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martes 19 junio 2018
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Monseñor Sergio invita a vivir el bautismo siendo misioneros en la sociedad

Este domingo ha terminado el tiempo de navidad y la Iglesia ha celebrado el Bautismo de Jesús. Al respecto, el Prelado Cruceño llamó a vivir el bautismo siendo misioneros en nuestra sociedad, en medio de tantos signos de muerte, de indiferencia ante Dios y de alejamiento de la vida cristiana”.

En su homilía, el Arzobispo de Santa Cruz explicó que “El Bautismo es el gran don que Cristo nos ha dado a los cristianos, por eso no debemos vivirlo pasivamente como simple legado de la tradición, sino apreciarlo en toda su magnitud, acogerlo y vivirlo consciente y personalmente con gratitud y entrega”.

En ese sentido, precisó que “Vivir el bautismo es experimentar la vida nueva de hijos e instaurar nuevas relaciones con Dios, con un trato propio del amor entre Padre e hijos”.

También acotó que ]”Vivir el bautismo exige también vivir como hermanos, con igual dignidad, entre nosotros sin discriminación ni supremacía de ningún tipo, porque todos somos fruto del amor de Dios que nos ha creado y del amor de Cristo que nos ha redimido”.

“Vivir el bautismo es participar de la vida de la familia más grande, la Iglesia, ser miembros activos de nuestra comunidad eclesial, de la parroquia como los primeros cristianos que al convertirse se incorporaban a la comunidad de los apóstoles”

Vivir el bautismo nos compromete al igual que Jesús, con la instauración del Reino de Dios, el reino de amor, justicia y paz, no solo a nivel personal sino también social. Nuestra vocación cristiana, nos pide salir del ámbito privado y de nuestra comunidad y comprometernos a trabajar por el bien común, en particular por los pobres y excluidos”.

Finalmente, aseguró que “vivimos el bautismo si somos misioneros en nuestra sociedad, en medio de tantos signos de muerte, de indiferencia ante Dios y de alejamiento de la vida cristiana”.

Homilía de Monseñor Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz.

Domingo 7 de enero de 2018

Basílica Menos de San Lorenzo Mártir

Con este domingo del Bautismo de Jesús, termina el tiempo de Navidad, en el que hemos contemplado y celebrado el misterio del amor de nuestro Dios manifestado en su Hijo, hecho hombre como nosotros, para nuestra salvación.

El Evangelio nos presenta a Jesús que antes de iniciar su misón pública, llega a orillas del río Jordán, donde Juan el Bautista predica la conversión y bautiza a mucha gente. Este bautismo de inmersión en las aguas del río, es solo un gesto de penitencia pública, expresión de la voluntad de purificación de los pecados. Muchos pecadores acuden donde el Bautista, se arrepienten de sus pecados y se hacen bautizar, como primer paso del cambio de actitud e inicio de una nueva vida conforme a la voluntad de Dios.

¿Por qué Jesús que es sin pecado alguno y por tanto no necesita bautismo,se pone en la fila de los penitentes para hacerse bautizar como un pecador más? Con este paso Él expresa su voluntad de solidarizarse con nuestra suerte humana y de asumir sobre sí nuestros límites y debilidades, dando así una señal clara de su potestad de perdonar los pecados y vencer a las fuerzas del mal.

Esta escena del bautismo de Jesús es acompañada por signos que nos ayudan a entrar en el misterio de su persona y de su misión. “Al salir del agua, vio que los cielos se abren”. Los cielos representan el lugar de la morada de Dios que, por el pecado original, se había cerrado al ser humano, imposibilitando la relación entre ambos.

Al momento en que Jesús sale del agua, los cielos se rasgan, y gracias a la comunión plena de Él con la voluntad del Padre, se vuelve a instaurar la comunicación entre nosotros con Dios y se nos abren las puertas de la esperanza y de la alegría de poder participar de su vida.

El Espíritu Santo descendía sobre él como una paloma”. Es el Espíritu de la nueva creación, expresado en el símbolo de la paloma, que, desendiendo sobre Jesús, lo presenta como el Mesías habilitado para instaurar el reino de Dios. Jesús, desde ese momento hasta su muerte en cruz, llevará toda su misión centrada en dos puntos firmes: la solidaridad con nuestra condición humana y la fidelidad al Padre.

Y una voz desde el cielo dijo:- Tu eres mi Hijo muy querido, en ti tengo puesta toda mi predilección”. Dios presenta solemnemente a Jesús como su Hijo muy querido en quién ha puesto todo su amor, el primogénito de una multitud de hermanos, el hombre nuevo por quien todos los seres humanos somos salvados y tenemos acceso a la vida nueva.

