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miércoles 19 diciembre 2018
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Ser testigos del amor de Dios en la cruz, pide Monseñor Sergio a los creyentes

El Arzobispo Cruceño aseguró que la cruz siempre fue y será signo de contradicción y subrayó que en Jesús crucificado se identifican los pobres de ayer y hoy, los descartados de la sociedad y los inocentes, víctimas de una justicia corrupta y servil.

Con la invitación a “alzar nuestros ojos a la cruz donde Jesús, el siervo del Señor inocente y justo es ajusticiado como criminal” Monseñor Sergio Gualberti presidió la celebración del Viernes Santo desde la Catedral Metropolitana frente a la plaza cruceña abarrotada de fieles que con mirada contemplativa adoraron a Cristo crucificado.

La celebración inició con la procesión de entrada de los celebrantes, en un ambiente de profundo silencio y recogimiento. Frente al altar, como señal de humildad, penitencia y súplica a Dios, se postraron el Arzobispo, Monseñor Sergio Gualberti, el Obispo auxiliar, Monseñor Estanislao Dowlaszewicsz, el rector de la Catedral Padre Hugo Ara y el Capellán de la cárcel Padre Mario Ortuño.

En la celebración se proclamó el evangelio de la “Pasión de Nuestro Señor Jesucristo”, se realizó el rito de la adoración de la cruz, la oración universal ha sido más solemne de los habitual pues en ella se pidió por la salvación de toda la humanidad, después se inició la procesión del Santo sepulcro por las calles del centro cruceño para después depositarlo en la nave principal de la iglesia catedral donde los fieles podrán adorarlo hasta la media noche.

Jesús se puso del lado de los pobres, privilegiados por Dios y despreciados por la sociedad.

Monseñor Sergio en su homilía subrayó que “Jesús ha pasado toda su vida pública “haciendo el bien”: devolvió la vista a los ciegos, curó enfermos, sanó a leprosos, resucitó a muertos y anunció el Evangelio a  los pobres” y por eso cuestionó “¿Cómo es posible que el hombre que gastó toda su vida haciendo el bien y se solidarizó en todo con nuestra condición humana, menos en el pecado, haya sido condenado al suplicio infame de la muerte en cruz, propia de los esclavos?”.

Él mismo aseguró que “En primer lugar porque Jesús se puso a lado de los pobres, privilegiados por Dios y despreciados por la sociedad. Él se sentó a la mesa con los cobradores de impuestos, permitió que una pecadora pública le lavara los pies, tocó a leprosos y tantas otras intervenciones a favor de los últimos y marginados”.

En ese sentido, Monseñor Sergio prestó especial atención a indicar cuáles son los crucificados de hoy en nuestra sociedad “…en Jesús inocente colgado en la cruz se identifican miles y miles de pobres de ayer y de hoy sometidos a condiciones de vida infrahumana, que no tienen voz ni rostro, crucificados por la miseria, por el hambre, por la escasez de agua, por el desempleo y descartados por la sociedad de la eficiencia y del consumo. En Jesús crucificado se identifican también miles de inocentes que son asesinados por extremistas desalmados,  que son condenados injustamente por sistemas totalitarios y las víctimas de una justicia corrupta y servil”.

Acotó que “En Jesús crucificado se identifican también aquellas personas a las que nosotros ignoramos, despreciamos, odiamos o hacemos el mal. También está crucificada nuestra hermana Madre Tierra, devastada por la codicia sin límites del sistema economicista,  con la deforestación salvaje y la explotación irracional de energías no renovables”.

A tiempo de reconocer que “El crucificado ha sido, es y será signo de contradicción” afirmó que “por eso nosotros creyentes tenemos el desafío de ser testigos del amor de Dios en la cruz, aceptando su sabiduría y su poder, en un mundo que la necesita, aunque la desconozca”.

Finalmente, Monseñor Sergio señaló que “…en medio de tanta crucifixión del hombre por el hombre en el mundo, hay un punto fijo al que mirar estremecidos: el Dios Crucificado, como decían los antiguos “en medio de todos los vaivenes humanos sólo sigue en pie la Cruz“.

Aquí un fragmento de la homilía de Monseñor Sergio:

La celebración en el atrio de la Catedral prosiguió con la procesión del Santo Sepulcro de Jesús por las calles de la ciudad:

HOMILÍA DE MONSEÑOR SERGIO GUALBERTI, ARZOBISPO DE SANTA CRUZ.

VIERNES SANTO 2018.

BASÍLICA MENOR DE SAN LORENZO MÁRTIR

“Miren el árbol de la cruz donde estuvo clavada la salvación del mundo: vengan a adorarlo”. Es la invitación que la liturgia nos hace esta tarde al momento de presentar la cruz: alzar nuestros ojos a la cruz donde Jesús, el siervo del Señor inocente y justo es ajusticiado como criminal. Llamados a contemplar y adorar el instrumento de muerte que se ha vuelto medio de vida y de salvación para toda la humanidad.

Jesús ha pasado toda su vida pública “haciendo el bien”:  devolvió la vista a los ciegos, curó enfermos, sanó a leprosos, resucitó a muertos y anunció el Evangelio a  los pobres. Con su actuación en favor de los más necesitados y desposeídos de la sociedad, Él cumplió la misión confiada por el Padre: instaurar el Reino de Dios, el plan de vida y felicidad concebido desde la creación y rechazado por la soberbia y desobediencia humana, provocando la irrupción del pecado y de la muerte en el mundo. ¿Cómo es posible que el hombre que gastó toda su vida haciendo el bien y se solidarizó en todo con nuestra condición humana, menos en el pecado, haya sido condenado al suplicio infame de la muerte en cruz, propia de los esclavos?

