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domingo 3 julio 2022
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“En Corpus Christi, Iglesia pide que seamos forjadores de comunión, fraternidad, concordia y paz”

Campanas. Desde los pies del Cristo Redentor, en el Altar Papal, el jueves 16 junio, solemnidad de Corpus Christi, Mons. Sergio Gualberti, Arzobispo – Administrador Apostólico de la Arquidiócesis de Santa Cruz nos pidió que seamos forjadores de comunión, fraternidad, concordia y paz”. VIDEO.

“El Cuerpo de Cristo nos llama a Vivir en la Unidad y la Paz “es el lema de la celebración que congregó a los fieles Católicos en el Cristo Redentor, en el Altar Papal este jueves 16 de junio a las 16:30 horas. La Celebración central de la Solemnidad de Corpus Christi, fue presidida por Monseñor Sergio Gualberti, Arzobispo – Administrador Apostólico y concelebrada por Mons. René Leigue, nuevo Arzobispo, Monseñor Braulio Sáez, Obispo Emérito, Monseñor Antonio Reimann, O.F.M., Obispo del Vicariato Apostólico de Ñuflo de Chávez, el Vicario General, P. Juan Crespo, y el Clero de la Arquidiócesis de Santa Cruz.

Hoy doy gracias a Dios porque, después de tres años de pandemia, nos reencontramos y reunimos en esta fiesta de Corpus Christi alrededor del Cuerpo y la Sangre del Hijo de Dios. Celebramos la Santa Eucaristía aquí en el altar papal y a los pies del Cristo, porque es una imagen muy querida por todos los cruceños, signo patente de su amor que, con sus brazos abiertos, cobija y bendice a nuestra ciudad y a todos sus habitantes. En tantos momentos importantes, religiosos y civiles, nos hemos estrechado aquí, junto al Cristo, monumento levantado en ocasión del IV Congreso Eucarístico Nacional celebrado en Santa Cruz el 1961, dijo Monseñor Gualberti al iniciar su homilía.

Así mismo el prelado aseveró que,  queda muy viva en nuestro corazón la memorable celebración de la Eucarística presidida por el Papa Francisco en su visita a nuestra Iglesia, a la que nosotros, en multitud, hemos participado con tanta alegría. 

Este año, el lema de la fiesta nos convoca a contemplar el misterio del “Cuerpo de Cristo, que nos llama a vivir en la unidad y la paz”. Contemplar con nuestra mirada prolongada a Cristo, con Quien vamos a tener un encuentro personal de tú a tú con Él que nos ha amado al punto de entregarnos su cuerpo y su sangre para estar siempre con nosotros y darnos la vida sin fin.

De la misma manera aseguró que, su amor irresistible, nos mueve a unirnos todos juntos a Él, que nos da la fuerza para que seamos forjadores de comunión, fraternidad, concordia y paz.

En la mesa eucarística, el pan y el vino frutos de la tierra y del trabajo del hombre, se convierten en el pan de la vida, unidad, caridad, perdón y solidaridad, el pan a “com-partirse, partir con otros y partir juntos”.

Con mucha preocupación, Monseñor Sergio aseguró que, en este tiempo, hay extrema necesidad del pan de comunión y de unidad, en el mundo entero. También en nuestro País, vivimos un clima de desconfianza, enfrentamientos y tensiones que amenazan con dividirnos y disgregarnos.

Parecería que la cultura de la confrontación y el recurso a la fuerza y a la violencia se han vuelto el medio ordinario para solucionar los problemas, hacer valer sus derechos, verdaderos o supuestos o, peor todavía, para imponer sus propias ideas, señaló Mons. Sergio Gualberti, arzobispo- administrador apostólico de la Arquidiócesis de Santa Cruz.

