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jueves 29 octubre 2020
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7 palabras que no debemos olvidar ante un virus disruptivo

Hasta hace unos pocos meses, la amenaza más temible la constituía el cambio climático, los incendios en la Amazonia y los atentados contra la vida de los pueblos que la habitan. La disrupción llegó acompañada con la diminuta presencia de un virus.

Manuel Cubías – Ciudad del Vaticano

En medio del mar informativo que tiene como plato principal la epidemia del coronavirus, surge la pregunta sobre el papel que debemos jugar los cristianos en las actuales circunstancias. Al menos dos reacciones se dibujan en el horizonte: quienes buscan la seguridad de sus vidas, encerrando con ellos su fe y la de aquellos que creen que todo debemos dejárselo a Dios.

En medio de estos extremos, siete palabras que pueden ayudarnos a superar cualquier situación caótica o de pánico generalizado:

Responsabilidad:   para evitar el caos y el pánico generalizado el punto de partida es tomar conciencia de que cada uno debemos hacer responsablemente aquello que nos corresponde. Para ello preguntarse: ¿Qué cosas necesito realmente? ¿Cómo puedo contribuir?, ¿Cómo puedo ayudar?

Honradez: este es un buen momento para convertir las palabras en obras; para ser otros “cristos” con nuestros hermanos que tienen miedo, que están solos, que están desesperanzados. Quizá el primer acto de honradez es informar con claridad al hermano.

Ser razonables: la sabiduría de Dios pasa por la invitación a que seamos sujetos que reflexionamos sobre la realidad. Ante la información que circula, razona qué hacer en cada momento. Pregúntate, ¿qué haría Jesús en esas circunstancias?

Prudencia y paciencia: el actual momento requiere actuar sin arrebatos. No podemos ser imprudentes ni en lo que hacemos ni en lo que decimos.

Misericordia: hemos oído muchas veces que Dios es misericordioso, que él envió a su hijo para que diera su vida por nosotros. No se trata de lanzarse al vacío y dejarse contagiar, pero tampoco se trata de encerrarse en las propias seguridades y las de la familia, olvidándose de todos los que están afuera, de los miles de personas que no tienen hogar a dónde ir, de los que viven en la calle.

Fe: No ha llegado el fin del mundo. Si algo está ante nosotros es un escenario donde falta la fe y la esperanza. No es momento para creer que a Dios se le olvidó la promesa: “Yo estaré con ustedes, todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Dios no ha olvidado a los pobres, a los desvalidos. Sigue contando con tus manos y con mis manos para defenderlos.

Si has contado bien, hace falta una palabra. Esta es tu oportunidad. Escríbela, porque es urgente ser buen samaritano.

Graciela Arandia de Hidalgo



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