Las primeras comunidades cristianas, por los signos del bautismo de Jesús, lo reconocieron como el nuevo Moisés que inauguró el nuevo Exodo, la definitiva liberación del mal y del pecado en cumplimiento del proyecto salvífico de Dios. Ellos, desde los inicios, practicaron el bautismo como el primer signo de la iniciación cristiana, el sacramento de la gracia que libera del pecado y del mal y que abre a la comunión de Vida con Dios, dejando su testimonio de fe a todas las siguientes generaciones de cristianos.

Al recibir el bautismo, nosotros somos regenerados a la vida nueva de hijos de Dios, nos hacemos hermanos suyos y hermanos entre nosotros, miembros de la Iglesia, nuevo pueblo de Dios y asociados a su misma misión: anunciar y testimoniar la Buena Noticia del Reino de Dios. El Bautismo es el gran don que Cristo nos ha dado a los cristianos, por eso no debemos vivirlo pasivamente como simple legado de la tradición, sino apreciarlo en toda su magnitud, acogerlo y vivirlo consciente y personalmente con gratitud y entrega.

Vivir el bautismo es experimentar la vida nueva de hijos e instaurar nuevas relaciones con Dios, con un trato propio del amor entre Padre e hijos. Relación de amor, porque el Señor respeta nuestra libertad, no nos obliga a creer en Él, ni mucho menos nos asusta ni nos presiona para que le sigamos. Nosotros llegamos a creer en Dios no por miedo al castigo o por interés, sino porque cautivados por las tantas pruebas de amor que derrama con abundancia en nuestra existencia, aunque a menudo pasan desapercibidas porque estamos encerrados en nuestro yo, porque distraídos por tantas banalidades y ocupados por otros afectos e intereses.

Vivir el bautismo exige también vivir como hermanos, con igual dignidad, entre nosotros sin discriminación ni supremacía de ningún tipo, porque todos somos fruto del amor de Dios que nos ha creado y del amor de Cristo que nos ha redimido.

Vivir el bautismo es participar de la vida de la familia más grande, la Iglesia, ser miembros activos de nuestra comunidad eclesial, de la parroquia como los primeros cristianos que al convertirse se incorporaban a la comunidad de los apóstoles. No somos cristianos sueltos y aislados, sino miembros del pueblo de Dios y del cuerpo de Cristo.

Vivir el bautismo nos compromete al igual que Jesús, con la instauración del Reino de Dios, el reino de amor, justicia y paz, no solo a nivel personal sino también social. Nuestra vocación cristiana, nos pide salir del ámbito privado y de nuestra comunidad y comprometernos a trabajar por el bien común, en particular por los pobres y excluidos.

En otras palabras, vivimos el bautismo si somos misioneros en nuestra sociedad, en medio de tantos signos de muerte, de indiferencia ante Dios y de alejamiento de la vida cristiana. El bautismo nos convoca a ser cristianos que testimonian la alegría del evangelio, fuente de reconciliación y comunión, en nuestros hogares, comunidades eclesiales y en los distintos ámbitos de la sociedad.

Al respecto un acontecimiento, al que me he referido en varias oportunidades, nos está motivando particularmente desde cuatro años a que nos convirtamos en una Iglesia  misionera y abierta. Es el 5° Congreso Americano Misionero que se realizará en el mes de julio próximo acá en Santa Cruz con la presencia de unos 3.000 misioneros de todo el Continente.

Este evento es una gracia de Dios que acogemos con alegría y gratitud y que nos compromete como anfitriones a toda la Iglesia en Bolivia y en particular a nuestra Arquidiócesis. Por eso, como un gesto concreto de compromiso misionero, la Conferencia Episcopal Boliviana ha establecido que las colectas de este domingo en todas las iglesias del país se destinen para este fin. Seamos generosos y hagamos que Cristo sea la Luz para todos los pueblos, convencidos que Dios ama a quien da con alegría.

La palabra de Dios de esta fiesta del bautismo de Jesús, nos ha recordado que debemos valorar el gran don de nuestro Bautismo que nos ha hecho cristianos, seguidores de Jesús, nuestro único Salvador. Qué Él ocupe de verdad el centro de nuestra vida personal, familiar, religiosa y social y que compartamo la alegría del Evangelio con todas las personas que Dios cada día pone en nuestro camino. Amén.

Oficina de prensa de la Arquidiócesis de Santa Cruz

 

Erwin Bazán Gutiérrez



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