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lunes 29 noviembre 2021
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Arzobispo: “Que nuestra fe en el Señor nos libere de nuestras cegueras y ataduras y nos dé la fortaleza para anunciar y dar testimonio de Él”

Campanas. Desde la Catedral, el Arzobispo de Santa Cruz, Mons. Sergio Gualberti hoy domingo 24 de octubre afirmó que también nosotros y nuestra sociedad somos ciegos e indiferentes, encerrados en el horizonte egoísta de nuestros intereses y que pasamos de largo ante el sufrimiento de tantos hermanos tirados al borde de la sociedad.

Así mismo el prelado  pidió que nuestra fe en el Señor nos libere de nuestras cegueras y ataduras, nos afiance en nuestra vida cristiana y nos dé la fortaleza para anunciar y dar testimonio de Él en todos los ámbitos y momentos de nuestra vida.

Hoy celebramos el Domingo Mundial de las misiones, en un tiempo de despertar misionero, impulsado en América Latina por la Misión Continental y Permanente de la Conferencia General de Aparecida y en particular por el V Congreso Americano Misionero que tuvo como sede nuestra ciudad. El lema escogido por el Papa Francisco para esta jornada refleja el motivo profundo de nuestra vocación misionera: «No podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído» (Hch 4,20).

 “Jesús nos llama a anunciar que Él ha Resucitado, que está aquí, que no nos abandona y comparte nuestros dolores”

Jesús nos llama a anunciar que Él ha Resucitado, que es el Señor de la historia y que está aquí, que no nos abandona y comparte nuestros dolores; lo hemos comprobado con tantos signos de misericordia y amor que han reanimado nuestra esperanza.

El Evangelio de hoy nos presenta a Jesús que se solidariza y tiene misericordia de un pobre ciego. Acompañado por sus discípulos y mucha gente, Jesús está saliendo de la ciudad de Jericó para emprender la última subida a Jerusalén, donde le espera la cruz. “Al borde del camino está sentado” un mendigo ciego, doblemente marginado y probado. Ni siquiera tiene nombre propio, solo se lo conoce como hijo de Timeo (Bar=Timeo). Su estar “sentado”, no solo es solo una posición física sino el signo de su postración e impotencia personal y social. Lo único que él puede hacer, es esperar que alguien se dé cuenta y se compadezca de él.

“También nosotros y nuestra sociedad somos ciegos e indiferentes, que pasamos de largo ante el sufrimiento de tantos hermanos”

Bartimeo es el símbolo de muchas personas excluidas del banquete de la vida también hoy: hermanas y hermanos que, por enfermedad, la pobreza y otras situaciones sufren el abandono y la marginación. Esta mañana ese pobre nos ha hecho tomar conciencia que, a menudo, también nosotros y nuestra sociedad somos ciegos e indiferentes, encerrados en el horizonte egoísta de nuestros intereses y que pasamos de largo ante el sufrimiento de tantos hermanos tirados al borde de la sociedad. También nos ha recordado que debemos poner, sin medias tintas, nuestra fe en el Señor, que necesitamos encontrarnos con Él para que nos libere de nuestras cegueras y ataduras, nos afiance en nuestra vida cristiana y nos de la fortaleza para anunciar y dar testimonio de Él en todos los ámbitos y momentos de nuestra vida.

El Papa Francisco, siempre en su mensaje de hoy, nos recuerda que este es el servicio que debemos hacer como misioneros, por eso nos invita «a “hacernos cargo” y dar a conocer aquello que tenemos en el corazón. Esta misión es y ha sido siempre la identidad de la Iglesia: “Ella existe para evangelizar”. La vocación a la misión no es algo del pasado o un recuerdo romántico de otros tiempos. Hoy, Jesús necesita corazones que sean capaces de vivir su vocación como una verdadera historia de amor, que les haga salir a las periferias del mundo y convertirse en mensajeros e instrumentos de compasión.

“Vivir la misión es aventurarse a desarrollar los mismos sentimientos de Cristo Jesús y creer con Él”

 Vivir la misión es aventurarse a desarrollar los mismos sentimientos de Cristo Jesús y creer con Él que quien está a mi lado es también mi hermano y mi hermana.

