la Vida

Para el Prelado Cruceño “Ambos relatos tienen una profunda afinidad y ponen en evidencia la fe con la que Jairo y la mujer hemorroisa se acercan a Jesús, fe que va creciendo y que los lleva al encuentro personal con Él: “Hija, tu fe te ha salvado… No temas, basta que creas”.

En ese sentido, destacó que “La intervención de Jesús que salva y la palabra que despierta la fe van juntas. Es significativo notar que Jesús se solidariza y realiza los milagros en bien de dos historias de dolor de personas doblemente marginadas en esa sociedad: por ser mujeres y por ser enfermas”.

Monseñor Sergio destacó que “En esta actuación Jesús se manifiesta como imagen viviente de Dios, quien no hizo la muerte, sino que, como dice la 1era lectura, de la muerte hace nacer la vida y que devuelve al ser humano el destino feliz de la creación. “Dios creó al hombre para que fuera incorruptible y lo hizo a imagen de su propia naturaleza, pero por la envidia del demonio entró la muerte en el mundo”.

También nosotros somos llamados a una experiencia de fe que nos lleve al encuentro personal con Cristo.

Así como Jairo y la mujer hemorroisa se acercaron a Jesús con mucha fe, Monseñor Sergio aseguró que “También nosotros somos llamados a una experiencia de fe que nos lleve al encuentro personal con Cristo, el Señor de la vida y a acogerlo en nuestra vida y en nuestra casa. Un encuentro que nos impulse a colaborar en la defensa y promoción de la vida humana, en todas las etapas y en cualquier circunstancia, siendo signos de la presencia del Dios de la vida.

Los cristianos somos testigos de la fe en Cristo resucitado, el Cristo vivo que nos libera de las ataduras del pecado y de la muerte, un don que cada día tenemos que compartir como misioneros de la vida y del amor de Dios, comprometidos en contra de toda discriminación.

Acojamos con cariño y disponibilidad a los misioneros de América y participemos del Congreso Misionero

Es la misión que tantos hermanos y hermanas de nuestra América han asumido con alegría y que quieren compartir con nuestra Iglesia en Bolivia y en particular con la nuestra de Santa Cruz, en el CAMV. Renuevo mi cordial invitación a acoger con cariño y disponibilidad a los 2500 delegados y a participar de las Eucaristías de inauguración el día martes 10 en el atrio de la Catedral y de clausura el día sábado 14 en el altar del Cristo. Elevemos nuestras confiadas oraciones al Señor, para que este evento traiga frutos abundantes de fe, de vida cristiana auténtica, de solidaridad con los pobres y marginados, y de compromiso misionero en Bolivia y en todo el Continente”.

HOMILÍA DE MONSEÑOR SERGIO GUALBERTI, ARZOBISPO DE SANTA CRUZ DE LA SIERRA

DOMINGO 1 DE JULIO DE 2018

BASÍLICA MENOR DE SAN LORENZO MÁRTIR

Antes de ayer, solemnidad de los apóstoles Pedro y Pablo, en la Iglesia se ha celebrado también el día del Papa Francisco sucesor de Pedro y misionero como Pablo. Rezamos por Él pidiendo al Señor que lo mantenga firme en su servicio de comunión en la Iglesia, y que nos siga guiando con su palabra valiente y con su testimonio de cercanía a los pobres y últimos de la sociedad. En particular le agradecemos por el don del Cardenal Toribio Ticona, Obispo indígena, humilde y sencillo que con dedicación ha servido por tantos años en el Altiplano. Oramos por él para que el Señor lo acompañe en esta nueva misión como signo de paz y de unidad.

El evangelio de hoy nos presenta a Jesús a orillas del lago de Galilea, rodeado por mucha gente hambrienta de su palabra y deseosa de ser sanada de sus enfermedades. Mientras Él está predicando llega Jairo, un jefe de la sinagoga, que se arroja a sus pies pidiéndole que vaya a su casa para que su hijita gravemente enferma “sane y viva”.

Jesús accede a su pedido pero, mientras está en camino apretado de todo lado por la multitud, una mujer, que desde años padecía hemorragias y había gastado en vano todo su dinero en los médicos, se le acerca con la intención de tocar su manto esperando ser sanada. Es una mujer marginada de la sociedad por una norma religiosa que considera “impura” a una mujer afectada por esa enfermedad. Nadie puede tocarla, compartir y convivir con ella, porque tan sólo el contacto físico con ella hace impuros.

Su deseo de libertad y de vida es tan fuerte que desafía esa norma legal y de forma inadvertida se abre paso entre el tumulto de la gente y logra tocar el manto de Jesús.

