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domingo 27 noviembre 2022
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Arzobispo: Hoy en nuestra sociedad, la verdad ya no es un valor y las mentiras se las presenta como verdaderas, para alcanzar objetivos políticos y económicos

Campanas. Desde la Catedral, el arzobispo de Santa Cruz afirmó que, hoy en nuestra sociedad, la verdad ya no es un valor y las mentiras e informaciones basadas en datos inexistentes o distorsionados, se las presenta de tal manera que las hacen aparecer como verdaderas.  Esta tergiversación de los hechos tiene como finalidad engañar o manipular a la opinión pública para alcanzar determinados objetivos políticos, económicos u otros.

La primera lectura de este domingo, tomada del libro del Génesis, nos habla de las consecuencias nefastas de la irrupción del pecado en la historia de la humanidad. El texto nos presenta la dramática escena de Adán y Eva que, después de haber caído en la tentación de ser como dioses”, conocedores del bien y del mal, se ocultan ante Dios. Ellos, que en su soberbia tenían el sueño de ser autosuficientes y dueños de sus vidas, se reconocen desnudos ante Dios, tocando con mano sus limitaciones y debilidades ante las fuerzas del mal y de la muerte.

En nuestro orgullo y soberbia, tenemos la tentación de “ser como Dios, rechazando libremente el plan de amor y de vida del Padre y abusando de la libertad que Dios nos ha dado.  Este pecado no solo nos ha contaminado a nosotros, sino también a toda la creación, ha roto la armonía, el equilibrio y las relaciones entre todos los seres vivientes.

“La contaminación del aire, del agua y de la tierra, y la tala de bosques ponen en peligro la supervivencia de la humanidad entera”

Lo constatamos con evidencia indiscutible en estos tiempos de cambios climáticos y de pandemia del COVID, hechos causados, entre otros, por una creciente contaminación del aire, del agua y de la tierra, y por la tala indiscriminada de bosques que destruye el hábitat natural de los animales silvestres, hechos que además ponen en serio peligro la supervivencia de la humanidad entera.

“A pesar del programa sombrío y de muerte provocado por el pecado, la última palabra la tiene Dios”

Él, en su gran misericordia, nos ama a todos nosotros que hemos sido creados a su imagen y semejanza, no cierra del todo las puertas de la vida. De hecho, al momento de condenar al demonio, Dios hace una promesa esperanzadora:Pondré la enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya; y su descendencia te aplastará la cabeza”. Es la buena noticia para la humanidad caída; de la nueva Eva, la Virgen María nacerá un hijo, Jesucristo, que vencerá y aplastará al espíritu del mal.

 “El Reino de Dios está cerca, conviértanse y crean en el evangelio”. En Jesús se hace presente y actúa el poder de Dios sobre el imperio del demonio, manifestado con su potestad de perdonar los pecados, liberar de los espíritus malignos y sanar los males físicos, morales y espirituales.

El relato del evangelio de hoy se sitúa en este contexto de lucha de Jesús en contra de satanás.  En él, sobresale la oposición tajante de las autoridades religiosas y jefes judíos en contra de Jesús, su predicación y su actuación.

Este rechazo radical a Jesús no es un hecho circunstancial, es parte de una maquinación consciente de esos poderosos que desde tiempo buscan su muerte.

“El que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tendrá perdón jamás: es culpable de pecado para siempre”

Jesús, denuncia la gravedad del sacrilegio que esas autoridades están cometiendo: “El que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tendrá perdón jamás: es culpable de pecado para siempre”. La blasfemia en contra del Espíritu Santo consiste en sustituir a Dios, el sumo Bien con Satanás, el príncipe del mal; es la mentira suprema, la tergiversación consciente de la verdad, la negación de la presencia y de la obra de Dios en el mundo y el rechazo voluntario de la gracia, del perdón y de la salvación, volcando en contra de Él los gestos y signos de su misericordia y amor.

“La obstinación en esta actitud blasfema, excluye por sí misma y por siempre del perdón de Dios”

El “pecado en contra del Espíritu Santo” es la opción sistemática y libre de pervertir la fe, de llamar tiniebla a la luz, mentira a la verdad, mal al bien y muerte a la vida. La obstinación en esta actitud blasfema, excluye por sí misma y por siempre del perdón de Dios.

Detrás de esta culpa, está el pecado original, la sed de poder que hace a las personas víctimas del engaño del maligno que rebota de falsedad en falsedad hasta robarles la libertad del corazón.