En primer lugar porque Jesús se puso a lado de los pobres, privilegiados por Dios y despreciados por la sociedad. Él se sentó a la mesa con los cobradores de impuestos, permitió que una pecadora pública le lavara los pies, tocó a leprosos y tantas otras intervenciones a favor de los últimos y marginados. En segundo lugar porque Jesús actuaba con total libertad frente a las normas religiosas como la del descanso del sábado, que desvirtuaban el sentido autentico de los mandamientos de Dios.

Además, en varias oportunidades, denunció la actitud hipócrita de los grupos de poder religiosos y políticos que se servían de la religión para sus intereses y privilegios. En la última semana de su vida su situación empeoró todavía más porque la gente lo proclamó Rey y Mesías y porque Él echó del Templo de Jerusalén a los vendedores y cambistas.

Esos grupos de poder vieron en Jesús un grave peligro por el sistema religioso y político que sostenía sus intereses y privilegios. Con el pretexto de que el proceder de Jesús podía provocar una sublevación del pueblo, decidieron darle muerte: “¿No les parece preferible que un solo hombre muera y no que perezca la nación entera?”.

Jesús fue condenado por dos tribunales: por el religioso, acusado de blasfemo por proclamarse hijo de Dios, y por el tribunal civil, por presentarse supuestamente como rey de los Judíos, atentando a la autoridad del imperio romano.

En ambos casos Jesús fue condenado por una justicia servil a los poderosos, a sabiendas que era inocente. Y en Jesús inocente colgado en la cruz se identifican miles y miles de pobres de ayer y de hoy sometidos a condiciones de vida infrahumana, que no tienen voz ni rostro, crucificados por la miseria, por el hambre, por la escasez de agua, por el desempleo y descartados por la sociedad de la eficiencia y del consumo. En Jesús crucificado se identifican también miles de inocentes que son asesinados por extremistas desalmados,  que son condenados injustamente por sistemas totalitarios y las víctimas de una justicia corrupta y servil.

En Jesús crucificado se identifican también aquellas personas a las que nosotros ignoramos, despreciamos, odiamos o hacemos el mal. También está crucificada nuestra hermana Madre Tierra, devastada por la codicia sin límites del sistema economicista,  con la deforestación salvaje y la explotación irracional de energías no renovables.

Ante esta dramática situación resuena la invitación:” Miren el árbol de la cruz donde estuvo clavada la salvación del mundo: vengan a adorarlo”. Solo en la cruz está la esperanza y la salvación de la humanidad, porqué allí Jesús cumplió el designio de salvación de Dios:  “Por la obediencia llegó a ser causa de salvación”. Jesús en la cruz es la imagen elocuente de su total y confiado abandono en las manos del Padre y la coronación de su camino de obediencia y amor libremente iniciado en la encarnación.

Es el misterio del Hijo de Dios que se despojó de su condición divina, haciéndose uno de nosotros y la nada del mundo, para que fuéramos liberados de la esclavitud del egoísmo, el odio, el rencor, la violencia y la muerte frutos del pecado y para que se nos abrieran, de una vez por todas, los horizontes de vida, justicia, esperanza, amor y paz.

Por tanto, la muerte de Jesús no fue un fracaso sino una victoria. En la cruz, sublime expresión del amor de Dios en su Hijo, se realiza nuestro encuentro con Dios. Sin embargo, nos puede resultar difícil creer que en el crucificado se hace presente el amor de Dios, tampoco lo fue para Pedro y los demás discípulos que en la pasión abandonaron a Jesús.

Por eso no debe extrañarnos que, a lo largo de la historia hasta el día de hoy, el crucifico haya sido hecho objeto de incomprensión, indiferencia, burla, rechazo y que se busque quitarlo de los lugares públicos como escuelas y hospitales. El crucificado ha sido, es y será signo de contradicción, por eso nosotros creyentes tenemos el desafío de ser testigos del amor de Dios en la cruz, aceptando su sabiduría y su poder, en un mundo que la necesita, aunque la desconozca.

Al acabar la II guerra mundial, el teólogo japonés Kitamori escribió que “la Iglesia existe sólo para conservar el asombro de que Dios es el Crucificado que muere“. Por eso, en medio de tanta crucifixión del hombre por el hombre en el mundo, hay un punto fijo al que mirar estremecidos: el Dios Crucificado, como decían los antiguos “en medio de todos los vaivenes humanos sólo sigue en pie la Cruz“.

Este es el sentido auténtico de la devoción a la Cruz, tan enraizada, profunda y sentida en todo el continente latinoamericano y en nuestro país. Nuestra ciudad y Departamento llevan con toda honra el nombre de la Santa Cruz” plantada como signo de la redención, come dice justamente nuestro himno cruceño, signo de libertad, de vida y de amor y no instrumento de muerte.

En unos instantes y en un ambiente de profundo silencio y recogimiento, nos acercaremos con cariño, devoción y confianza a besar al Señor crucificado, respondiendo a la invitación de la carta a los Hebreos: “Vayamos confiadamente al trono de la gracia, a fin de obtener misericordia y alcanzar la gracia de un auxilio oportuno”. Amén.

GALERIA FOTOGRÁFICA

Oficina de prensa del Arzobispado de Santa Cruz

Erwin Bazán Gutiérrez



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