Tanto ella como Jairo creen que el contacto con Jesús puede traer la sanación esperada. Puede parecer una fe interesada, pero Dios, que sabe leer en lo profundo del corazón humano, ve en ese gesto una manera sencilla de expresar una fe auténtica aunque tenga que crecer. Y Jesús realiza el prodigio: “Inmediatamente cesó la hemorragia”. El toque de la mujer ha sido distinto de los de la gente, es el toque de la fe que desencadena el poder liberador de Jesús, lo que ni la ley, ni el culto han conseguido.

Jesús se da cuenta de la fuerza que ha salido de él y lanza una pregunta a la gente que parece absurda, así lo entienden sus discípulos: “¿Ves que la gente te aprieta por todas partes y preguntas quién te ha tocado?” La mujer, al verse descubierta, se arroja con temor a los pies de Jesús y confiesa la verdad. Es lo que Jesús espera, que su fe no quede anónima, ni que se limite a un toque superficial y furtivo, sino que desemboque en un encuentro personal.

Jesús, al hacer público lo que ha pasado, hace constar que la ley de puro e impuro atribuida a una enfermedad física ya no tiene vigencia, porque, en el Reino de Dios los últimos y los pobres son los primeros. Esa mujer goza de una atención privilegiada justamente porque padece una enfermedad que, además del sufrimiento físico, la excluye de la vida social y religiosa. Jesús sella ese milagro con palabras llenas de esperanza: “Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda salvada de tu enfermedad”. Ahora, libre de esa enfermedad que la condenaba a la marginación, la mujer  ha recobrado su dignidad de persona, puede reinsertarse en la vida de familia y de la comunidad y, sobre todo, ha recibido el don de la salvación: “tu fe te ha salvado”.

Mientras pasa todo esto, unas personas de casa de Jairo le avisan que su hija ha fallecido y que por tanto no hace falta “seguir molestando al Maestro”. Pero Jesús no toma en cuenta esa noticia y reasegura a Jairo:” No temas, basta que creas” y enseguida va a la casa de Jairo acompañado solo por los tres apóstoles amigos.

Al llegar a la casa, se topa con el alboroto de la gente que llora y grita: “¿Por qué lloran? La niña no está muerta, sino que duerme!” Tanto en este momento como en la sanación de la hemorroisa, sobresale la personalidad de Jesús que se impone con calma y seguridad a la gente alborozada.

Lejos de la curiosidad, Jesús entra en la intimidad de la familia y toma de la mano a la niña ordenándole: “¡Niña, levántate!” En seguida la niña vuelve a la vida, se levanta y comienza a caminar. Ante semejante milagro la alegría de los padres es tan grande que no se dan cuenta que la niña necesita alimentarse. Este detalle no pasa desapercibido a Jesús quien se preocupa también de las necesidades cotidianas de las personas.

Ambos relatos tienen una profunda afinidad y ponen en evidencia la fe con la que Jairo y la mujer hemorroisa se acercan a Jesús, fe que va creciendo y que los lleva al encuentro personal con Él:  “Hija, tu fe te ha salvado… No temas, basta que creas”. La intervención de Jesús que salva y la palabra que despierta la fe van juntas. Es significativo notar que Jesús se solidariza y realiza los milagros en bien de dos historias de dolor de personas doblemente marginadas en esa sociedad: por ser mujeres y por ser enfermas.

En esta actuación Jesús se manifiesta como imagen viviente de Dios, quien no hizo la muerte, sino que, como dice la 1era lectura, de la muerte hace nacer la vida y que devuelve al ser humano el destino feliz de la creación. “Dios creó al hombre para que fuera incorruptible y lo hizo a imagen de su propia naturaleza, pero por la envidia del demonio entró la muerte en el mundo”.

También nosotros somos llamados a una experiencia de fe que nos lleve al encuentro personal con Cristo, el Señor de la vida y a acogerlo en nuestra vida y en nuestra casa. Un encuentro que nos impulse a colaborar en la defensa y promoción de la vida humana, en todas las etapas y en cualquier circunstancia, siendo signos de la presencia del Dios de la vida.

Los cristianos somos testigos de la fe en Cristo resucitado, el Cristo vivo que nos libera de las ataduras del pecado y de la muerte, un don que cada día tenemos que compartir como misioneros de la vida y del amor de Dios, comprometidos en contra de toda discriminación.

Es la misión que tantos hermanos y hermanas de nuestra América han asumido con alegría y que quieren compartir con nuestra Iglesia en Bolivia y en particular con la nuestra de Santa Cruz, en el CAMV. Renuevo mi cordial invitación a acoger con cariño y disponibilidad a los 2500 delegados y a participar de las Eucaristías de inauguración el día martes 10 en el atrio de la Catedral y de clausura el día sábado 14 en el altar del Cristo. Elevemos nuestras confiadas oraciones al Señor, para que este evento traiga frutos abundantes de fe, de vida cristiana auténtica, de solidaridad con los pobres y marginados, y de compromiso misionero en Bolivia y en todo el Continente. Amén.

Erwin Bazán Gutiérrez



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