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miércoles 23 mayo 2018
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Huir de las tinieblas del pecado y caminar hacia la luz del Señor  

En su homilía de este cuarto domingo de cuaresma desde la Catedral Metropolitana de Santa Cruz, Monseñor Sergio Gualberti, invitó a rechazar las tinieblas del pecado buscar la luz del Señor, esto es, aceptar y confesar el amor gratuito y misericordioso de Dios.

Dios nos quiere libres del pecado

El Prelado reflexionó en torno a la Alianza estrechada entre Dios y el pueblo de Israel, una relación caracterizada siempre por la contraposición entre la fidelidad de Dios e infidelidad del pueblo, entre misericordia y pecado, entre luz y tinieblas, entre muerte y vida.

En ese sentido, aseguró que “El amor de Dios hacia el pueblo de Israel, es una muestra de su amor sin límites para con todos nosotros sus criaturas. Él no nos quiere esclavos del pecado y la muerte, por el contrario quiere nuestra vida y que seamos libres de toda clase de males, como nos dice el Evangelio: “Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo Único para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga Vida eterna”, aseguró.

Aceptar la misericordia de Dios

El Prelado subrayó que Dios no envió a su hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él, en ese sentido, aseguró que “Con el rechazo o con la aceptación del amor manifestado en Jesucristo, nosotros construimos la luz o la tiniebla, nuestra salvación o la condena. “El que no cree, ya está condenado”.

Huir de las tinieblas del pecado y caminar hacia la luz del Señor  

“Actuar con libertad interior, amar a la verdad y a la justicia, son las condiciones indispensables para ver y caminar hacia la luz del Señor, para permear paulatinamente todos los ámbitos de nuestra existencia y cumplir “buenas obras” señaló Gualberti.

“Por tanto, -agregó Monseñor- el medio privilegiado para confesar nuestra fe en el Crucificado, es el testimonio coherente de nuestra vida personal y comunitaria y son las obras hechas a la luz de los auténticos valores evangélicos del amor, la libertad, la solidaridad, la justicia y la paz”.

“Hoy la Palabra de Dios nos invita a elevar nuestra mirada hacia Cristo crucificado, a dejarnos atraer por él y a ver en él al rostro verdadero del Padre “que es rico en misericordia”. Si hacemos un poco de silencio interior y revisamos con sinceridad nuestra vida, podemos darnos cuenta que en verdad Dios nos ha amado y que nos ha perdonado una y otra vez a pesar de nuestras infidelidades. Por eso, cada uno de nosotros podría decir: “Yo soy cristiano, solo porque creo que Dios me ama”.

Jornadas Penitenciales el viernes 16 y sábado 17 de marzo

Finalmente, el Arzobispo cruceño recordó e invitó a vivir las “24 Horas para el Señor”, iniciativa que lanzó el Papa Francisco para que vivamos la experiencia del amor gratuito de Dios. Esto significa que “En nuestras parroquias durante los próximos viernes 16 y sábado 17 se ofrecerá la posibilidad de la adoración del Santísimo, así como de la confesión sacramental, mientras que en la Catedral será el miércoles santo”.

HOMILÍA DE S.E. MONSEÑOR SERGIO GUALBERTI, ARZOBISPO DE SANTA CRUZ

DOMINGO 11 DE MARZO DE 2018, CUARTO DOMINGO DE CUARESMA

BASÍLICA MENOR DE SAN LORENZO MÁRTIR

La primera lectura de hoy nos habla de la Alianza estrechada entre Dios y el pueblo de Israel, una relación caracterizada siempre por la contraposición entre la fidelidad de Dios e infidelidad del pueblo, entre misericordia y pecado, entre luz y tinieblas, entre muerte y vida: “Todos los jefes de Judá, los sacerdotes y el pueblo multiplicaron sus infidelidades, imitando todas las abominaciones de los paganos”.

No se trata de un pecado ocasional, sino de un estado de infidelidad y de idolatría, de abandono de la fe en Dios para seguir a los falsos dioses con graves consecuencias religiosas pero también sociales. Se había instaurado en Israel un sistema perverso sin referencia ética, donde imperaba la injusticia, las luchas fratricidas, las divisiones y la opresión de los pobres. El pecado no sólo aleja de Dios, sino que es una terrible fuerza disgregadora de la sociedad que siembra violencia y muerte.

A pesar de tanta traición y de tanta maldad, Dios, en fidelidad a la Alianza, intentó corregir ese rumbo equivocado a través de los profetas: “El Señor, les llamó constantemente la atención por medio de sus mensajeros, porque tenía compasión de su pueblo pero ellos vejaban a los mensajeros de Dios, despreciaban sus palabras y ponían en ridículo a sus profetas…”.

Dios “tenía compasión”, porque de verdad amaba al pueblo de Israel, por eso no escatimó esfuerzos para salvarlo. Sin embargo el pueblo en su ceguera se burló de la palabra de los profetas, provocando así la catástrofe total del país. El ejército de los babilonios derribó las murallas de Jerusalén, destruyó la ciudad y el templo, símbolo de la religión y de la identidad del pueblo, sembró desolación y muerte por doquier y deportó a los supervivientes como esclavos.