Arzobispo: “Hoy en nuestra sociedad, la verdad ya no es un valor y las mentiras se las presenta como verdaderas”

 Una situación similar es siempre más frecuente en nuestra sociedad, donde la verdad ya no es un valor y donde las mentiras e informaciones basadas en datos inexistentes o distorsionados, se las presenta de tal manera que las hacen aparecer como verdaderas.

Esta tergiversación de los hechos tiene como finalidad engañar o manipular a la opinión pública para alcanzar determinados objetivos políticos, económicos u otros.

Mons. Gualberti: “Hay que hacer frente con valentía al engaño, dejándonos purificar por la verdad”

A esta tendencia, hay que hacer frente con valentía, dejándonos purificar por la verdad. Para que nuestras palabras y nuestros gestos sean verdaderos, auténticos y dignos de confianza, debemos liberarnos de toda falsedad y buscar relaciones personales transparentes y respetuosas, que lleven a una reflexión y análisis objetivos de los problemas, favorezcan la comunión, promuevan el bien y rechacen lo que tiende a aislar, dividir y contraponer.

Mons. Gualberti: “Nunca debemos cansarnos de buscar la verdad, porque la verdad es la piedra sólida sobre la que podemos apoyarnos para no caer “

 Nunca debemos cansarnos de buscar la verdad, porque siempre está al acecho la falsedad. La verdad no es solamente el sacar a la luz cosas oscuras u ocultas, sino que tiene que ver con la vida entera, es la piedra sólida sobre la que podemos apoyarnos para no caer y el punto firme sobre el que podemos contar siempre.

Mons. Gualberti: “La Verdad es una persona, es Jesús, la única fiable y digna de confianza, la sola que nos libera de toda cadena y falsedad”

La Verdad es una persona, es Jesús: “Yo soy la verdad” (Jn 14,6), la única fiable y digna de confianza, la sola que nos libera de toda cadena y falsedad: “La verdad los hará libres” (Jn 8,32). Amén

Homilía de Mons. Sergio Gualberti Arzobispo de Santa Cruz

06/06/2021

La primera lectura de este domingo, tomada del libro del Génesis, nos habla de las consecuencias nefastas de la irrupción del pecado en la historia de la humanidad. El texto nos presenta la dramática escena de Adán y Eva que, después de haber caído en la tentación de ser como dioses”, conocedores del bien y del mal, se ocultan ante Dios. Ellos, que en su soberbia tenían el sueño de ser autosuficientes y dueños de sus vidas, se reconocen desnudos ante Dios, tocando con mano sus limitaciones y debilidades ante las fuerzas del mal y de la muerte.

Este es resultado del pecado “original”, es decir de los orígenes, no tanto por ser el primer pecado humano, sino en cuanto origen y causa de todos los pecados. Es el mal que ha herido a nuestro ser en sus raíces profundas y que nos ha sometido a la ignorancia, al dolor y a la muerte. Este pecado está arraigado en el interior de cada uno de nosotros y en la historia del mundo y nos priva de la justicia y santidad que Dios había predispuesto en su plan original.

El mensaje de esta escena deja en claro que no podemos achacar a Dios la presencia del mal en el mundo, sino a nosotros mismos porque, en nuestro orgullo y soberbia, hoy como ayer, tenemos la tentación de “ser como dios” rechazando libremente el plan de amor y de vida del Padre y abusando de la libertad que Dios nos ha dado. Este pecado no solo nos ha contaminado a nosotros, sino también a toda la creación, ha roto la armonía, el equilibrio y las relaciones entre todos los seres vivientes.

Lo constatamos con evidencia indiscutible en estos tiempos de cambios climáticos y de pandemia del COVID, hechos causados, entre otros, por una creciente contaminación del aire, del agua y de la tierra, y por la tala indiscriminada de bosques que destruye el hábitat natural de los animales silvestres, hechos que además ponen en serio peligro la supervivencia de la humanidad entera.

Pero, a pesar del programa sombrío y de muerte provocado por el pecado, la última palabra la tiene Dios. Él, en su gran misericordia, nos ama a todos nosotros que hemos sido creados a su imagen y semejanza, no cierra del todo las puertas de la vida. De hecho, al momento de condenar al demonio, Dios hace una promesa esperanzadora:Pondré la enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya; y su descendencia te aplastará la cabeza”. Es la buena noticia para la humanidad caída; de la nueva Eva, la Virgen María nacerá un hijo, Jesucristo, que vencerá y aplastará al espíritu del mal.