 “Que María, la primera discípula misionera, haga crecer en todos los bautizados el deseo de ser sal y luz en nuestras tierras”

 Que su amor de compasión despierte también nuestro corazón y nos vuelva a todos discípulos misioneros. Que María, la primera discípula misionera, haga crecer en todos los bautizados el deseo de ser sal y luz en nuestras tierras». Amén

Homilía de Monseñor Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz

24/10/2021

Hoy celebramos el Domingo Mundial de las misiones, en un tiempo de despertar misionero, impulsado en América Latina por la Misión Continental y Permanente de la Conferencia General de Aparecida y en particular por el V Congreso Americano Misionero que tuvo como sede nuestra ciudad. El lema escogido por el Papa Francisco para esta jornada refleja el motivo profundo de nuestra vocación misionera: «No podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído» (Hch 4,20).

El encuentro personal con el Señor, la escucha de sus palabras y el haber descubierto que Él es el verdadero sentido de nuestra existencia, es la experiencia extraordinaria que nos llena de alegría, marca para siempre nuestra vida, nos impide guardarla solo para nosotros y nos apremia a compartirla con los demás. Este es el sentimiento que ha hecho de San Pablo el primer gran misionero de Jesús: “Ay de mí si no evangelizo” (1Cor 9, 16).

Por eso, nuestro compromiso evangelizador y misionero, es la respuesta al amor que Dios nos tiene y que, nos dice el Papa Francisco, brota espontaneo de la búsqueda apasionada del Señor que llama y quiere entablar con cada persona, allí donde se encuentra, un diálogo de amistad”.

Con Jesús hemos visto, oído y palpado, que las cosas pueden ser diferentes, a partir de “una característica esencial de nuestro ser humanos, tantas veces olvidada: «Hemos sido hechos para la plenitud que sólo se alcanza en el amor» (Enc. Fratelli tutti, 68). Para los primeros discípulos y los apóstoles llevar esta misión no ha sido una tarea fácil y es lo que estamos constatando también hoy “La situación de la pandemia evidenció y amplificó el dolor, la soledad, la pobreza y las injusticias que ya tantos padecían y puso al descubierto nuestras falsas seguridades y las fragmentaciones y polarizaciones que silenciosamente nos laceran”.

Y justamente en esta situación, Jesús nos llama a anunciar que Él ha Resucitado, que es el Señor de la historia y que está aquí, que no nos abandona y comparte nuestros dolores; lo hemos comprobado con tantos signos de misericordia y amor que han reanimado nuestra esperanza.

Y el Evangelio de hoy nos presenta a Jesús que se solidariza y tiene misericordia de un pobre ciego. Acompañado por sus discípulos y mucha gente, Jesús está saliendo de la ciudad de Jericó para emprender la última subida a Jerusalén, donde le espera la cruz. “Al borde del camino está sentado” un mendigo ciego, doblemente marginado y probado. Ni siquiera tiene nombre propio, solo se lo conoce como hijo de Timeo (Bar=Timeo). Su estar “sentado”, no solo es solo una posición física sino el signo de su postración e impotencia personal y social. Lo único que él puede hacer, es esperar que alguien se dé cuenta y se compadezca de él.

Está “al borde del camino, al margen de la sociedad y de la vida cotidiana, del contacto y relaciones con los demás. La multitud que acompaña a Jesús, pasa de largo y no se percata de él. Sin embargo Bartimeo, se entera de que allí está pasando Jesús y en seguida se pone a gritar.  “Gritar, clamar”, en el pueblo judío, era una manera de orar y expresar a Dios un pedido apasionado y vehemente de parte del pueblo o de personas que se encontraban en situaciones desesperadas y sin salida.

El mendigo, desde su angustia y postración, ve en Jesús su última esperanza:Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí”. Al escuchar su grito, los presentes, en vez que ayudarle, lo reprenden y buscan callarlo para que deje de molestar a Jesús, como si el sufrimiento y desesperanza de Bartimeo causaran molestia al Señor, en vez que despertar su misericordia. Pero él no se acobarda, por al contrario grita con más fuerza.

