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jueves 19 julio 2018
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Como Juan el Bautista, seamos testigos valientes de la Buena Noticia de Jesús, dice Monseñor Sergio

Para Monseñor Sergio, el ejemplo de Juan _el Bautista tiene que guiar nuestros pasos por el camino de la paz”, también nos llama a ser operadores de paz, a romper con la lógica perversa de la confrontación, de los bloqueos, de los cercos y del recurso a la violencia, hechos aún más graves y condenables cuando son promovidos por quienes tienen la responsabilidad de velar por los derechos ciudadanos y por la paz. Las prácticas violentas nunca son ni serán el medio correcto para solucionar los problemas, sino solo fuentes de rencor y de venganza.

En ese sentido, el Prelado pidió que “Seamos, como Juan el Bautista, testigos valientes de la Buena Noticia de Jesús con nuestra vida y reflejo luminoso de su rostro escondido, y anunciemos con alegría su presencia que salva ya, hoy, y no sólo en un futuro lejano. Es una tarea ardua y difícil que tenemos que enfrentar con humildad y firmeza y sin acobardarnos ante las posibles burlas, incomprensiones y persecuciones”.

HOMILÍA DE S. E. MONSEÑOR SERGIO GUALBERTI, ARZOBISPO DE SANTA CRUZ DE LA SIERRA

DOMINGO 24 DE JUNIO DE 2018

BASÍLICA MENOR DE SAN LORENZO MÁRTIR

 “No ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan el Bautista”… así Jesús presenta a sus discípulos y a la gente a este Santo del que celebramos hoy su aniversario natal, día en el que fue santificado por el Salvador cuando todavía estaba en el vientre de su madre Isabel.  El evangelista Lucas con palabras de asombro nos relata el momento de gracia del encuentro de la Virgen María, portadora de Jesús, con su prima Isabel: “María… entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Apenas esta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su seno, e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó: «¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre!».

Es la alegría del niño que ya en el seno materno recibe el llamado del Señor a prepararle el camino, al igual que el Siervo de Yahveh de la primera lectura: “El Señor me llamó desde el seno materno, desde el vientre de mi madre pronunció mi nombre… El me dijo: «Tú eres mi Servidor, Israel, por ti yo me glorificaré.»

Es también la gran alegría de Zacarías su padre anciano y de Isabel su madre, mujer estéril, que habían perdido toda esperanza de tener un hijo. Por eso en agradecimiento a este don inesperado y en contra de la tradición y expectativa de los familiares, los genitores no le ponen el nombre de su padre Zacarías, sino Juan, que significa “Dios es misericordia”, a indicar que ese niño ya no es de la familia sino un regalo de Dios. Este gesto debería hacer reflexionar a tantas nuestras familias que consideran a los hijos como propios y no como un don de Dios a quienes Él les tiene reservada una vocación, a la que los padres tienen que apoyar y no obstaculizar.

En ese nombre está marcada la identidad de Juan, su destino y misión: anunciar que ha terminado el tiempo de la espera y que Dios se ha compadecido de su pueblo Israel enviando al Mesías, al Salvador. Juan como Precursor del Mesías, tiene que ir delante de él para abrirle el camino y preparar al mundo a la acción liberadora de Dios, en otras palabras ser profeta de la esperanza y de la cercanía de Dios. Juan, lleva esta misión predicando con mucha valentía e incitando a la gente a la conversión y a cambiar su manera de vivir. Acompaña su palabra con el bautismo de los pecadores en el río Jordán, como signo de penitencia. Por eso a Juan se le llama Bautista, aquel que Bautiza.

A pesar de sus palabras proféticas muy cuestionadoras, mucha gente acude a escucharlo: “Preparen el camino del Señor, enderecen sus caminos. Rellenen las quebradas… Raza de víboras… muestren los frutos de su conversión…”. La vida misma de Juan se vuelve testimonio de la palabra que predica, una vida extremadamente austera y pobre: se refugia en el desierto, se viste con piel de camello y se alimenta de miel silvestre y langostas. Cautivada por su predicación profética y su testimonio radical, la gente se pregunta si él no sería el Cristo, el Mesías.