El potencial de muerte que encierra el pecado es terrible, arrastra a todos en el abismo, incluso a los inocentes. Pero, cuando la suerte de los judíos parecía echada para siempre, Dios por medio de un pagano, el rey Ciro de Persia, intervino, los restituyó la libertad y los devolvió a su tierra, después de 50 años de destierro.

El amor de Dios hacia el pueblo de Israel, es una muestra de su amor sin límites para con todos nosotros sus criaturas. Él no nos quiere esclavos del pecado y la muerte, por el contrario quiere nuestra vida y que seamos libres de toda clase de males, como nos dice el Evangelio: “Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo Único para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga Vida eterna”.

La misericordia y el amor de Dios hacia el hombre alcanzan su punto culminante con la entrega de su Hijo al mundo, como lo reafirma con fuerza San Pablo en la carta a los cristianos de Éfeso: “Dios, que es rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, precisamente cuando estábamos muertos a causa del pecado, nos hizo revivir con Cristo”.

El amor de Dios hacia nosotros es una realidad cierta y no una promesa futura: “Dios amó tanto al mundo… por el gran amor con que nos amó. El corazón de la muerte y resurrección de Jesús, es el amor gratuito de Dios que envió a su Hijo para salvarnos y no para juzgarnos. “Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él”.

Podríamos decir que no es tanto Dios que nos juzga, sino que nosotros mismos nos juzgamos ya que nosotros  tenemos la responsabilidad de acogerlo o rechazarlo.

Con el rechazo o con la aceptación del amor manifestado en Jesucristo, nosotros construimos la luz o la tiniebla, nuestra salvación o la condena. “El que no cree, ya está condenado”. Los incrédulos en la Biblia, son los que optan y se apegan conscientemente al mal y que aman a las tinieblas. El pecado que no tiene perdón, no consiste tanto en hacer el mal, esto puede pasar por debilidad o por un error, sino de amar al mal, de elegir libremente a las tinieblas y cerrarse al amor y a la evidencia de la luz y de la verdad.

El que cree en Él no es condenado”. En contraste con los que optan por el mal, están los que creen en Dios. Pero, ¿la fe en que cosa? En ese acto extremo de amor que Jesucristo crucificado nos ha manifestado en toda su profundidad. La cruz no es solo signo de humillación, sufrimiento y dolor, sino sobre todo signo de amor que no puede dejarnos indiferentes y que despierta en nosotros, gratitud y atracción: “Es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en él tengan vida eterna”. Aquí está la opción fundamental para cada uno de nosotros; nuestra suerte depende de nuestra aceptación o rechazo del amor de Dios revelado en el Crucificado.

“Cuando yo sea elevado de la tierra, atraeré a todos hacia mí”. Elevado en la cruz, pero también elevado en la gloria del Padre, porque la resurrección está íntimamente unida a la cruz. El Hijo de Dios clavado en la cruz cambia nuestra imagen de un Dios juez implacable e inmisericorde por un Dios que se nos ha hecho cercano, que pone a nuestro alcance la luz, la vida y la salvación y que nos fortalece para que podamos “obrar conforme a la verdad”.

Actuar con libertad interior, amar a la verdad y a la justicia, son las condiciones indispensables para ver y caminar hacia la luz del Señor, para permear paulatinamente todos los ámbitos de nuestra existencia y cumplir “buenas obras”.

Por tanto, el medio privilegiado para confesar nuestra fe en el Crucificado, es el testimonio coherente de nuestra vida personal y comunitaria y son las obras hechas a la luz de los auténticos valores evangélicos del amor, la libertad, la solidaridad, la justicia y la paz.

Hoy la Palabra de Dios nos invita a elevar nuestra mirada hacia Cristo crucificado, a dejarnos atraer por él y a ver en él al rostro verdadero del Padre “que es rico en misericordia”. Si hacemos un poco de silencio interior y revisamos con sinceridad nuestra vida, podemos darnos cuenta que en verdad Dios nos ha amado y que nos ha perdonado una y otra vez a pesar de nuestras infidelidades. Por eso, cada uno de nosotros podría decir: “Yo soy cristiano, solo porque creo que Dios me ama”.

Para que vivamos una vez más esta experiencia del amor gratuito de Dios, el Papa Francisco ha lanzado la iniciativa de las “24 Horas para el Señor“, a la luz de las palabras del Salmo 130, 4: “De ti procede el perdón“. En nuestras parroquias, durante los próximos viernes 16 y sábado 17 se ofrecerá la posibilidad de la adoración del Santísimo, así como de la confesión sacramental, mientras que en la Catedral será el miércoles santo.

Acojamos con total disponibilidad esta iniciativa del Santo Padre para que, renovados por el amor misericordioso de Dios, vayamos renovando nuestra fe y sembrando con buenas obras nuestro camino cuaresmal y podamos así alcanzar la alegría plena de la Pascua.  Amén.

Oficina de prensa de la Arquidiócesis de Santa Cruz.

Graciela Arandia de Hidalgo



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