Bartimeo, al llamar a Jesús “Hijo de David”, lo reconoce como el Mesías enviado por Dios. Jesús, como “buen samaritano”, no lo increpa, ni pasa de largo, por el contrario escucha sus gritos, se detiene y manda llamarlo. Esta parada no desvía a Jesús de su camino a la cruz, sino que es parte de su entrega total para la salvación de la humanidad. La orden de Jesús sacude de la indiferencia a los presentes que, en seguida, se dirigen al ciego alentándolo: “¡Ánimo, levántate! El te llama”. Jesús quiere que Bartimeo no quede doblegado, sino que se pare frente a él con dignidad como corresponde a todo ser humano.

Su respuesta es inmediata, así lo indican los tres verbos de acción: “arroja el manto, se pone de pie de un salto y va hacia Él”. Tira el manto, lo único que posee y que sirve como abrigo de día y cobija de noche. Dejar el manto de la vieja vida y las seguridades del pasado para ir donde el Señor y seguirlo, es la actitud necesaria para ser sus discípulos.

Jesús, aun sabiendo lo que Bartimeo le va a pedir, sin embargo, le interpela: “¿Qué quieres que haga por ti?”. Esta pregunta apunta a que los presentes descubran que la fe es el motivo profundo del signo milagroso que está por hacer y que no hay que quedarse en el don buscando milagros, sino que hay que llegar al donante.

A continuación, Jesús y ante toda la gente le dice: “Vete, tu fe te ha salvado”. Él no dice “tu fe te ha sanado” sino “tu fe te ha salvado” Con estas palabras Jesús pone de manifiesto que Bartimeo no creyó porque fue curado, sino, al contrario, que fue curado porque tuvo fe.  Gracias a su fe, el ciego recibió mucho más de lo que había pedido: no solo la vista, sino la vida nueva en Jesús y “en seguida comenzó a ver y lo siguió por el camino. El que estaba al margen del camino, ahora sigue sin vacilaciones a Jesús “el camino”.

Bartimeo es el símbolo de muchas personas excluidas del banquete de la vida también hoy: hermanas y hermanos que, por enfermedad, la pobreza y otras situaciones sufren el abandono y la marginación. Esta mañana ese pobre nos ha hecho tomar conciencia que, a menudo, también nosotros y nuestra sociedad somos ciegos e indiferentes, encerrados en el horizonte egoísta de nuestros intereses y que pasamos de largo ante el sufrimiento de tantos hermanos tirados al borde de la sociedad. También nos ha recordado que debemos poner, sin medias tintas, nuestra fe en el Señor, que necesitamos encontrarnos con Él para que nos libere de nuestras cegueras y ataduras, nos afiance en nuestra vida cristiana y nos de la fortaleza para anunciar y dar testimonio de Él en todos los ámbitos y momentos de nuestra vida.

El Papa Francisco, siempre en su mensaje de hoy, nos recuerda que este es el servicio que debemos hacer como misioneros, por eso nos invita «a “hacernos cargo” y dar a conocer aquello que tenemos en el corazón. Esta misión es y ha sido siempre la identidad de la Iglesia: “Ella existe para evangelizar”. La vocación a la misión no es algo del pasado o un recuerdo romántico de otros tiempos. Hoy, Jesús necesita corazones que sean capaces de vivir su vocación como una verdadera historia de amor, que les haga salir a las periferias del mundo y convertirse en mensajeros e instrumentos de compasión.

 Vivir la misión es aventurarse a desarrollar los mismos sentimientos de Cristo Jesús y creer con Él que quien está a mi lado es también mi hermano y mi hermana. Que su amor de compasión despierte también nuestro corazón y nos vuelva a todos discípulos misioneros. Que María, la primera discípula misionera, haga crecer en todos los bautizados el deseo de ser sal y luz en nuestras tierras». Amén

Graciela Arandia de Hidalgo



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