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lunes 18 junio 2018
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En el Ángelus: Los cristianos deben huir de los honores y servir a los demás

Tener “horror al orgullo y a la vanidad”. Es la invitación del Papa Francisco en el ángelus del 5 de noviembre, que ha presidido en la plaza San Pedro al mediodía. Ha exhortado también a las personas que mantienen una autoridad a ejercerla con el ejemplo, porque “si se ejerce mal, termina siendo abrumador, no deja crecer a las personas y crea un clima de desconfianza y de hostilidad”

Advirtiendo contra la tentación de la “suficiencia humana”, el Papa ha alabado la virtud de la “modestia”: “Nosotros, discípulos de Jesús, no debemos buscar títulos de honor, de autoridad o de supremacía… Personalmente, sufro viendo a personas que viven psicológicamente corriendo detrás de la vanidad de títulos de honor”.

“No debemos de ninguna forma aplastar a los demás, y ha insistido…Si hemos recibido cualidades del Padre celestial, debemos ponerlas al servicio de los hermanos, y no para sacar provecho para nuestra satisfacción y nuestro interés personal. No debemos considerarnos superiores a los otros”.

Esta es nuestra traducción de las palabras que el Papa ha pronunciado para introducir la oración mariana, en presencia de unas 40.000 personas.

Palabras del Papa antes del ángelus 

¡Queridos hermanos y hermanas, buenos días!

El Evangelio de hoy (cf. Mt 23, 1-12) se desarrolla en los últimos días de la vida de Jesús, en Jerusalén; días cargados de expectativas y de tensiones. Por un lado Jesús dirige severas críticas a los escribas y a los fariseos, y por otro lado deja instrucciones importantes a los cristianos, también a nosotros.

Ha dicho a la gente: “Los escribas y los fariseos enseñan en el púlpito de Moisés. De manera que todo lo que ellos os pueden decir, hacedlo y observadlo”. Esto quiere decir que tienen la autoridad de enseñar lo que es conforme a la Ley de Dios. Sin embargo, inmediatamente después, Jesús añade: “Pero no hagáis como ellos, porque dicen y no hacen” (v. 2-3). Hermanos y hermanas, todos aquellos que tienen una autoridad, tanto civil como eclesiástica, tienen frecuentemente el defecto de exigir cosas, incluso justas, que ellos mismos no ponen en práctica. Ellos llevan una doble vida. Jesús dice: “Atan pesadas cargas, difíciles de llevar y las ponen sobre los hombros de los hombres; pero ellos ni con un dedo quieren moverlas”. (v. 4). Esta actitud es un mal ejercicio de la autoridad, que al contrario debería sacar su primera fuerza del buen ejemplo, para ayudar a los otros a practicar lo que es justo y necesario, y sostenerles en las pruebas que encontramos en el camino del bien. La autoridad es una ayuda, pero si se ejerce mal, se vuelve abrumadora, no deja crecer a las personas y crea un clima de desconfianza y de hostilidad e incluso conduce a la corrupción.

Jesús denuncia abiertamente algunos comportamientos negativos de los escribas y de los fariseos: “Les gustan los lugares de honor en las comidas, en los sitios de honor en las sinagogas y los saludos en las plazas públicas” (vv. 6-7). Es una tentación que corresponde a la suficiencia humana  que no siempre es fácil vencer. Es la actitud de vivir siempre por la apariencia.

Después Jesús da instrucciones a sus discípulos: “Para vosotros, no os deis el título de Rabino, porque tenéis un solo maestro para enseñaros, y vosotros sois todos hermanos….[No os hagáis dar el título de maestro, porque vosotros solo tenéis un maestro Cristo. El mayor entre vosotros será vuestro servidor”(vv.8-11)

Nosotros, discípulos de Jesús, no debemos buscar títulos de honor, de autoridad o de supremacía. Os digo que personalmente, sufro viendo personas que psicológicamente van corriendo detrás de la vanidad de los títulos de honor. Nosotros  discípulos de Jesús, no debemos hacerlo porque entre nosotros tiene que haber una actitud simple y fraterna. Todos somos hermanos y hermanas  y no debemos de ninguna manera aplastar a los otros. No debemos mirarlos [en alto] no, todos somos hermanos. Si hemos recibido cualidades del Padre celestial, debemos ponerlas al servicio de los hermanos, y no sacar provecho para nuestra satisfacción y nuestro interés personal. No nos debemos considerar superiores a los otros; la modestia es esencial para una existencia que quiere estar conforme con la enseñanza de Jesús, que es dulce y humilde de corazón y que ha venido no para ser servido, sino para servir.

Que la Virgen María, “humilde y superior a todas las criaturas” (Dante, Paradis, XXXIII, 2), nos ayude, por su intercesión materna, a horrorizarnos del orgullo y de la vanidad, y a ser dóciles al amor que viene de Dios, para el servicio de nuestros hermanos y para su gozo que también será el nuestro.

*Fuente y traducción de ZENIT, Raquel Anillo.

Erwin Bazán Gutiérrez



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