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martes 19 junio 2018
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Monseñor Sergio: La fe en un Cristo sin cruz, no es cristiana

En su homilía del domingo, Monseñor Sergio cuestionó a quienes piden milagros como condición para creer en Jesús y afirmó que “La fe en un Cristo sin la cruz, no es cristiana”

“La fe en el Crucificado nos da la fuerza para superar la tentación de escaparnos ante las dificultades o de quedarnos en una creencia superficial de milagros, sanaciones, seguridades y bienestar” señaló el Arzobispo de Santa Cruz.

El evangelio de este domingo relató la escena en que Jesús entra al templo y se indigna al ver a los mercaderes que habían ocupado los espacios del templo y los expulsa con vehemencia, provocando la reacción de los jefes de los sacerdotes y de los letrados judíos a quienes desafía con una única e inequivocable señal: “Destruyan este templo y en tres días lo volveré a levantar”.

“No se trata del templo de piedra de Jerusalén, sino de su propio cuerpo, el templo que tiene que morir para resucitar como nuevo “templo de carne”, por el que Dios salva a la humanidad. Jesús, al instaurar el nuevo y definitivo culto centrado en su persona, desenmascara a esos grupos de poder que se habían servido del templo para garantizarse privilegios e intereses, por eso ellos desde ese momento, buscarán la manera de dar muerte a Jesús” señaló Monseñor.

El Prelado cuestionó a quienes piden milagros como condición para creer en Jesús: “No es fácil aceptar que la cruz es el camino escogido por Dios para salvarnos, tanto es así que para los judíos es motivo de escándalo y para los grandes pensadores y filósofos griegos, que buscan la sabiduría, es una locura y necedad” aseguró.

“La cruz es la manifestación clara de cuán distintos son los pensamientos de Dios de los pensamientos humanos y de cómo se estrellan todos los intentos de los que buscan domesticarlo y hacerse un dios a su imagen y medida: “la locura de Dios es más sabia que la sabiduría de los hombres y la debilidad de Dios es más fuerte que la fortaleza de los hombres”.

En ese sentido, recordó que San Pablo con firmeza insiste que el corazón de la fe y “la fuerza y sabiduría de Dios para los que han sido llamados” es Jesús muerto y resucitado y no los milagros, las ciencias y los poderes humanos” por eso aseguró que “Para ser verdaderos cristianos, tenemos que creer en la debilidad del Crucificado en quien se manifiesta la locura de Dios, su  potencia, su sabiduría y su amor entrañable que llega al extremo de entregar su Hijo a la muerte para que nosotros podamos ser liberados definitivamente de la muerte y del mal”.

 Finalmente, el Prelado cruceño aprovechó para felicitar por adelantado a todas las mujeres que celebran su día el próximo jueves, señaló que “Esta fecha tiene que ser la oportunidad para que la sociedad toda renueve su firme compromiso de desterrar todo lo que atenta a la integridad y dignidad de la mujer: los feminicidios, la violencia extra e intrafamiliar, el machismo, la dominación y la discriminación.  Que el Señor las bendiga y acompañe a todas”.

HOMILÍA COMPLETA DE

S.E. MONSEÑOR SERGIO GUALBERTI, ARZOBISPO DE SANTA CRUZ DE LA SIERRA

III DOMINGO DE CUARESMA, 4 DE MARZO DE 2018.

BASÍLICA MENOR DE SAN LORENZO MÁRTIR.

Al acercarse la fiesta de la Pascua judía, Jesús fue a Jerusalén para anunciar la buena noticia del reino de Dios a la multitud de gente allá congregada. “Mientras Jesús estaba ahí, muchos creyeron en su Nombre al ver los signos que realizaba. Pero, Jesús no se fiaba de ellos, porque…”. AL ver los milagros que realizaba creyeron, pero Jesús no se fiaba de ellos”. Palabras muy fuertes. No toda fe goza de la confianza de Jesús, muchos creen en Él sólo por sus milagros o por interés. No es una fe sincera que lleve a la conversión verdadera.

Al entrar al templo Jesús se indigna al ver a los mercaderes que habían ocupado los espacios del templo y los expulsa con vehemencia. Esto provoca la reacción de los jefes de los sacerdotes y de los letrados judíos que lo desafían a que dé un signo que avale en base a qué autoridad ha actuado: “¿Qué signo nos das para obrar así?”. Los poderosos no pueden aguantar la libertad y la autoridad moral de quienes luchan por la verdad.

Jesús los desafía con una única e inequivocable señal: “Destruyan este templo y en tres días lo volveré a levantar”. No se trata del templo de piedra de Jerusalén, sino de su propio cuerpo, el templo que tiene que morir para resucitar como nuevo “templo de carne”, por el que Dios salva a la humanidad. Jesús, al instaurar el nuevo y definitivo culto centrado en su persona, desenmascara a esos grupos de poder que se habían servido del templo para garantizarse privilegios e intereses, por eso ellos desde ese momento, buscarán la manera de dar muerte a Jesús.