“Iglesia Pide dar pasos concretos de reconciliación y perdón en nuestro País”

Así mismo el Administrador Apostólico nos cuestionó;  ¿Hasta cuándo seguiremos con esta cultura de violencia y muerte que destruye lo que pretende defender, ahonda problemas, rencores y odios entre personas, grupos y regiones? Ante esta realidad el Señor nos pide convertirnos, cambiar nuestra manera de pensar y actuar y dar pasos concretos de reconciliación y perdón.

Mons. Gualberti también aseguró que,  estamos llamados a pasar de la división a la unidad, de la desconfianza y enfrentamientos al diálogo franco y sincero, de los rencores a la reconciliación, de la mentira a la verdad y de la violencia a la paz.

El prelado dijo: En el mundo entero es urgente que nosotros, los hombres,  nos reconciliemos con “nuestra hermana madre tierra” gravemente herida, también en nuestro País, a causa de la explotación irracional, el uso indiscriminado de pesticidas, la tala irresponsable de bosques, el manejo irracional de los recursos no renovables, la acumulación de la basura, la contaminación del agua y del ambiente, pensemos tan solo en el impacto de la industria extractiva en zonas auríferas.

Todos, pueblo y autoridades, estamos llamados a dar con urgencia una respuesta, antes que sea demasiado tarde. No tengamos miedo de examinar nuestra conducta y ver en qué modo, con nuestra pasividad, indiferencia o actuación, ofendemos la creación el don de Dios para la vida de todos. Hace falta un cambio del corazón y de nuestra manera de vivir, dejando a un lado el consumismo y asumiendo un estilo de vida sobrio, sencillo y respetuoso de la naturaleza.

Si queremos ser operadores de paz debemos priorizar el bien común y reconocer el destino universal de los bienes, poner al centro de la sociedad a la persona humana y no al consumo y a la ley de mercado, tener hambre y sed de justicia, dar la cara, con humildad y con firmeza, en favor de los últimos y marginados de la sociedad y luchar en contra de toda forma de corrupción, la trata de personas, el narcotráfico y demás maldades que atentan a la vida del hermano y a la convivencia democrática y pacífica.

Misa

La celebración Eucarística inició  a las 16:30 horas,  se distribuyeron 3.000 sillas en los alrededores del Altar Papal. Se contó con pantallas ‘LED’ gigantes en los laterales del altar para seguir la celebración.  La Misa fue transmitida por: Red Uno de Bolivia, Canal 11 TVU y las plataformas digitales Campanas, Diakonia.edu.bo y  Radio Betania.

Los feligreses participaron masivamente  de esta solemnidad que se celebró en esta oportunidad a  los pue del Cristo Redentor. El pueblo cruceño flameó banderas blancas durante la celebración para pedir por la paz y la unidad.

La feligresía de las diferentes parroquias de nuestra Arquidiócesis  se congregó en el Altar Papal para la celebración eucarística  de Corpus Christi.

Posesión final (VIDEO)

Terminada la celebración Eucarística, el Arzobispo Mons. René Leigue, Mons. Sergio Gualberti, Administrador Apostólico, Mons. Braulio Sáez, Obispo Auxiliar Emérito, Sacerdotes y pueblo en general salieron  en posesión con el Santísimo Sacramento desde los pies del Cristo Redentor, pasando por la Monseñor Ribera, hasta la Plazuela del Estudiante, luego ingresan por la Calle Libertad hasta el atrio de la Catedral, lugar donde  se dio la bendición final.

Un momento muy especial se vivió en el Atrio de la Catedral, antes de la bendición final, Mons. Sergio Gualberti quien funge hasta el 23 de junio como Arzobispo – Administrador Apostólico presidió su última misa como líder de la Iglesia en Santa Cruz. En la oportunidad ante una gran multitud que se apostó en la Plaza principal 24 de Septiembre, Mons. Gualberti se despidió: Un día de gracia para mí, porque he podido celebrar por última vez como Arzobispo esta fiesta tan querida por todos nosotros. En especial agradezco de todo corazón a Dios por tantos dones recibidos, la vida, la vocación al sacerdocio, al Episcopado, el llamado a la misión en esta tierra bendita de Bolivia a anunciar su palabra, a celebrar los sacramentos de la gracia y a servir a todo el pueblo de Dios. VIDEO.