Juan no cae en la tentación del poder y de la fama, sino que, con humildad pero también con firmeza, afirma que él no es el Mesías y que su misión es la de abrir la mente y el corazón del pueblo israelita para que reconozca y acoja a Cristo ya presente en medio de el: “Yo bautizo con agua, pero ya viene él que es más poderoso que yo, al que no soy digno de soltarle sus sandalias; él los bautizará con el Espíritu Santo y en el fuego”.

Y justamente Jesús, él que no tiene pecado, un día se hace presente en la fila de los pecadores para hacerse bautizar, una señal evidente de que se solidariza con nuestra condición humana y que quiere liberarnos de todos nuestros pecados y esclavitudes. En esa ocasión Juan por fin puede señalarlo a todos los presentes: “Este es el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”.

También, en su afán de llamar a todos a la conversión, Juan se dirige directamente y sin tapujos a los sectores poderosos que explotan al pueblo. A los cobradores de impuestos les pide que sean honrados y no cobren más de lo debido, a los militares que no sean abusivos y al rey Herodes que no le es permitido convivir con la esposa de su hermano. Esta última denuncia profética en contra del rey le acarrea la cárcel y luego la muerte.

 Estando Juan encarcelado, sus discípulos le comunican acerca de la predicación y actuación de Jesús que no es conforme a la concepción que ellos tenían del Mesías, como enviado poderoso al estilo del rey David. El mismo Bautista se espera un juicio inminente de Dios a través del Mesías que con poder castigue a los impíos y a los poderosos y rinda justicia a los justos, los pobres y oprimidos. El Bautista envía a sus discípulos a preguntar a Jesús: «¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?». Jesús les responde: “ Vayan y díganle lo que han oído: los ciegos ven, los paralíticos caminan, los leprosos son purificados, los sordos oyen, los muertos resucitan y los pobres reciben  la la Buena Noticia”.

Jesús además aprovecha esa ocasión para tejer un hermoso elogio del Bautista, como testigo viviente de lo que predica: «¿Qué han salido a ver? ¿Un profeta? Sí, les digo, y más que un profeta… En verdad les digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan el Bautista…». El Bautista es «más que un profeta», porque los profetas anunciaban la futura venida del Mesías, mientras que Él lo indica ya presente en la persona de Jesús y llama a todos a acogerlo. Jesús en otra oportunidad resume en breves palabras la vida y la misión de Juan: “dio testimonio de la verdad… y era la lámpara que ardía y resplandecía, y Uds. han querido gozar un instante de su luz”. Nosotros también, como los judíos, gozamos de la luz de San Juan, la luz de la verdad de sus palabras proféticas, de su testimonio de vida valiente y humilde, de una luz que va a propósito va menguando para que brille la luz divina que es Cristo. El llamado a la conversión sincera de Juan Bautista vale también para nosotros, que reconozcamos nuestra condición de pecadores necesitados del perdón de Dios, de reconciliación y de una existencia acorde al Evangelio.

Para eso hace falta seguir los pasos de Juan, vivir nuestra vocación cristiana con coherencia y fidelidad, ser testigos de la verdad de Jesús y ser profetas en nuestro mundo, donde todavía muchos no conocen al Señor: «¡En medio de ustedes hay uno a quien no conocen!». Jesucristo, la verdad más decisiva de la historia, sigue siendo hoy el gran desconocido y olvidado.

El Bautista que ha guiado nuestros pasos por el camino de la paz”, también nos llama a ser operadores de paz, a romper con la lógica perversa de la confrontación, de los bloqueos, de los cercos y del recurso a la violencia, hechos aún más graves y condenables cuando son promovidos por quienes tienen la responsabilidad de velar por los derechos ciudadanos y por la paz. Las prácticas violentas nunca son ni serán el medio correcto para solucionar los problemas, sino solo fuentes de rencor y de venganza.

Seamos, como Juan el Bautista, testigos valientes de la Buena Noticia de Jesús con nuestra vida y reflejo luminoso de su rostro escondido, y anunciemos con alegría su presencia que salva ya, hoy, y no sólo en un futuro lejano. Es una tarea ardua y difícil que tenemos que enfrentar con humildad y firmeza y sin acobardarnos ante las posibles burlas, incomprensiones y persecuciones.

Que el Señor nos acompañe y el testimonio profético de Juan el Bautista nos impulse a ser misioneros del amor y de la justicia del Reino de Dios en nuestra vida de cada día. Amén.

Oficina de prensa de la Arquidiócesis de Santa Cruz

Erwin Bazán Gutiérrez



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