San Pablo en la carta a los cristianos de Corinto, se refiere también a los judíos que le piden milagros como condición para creer en Jesús: “Mientras los judíos piden milagros y los griegos van en busca de sabiduría, nosotros, en cambio, predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los Judíos y locura para los paganos”. No es fácil aceptar que la cruz es el camino escogido por Dios para salvarnos, tanto es así que para los judíos es motivo de escándalo y para los grandes pensadores y filósofos griegos, que buscan la sabiduría, es una locura y necedad. La cruz es la manifestación clara de cuán distintos son los pensamientos de Dios de los pensamientos humanos y de cómo se estrellan todos los intentos de los que buscan domesticarlo y hacerse un dios a su imagen y medida: “la locura de Dios es más sabia que la sabiduría de los hombres y la debilidad de Dios es más fuerte que la fortaleza de los hombres”.

San Pablo con firmeza insiste que el corazón de la fe y “la fuerza y sabiduría de Dios para los que han sido llamados” es Jesús muerto y resucitado y no los milagros, las ciencias y los poderes humanos. Para ser verdaderos cristianos, tenemos que creer en la debilidad del Crucificado en quien se manifiesta la locura de Dios, su  potencia, su sabiduría y su amor entrañable que llega al extremo de entregar su Hijo a la muerte para que nosotros podamos ser liberados definitivamente de la muerte y del mal. La fe en un Cristo sin la cruz, no es cristiana. La fe en el Crucificado nos da la fuerza para superar la tentación de escaparnos ante las dificultades o de quedarnos en una creencia superficial de milagros, sanaciones, seguridades y bienestar.

Por eso la cruz, desde los inicios del cristianismo hasta hoy, sigue siendo objeto de incomprensión, burla y rechazo. Ante estas hostilidades y ante nuestras limitaciones podemos acobardarnos y caer en la tentación de dejar al Señor. Con las solas fuerzas humanas no logramos perseverar en nuestra fe y ser testigos valientes de la cruz, pero podemos lograrlo si contamos con el don del Espíritu que ilumina nuestra mente, confirma en la verdad y fortalece nuestra voluntad.

La 1era lectura nos muestra un testimonio significativo de la presencia del Señor que sostiene y acompaña el camino de la fe, en su intervención a favor del pueblo de Israel esclavo en Egipto. “Yo soy el Señor,  tu  Dios, que te hice salir de Egipto, de un lugar de esclavitud”. Dios se presenta como el  liberador: “Yo te he sacado de la esclavitud”, que encabeza ese grupo de esclavos pobres, inermes, acosados y asustados a través del desierto para que alcancen la tierra prometida como un pueblo libre y de hermanos. Dios les entrega el decálogo como garantía para que construyan una sociedad nueva, distinta del modelo opresor, injusto y piramidal de Egipto, donde no haya más esclavitudes, sino igualdad, equidad y justicia.

Estas palabras de vida son un don grande de Dios que trascienden los límites del pueblo de Israel y se ofrecen como carta constitucional” de toda la humanidad. La carta magna que asegura el derecho sagrado de la vida de todas las personas indistintamente y el respeto de todos los derechos humanos.

Las tres primeras formulaciones del decálogo nos hablan de  la relación del hombre con Dios:  No tendrás otros dioses delante de mí”. Lo primero que Dios nos pide es que reconozcamos que Él es el único Señor y Salvador, que nos hecho para ser libres y no nos dejemos esclavizar por los ídolos de las riquezas, de las cosas materiales, del prestigio, ni por dominio de las personas y de las ideologías. Agradezcamos la vocación a la libertad y no doblemos las rodillas ante nadie ni nada que no sea Dios.

Los otros siete enunciados del decálogo, nos hablan de las relaciones entre personas y con la comunidad, dándonos las pautas fundamentales para una convivencia pacífica y justa, basada sobre: el respeto a los padres, la defensa de la vida desde la concepción y hasta el final, el respeto a la dignidad de toda persona y a sus bienes, la fidelidad en el matrimonio, la defensa de la verdad y el rechazo a la codicia, a la corrupción, al egoísmo y a la falta de solidaridad.

Antes de terminar mis felicitaciones a todas las mujeres que celebran su día el próximo jueves. Esta fecha tiene que ser la oportunidad para que la sociedad toda renueve su firme compromiso de desterrar todo lo que atenta a la integridad y dignidad de la mujer: los feminicidios, la violencia extra e intrafamiliar, el machismo, la dominación y la discriminación.  Que el Señor las bendiga y acompañe a todas.

Con las palabras del salmo, renovemos ahora con gratitud, nuestra fe en Jesús crucificado, el definitivo templo de Dios y fuente de salvación para todos los seres humanos: “Señor, tú tienes palabras de vida eterna”. Amén.

*Oficina de prensa de la Arquidiócesis de Santa Cruz.

Erwin Bazán Gutiérrez



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