 

 

 

Galería fotográgica

Galería Fotográfica: Procesión de Inicio

Galería Fotográfica: Celebración Eucarística

Galería Fotográfica: “Procesión con el Santísimo”

Galería Fotográfica: Bendición Final

Fotografías: Ipa Ibáñez, Joel Durán, Graciela Arandia

Homilía de Mons. Sergio Gualberti – Arzobispo – Administrador Apostólico de Santa Cruz –

Solemnidd de Corpus Christi/17/06/2022

 

VIDEO. Hoy doy gracias a Dios porque, después de tres años de pandemia, nos reencontramos y reunimos en esta fiesta de Corpus Christi alrededor del Cuerpo y la Sangre del Hijo de Dios. Celebramos la Santa Eucaristía aquí en el altar papal y a los pies del Cristo, porque es una imagen muy querida por todos los cruceños, signo patente de su amor que, con sus brazos abiertos, cobija y bendice a nuestra ciudad y a todos sus habitantes. En tantos momentos importantes, religiosos y civiles, nos hemos estrechado aquí, junto al Cristo, monumento levantado en ocasión del IV Congreso Eucarístico Nacional celebrado en Santa Cruz el 1961.

En particular, queda muy viva en nuestro corazón la memorable celebración de la Eucarística presidida por el Papa Francisco en su visita a nuestra Iglesia, a la que nosotros, en multitud, hemos participado con tanta alegría. 

Este año, el lema de la fiesta nos convoca a contemplar el misterio del “Cuerpo de Cristo, que nos llama a vivir en la unidad y la paz”. Contemplar con nuestra mirada prolongada a Cristo, con Quien vamos a tener un encuentro personal de tú a tú con Él que nos ha amado al punto de entregarnos su cuerpo y su sangre para estar siempre con nosotros y darnos la vida sin fin.

Su amor irresistible, nos mueve a unirnos todos juntos a Él, que nos da la fuerza para que seamos forjadores de comunión, fraternidad, concordia y paz.

Unirnos a Él, como las pocas gotas de agua que el celebrante pone en el vino al momento del ofertorio en la Santa Misa; gotas que representan nuestra vida, con sus angustias y tristezas, esperanzas y gozos, para que Señor nos compenetre de su vida divina.

En la mesa eucarística, el pan y el vino frutos de la tierra y del trabajo del hombre, se convierten en el pan de la vida, unidad, caridad, perdón y solidaridad, el pan a “com-partirse, partir con otros y partir juntos”.

En este tiempo, hay extrema necesidad del pan de comunión y de unidad, en el mundo entero. También en nuestro País, vivimos un clima de desconfianza, enfrentamientos y tensiones que amenazan con dividirnos y disgregarnos. Parecería que la cultura de la confrontación y el recurso a la fuerza y a la violencia se han vuelto el medio ordinario para solucionar los problemas, hacer valer sus derechos, verdaderos o supuestos o, peor todavía, para imponer sus propias ideas.

¿Hasta cuándo seguiremos con esta cultura de violencia y muerte que destruye lo que pretende defender, ahonda problemas, rencores y odios entre personas, grupos y regiones? Ante esta realidad el Señor nos pide convertirnos, cambiar nuestra manera de pensar y actuar y dar pasos concretos de reconciliación y perdón.