Y Jesús, en su primera predicación pública, anuncia justamente la instauración del reino de Dios, la llegada de los días de la salvación para toda la humanidad, cumplimiento de esa promesa: “El Reino de Dios está cerca, conviértanse y crean en el evangelio”. En Jesús se hace presente y actúa el poder de Dios sobre el imperio del demonio, manifestado con su potestad de perdonar los pecados, liberar de los espíritus malignos y sanar los males físicos, morales y espirituales.

El relato del evangelio de hoy se sitúa en este contexto de lucha de Jesús en contra de satanás.  En él, sobresale la oposición tajante de las autoridades religiosas y jefes judíos en contra de Jesús, su predicación y su actuación. Su hostilidad llega al extremo de formular una acusación temeraria y absurda: “Está poseído por Belzebul y expulsa a los demonios por el poder del príncipe de los demonios”. Este rechazo radical a Jesús no es un hecho circunstancial, es parte de una maquinación consciente de esos poderosos que desde tiempo buscan su muerte. Sin embargo, no tienen argumento alguno ni pueden negar la evidencia de los hechos; ante sus ojos están los enfermos sanados, los endemoniados liberados y los pecadores perdonados.

Por eso, desvirtúan los prodigios de Jesús presentándolos como si fueran obras de la potencia de Satanás y no de Dios. Además, en su ánimo perverso y su cobardía, no atacan de frente a Jesús, sino que lo denigran ante la gente y los discípulos, para que se desencanten con el maestro y dejen de buscarlo y seguirlo.

Jesús, ante este intento, no puede permitir que los signos de Dios sean falseados y utilizados en contra de su ser divino y de la misión que el Padre le ha confiado. Por eso, a través de la comparación de un reino humano dividido en su interior, Él pone en evidencia lo absurdo e ilógico de esa acusación: “Cómo Satanás va a expulsar a Satanás? Un reino donde hay luchas internas no puede subsistir.”

Luego Jesús, denuncia la gravedad del sacrilegio que esas autoridades están cometiendo: “El que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tendrá perdón jamás: es culpable de pecado para siempre”. La blasfemia en contra del Espíritu Santo consiste en sustituir a Dios, el sumo Bien con Satanás, el príncipe del mal; es la mentira suprema, la tergiversación consciente de la verdad, la negación de la presencia y de la obra de Dios en el mundo y el rechazo voluntario de la gracia, del perdón y de la salvación, volcando en contra de Él los gestos y signos de su misericordia y amor.

El “pecado en contra del Espíritu Santo” es la opción sistemática y libre de pervertir la fe, de llamar tiniebla a la luz, mentira a la verdad, mal al bien y muerte a la vida. La obstinación en esta actitud blasfema, excluye por sí misma y por siempre del perdón de Dios. Detrás de este culpa, está el pecado original, la sed de poder que hace a las personas víctimas del engaño del maligno que rebota de falsedad en falsedad hasta robarles la libertad del corazón.

Una situación similar es siempre más frecuente en nuestra sociedad, donde la verdad ya no es un valor y donde las mentiras e informaciones basadas en datos inexistentes o distorsionados, se las presenta de tal manera que las hacen aparecer como verdaderas. Esta tergiversación de los hechos tiene como finalidad engañar o manipular a la opinión pública para alcanzar determinados objetivos políticos, económicos u otros.

A esta tendencia, hay que hacer frente con valentía, dejándonos purificar por la verdad. Para que nuestras palabras y nuestros gestos sean verdaderos, auténticos y dignos de confianza, debemos liberarnos de toda falsedad y buscar relaciones personales transparentes y respetuosas, que lleven a una reflexión y análisis objetivos de los problemas, favorezcan la comunión, promuevan el bien y rechacen lo que tiende a aislar, dividir y contraponer.

Nunca debemos cansarnos de buscar la verdad, porque siempre está al acecho la falsedad. La verdad no es solamente el sacar a la luz cosas oscuras u ocultas, sino que tiene que ver con la vida entera, es la piedra sólida sobre la que podemos apoyarnos para no caer y el punto firme sobre el que podemos contar siempre. La Verdad es una persona, es Jesús: “Yo soy la verdad” (Jn 14,6), la única fiable y digna de confianza, la sola que nos libera de toda cadena y falsedad: “La verdad los hará libres” (Jn 8,32). Amén

Graciela Arandia de Hidalgo



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