En este sentido, la hostia, fruto de tantos granos de trigo molidos, por la consagración, se transforma en el único Cuerpo de Cristo. Esta es una clara señal y un llamado para todos a pasar de la división a la unidad, de la desconfianza y enfrentamientos al diálogo franco y sincero, de los rencores a la reconciliación, de la mentira a la verdad y de la violencia a la paz. En Cristo encontramos el valor para salir de nosotros mismos, no tener para nosotros, dar campo al otro, ensanchar el corazón y amar de forma concreta, compartiendo nuestra vida en fraternidad e igualdad, buscando lo que nos une y no lo que nos divide, poniéndonos a disposición de los demás y haciéndonos cargo de los más pobres, de los que sufren y están solos.

La reconciliación y la construcción de la unidad y la paz, tienen un precio: el respeto más estricto de las personas, de su dignidad, de su manera de pensar y de su libertad, pero también el respeto de la creación y de todas las criaturas, como dice San Pablo en la carta a la comunidad de Colosas: «Dios, por Jesucristo… quiso reconciliar consigo todo lo que existe en la tierra y en el cielo, restableciendo la paz por la sangre de su cruz» (Col 1,19-20).

En el mundo entero es urgente que nosotros, los hombres,  nos reconciliemos con “nuestra hermana madre tierra” gravemente herida, también en nuestro País, a causa de la explotación irracional, el uso indiscriminado de pesticidas, la tala irresponsable de bosques, el manejo irracional de los recursos no renovables, la acumulación de la basura, la contaminación del agua y del ambiente, pensemos tan solo en el impacto de la industria extractiva en zonas auríferas.

Todos, pueblo y autoridades, estamos llamados a dar con urgencia una respuesta, antes que sea demasiado tarde. No tengamos miedo de examinar nuestra conducta y ver en qué modo, con nuestra pasividad, indiferencia o actuación, ofendemos la creación el don de Dios para la vida de todos. Hace falta un cambio del corazón y de nuestra manera de vivir, dejando a un lado el consumismo y asumiendo un estilo de vida sobrio, sencillo y respetuoso de la naturaleza.

Sin una reconciliación integral, con Dios, con el prójimo y con la creación, no podemos preservar la vida y hallar la paz. La verdadera paz, don del Señor Resucitado, es plenitud de vida, armonía y dicha y cuando se instaura en nuestro corazón derrama sus frutos abundantes sobre los demás.

La paz no es solo don de Dios, es también fruto de nuestro esfuerzo creativo, a buscar sin cansancio, a custodiar con vigilancia y a renovar constantemente. Trabajar por la paz, implica asumir la actitud proactiva de ser operadores de paz”, personas “desarmadas” que no responden al mal con el mal, que aman y prestan servicio al prójimo y que practican el perdón. Sólo así seremos contados entre los bienaventurados de Jesús: “Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios”.

Si queremos ser operadores de paz debemos priorizar el bien común y reconocer el destino universal de los bienes, poner al centro de la sociedad a la persona humana y no al consumo y a la ley de mercado, tener hambre y sed de justicia, dar la cara, con humildad y con firmeza, en favor de los últimos y marginados de la sociedad y luchar en contra de toda forma de corrupción, la trata de personas, el narcotráfico y demás maldades que atentan a la vida del hermano y a la convivencia democrática y pacífica.

San Francisco con su hermosa oración, nos estimula a hacer realidad este deseo: “Señor, haz de mí un instrumento de tu paz: donde haya odio, ponga yo amor, donde haya ofensa, ponga yo perdón, donde haya discordia, ponga yo unión, donde haya error, ponga yo verdad, donde haya duda, ponga yo la fe, donde haya desesperación, ponga yo esperanza, donde haya tinieblas, ponga yo luz, donde haya tristeza, ponga yo alegría”.

Hoy estamos muy agradecidos al Señor porque nos ha llamado a vivir la unidad y la paz, y se ha ofrecido como el pan de nuestra fe y de nuestra vida cristiana, quedándose así para siempre entre nosotros y acompañándonos por las calles de nuestras ciudades y pueblos y, sobre todo, por los caminos de la vida hacia la paz y la dicha plena y definitiva en la casa del Padre. Amén

Graciela Arandia de Hidalgo



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