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lunes 28 septiembre 2020
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Arzobispo: “Todas las instituciones tienen el deber de estar a la altura del esfuerzo y viabilizar con coraje el cambio, haciendo de nuestra patria la Casa Común que acoge y ofrece a todos una vida digna”

Campanas. Conmemorando los 195 años de la Independencia de Bolivia, hoy  jueves 6 de agosto desde la Basílica Menor de San Lorenzo Mártir –  Catedral, el Arzobispo de Santa Cruz, Mons. Sergio Gualberti, pidió a las Instituciones  estar a la altura del esfuerzo, el dolor, la esperanza y la necesidad de confianza del pueblo y viabilizar con coraje el cambio, haciendo de nuestra patria la Casa Común que acoge y ofrece a todos la posibilidad de una vida digna, ya que todos somos parte de una misma historia y un mismo pueblo.

La “Oración de súplica por Bolivia”,  fue presidida por el Arzobispo de Santa Cruz, Mons. Sergio Gualberti, con la participación de los Obispo Auxiliares; Mons. Braulio Sáez, Mons. Estanislao Dowlaszewicz, Mons. René Leigue, y las Iglesias que conforman el diálogo ecuménico en Santa Cruz: Iglesia Copta Ortodoxa, la Iglesia Anglicana y  la Iglesia Metodista. También estuvieron presentes Autoridades Nacionales y  departamentales.

El prelado inició su homilía asegurando que en este tiempo de pandemia se han escuchado afirmaciones como esta: “La pandemia del COVID19 es un castigo de Dios porque nuestro mundo se ha alejado de Él”, o una pregunta ¿Porque Dios no interviene a liberarnos de este mal?” A lo mejor nosotros también hemos compartido pensamientos parecidos sin encontrar una respuesta satisfactoria.

Nosotros cristianos deberíamos tener la certeza que la pandemia del coronavirus no es un castigo de Dios por los pecados de la humanidad, porque Él es un Padre paciente y misericordioso, confía en nosotros sus pobres criaturas y que espera que entremos en razón, reconozcamos nuestros errores y volvamos a Él.

Orar es lo que hacemos justamente hoy en la celebración del 195 Aniversario de Independencia de nuestra Patria, no con la solemne oración del Te Deum como los anteriores años, sino con una súplica comunitaria al Dios de la vida y de la historia.

“¿Nuestro mundo tiene alguna responsabilidad en el surgimiento y la difusión del coronavirus?, ante esta pregunta, científicos y gobiernos, entre otros, han buscado dar sus respuestas. Entre ellas el arzobispo subrayó a las que a su parecer son plausibles aunque ni una por si sola: la destrucción de los ecosistemas, la transmisión del virus de origen animal, la globalización es otra causa de la difusión del virus. La única cura y prevención, conocidas hasta ahora, es el distanciamiento físico, fronteras cerradas, países y regiones encapsuladas, es decir lo contrario de la globalización.

Otra grave consecuencia de la globalización es que está dejando un mundo más injusto y desigual, una riqueza para pocos y el Covid19 para todos, dejando más muerte entre los pobres, excluidos de la atención sanitaria, afirmo Mons. Sergio.

 

Así mismo el prelado dijo; otras causas que han contribuido a la pandemia son la ignorancia de la virulencia y contagiosidad del virus, el ocultamiento de datos de parte de países, la alerta tardía de organismos de salud y las instrumentalizaciones muy odiosas entre naciones y al interior de un mismo país, hechas a espaldas de los sufrimientos y lutos provocados por la pandemia.

Así mismo el prelado dijo enfáticamente que  estos errores no los podemos atribuir a Dios, por el contario tenemos que reconocer con sinceridad que el mundo ha fallado y que necesita cambiar de rumbo y apuntar hacia  nuevos horizontes.

Estos problemas y sus consecuencias también los estamos sufriendo en nuestro país asegura el Arzobispo: la falta de personal y de estructuras hospitalarias adecuadas, el imparable aumento del número de contagios y de muertos, la crisis educativa, el crecimiento de la pobreza, la falta de trabajo, el estancamiento productivo y económico.

Pero también señaló que  un mal causado por la codicia humana, un pecado que grita venganza en presencia de Dios: la especulación sobre la pobreza de las personas y sobre el dolor, la enfermedad y la muerte, con el alza desproporcionada de los precios de medicamentos y alimentos y la pugna partidista por la carrera electoral.

A este punto, para los que creemos en Cristo, el Señor nos pide humildad, la humildad de reconocer que hemos sobrevaluado los logros científicos y técnicos, nuestras dotes y capacidades, pensábamos que podíamos dominar la tierra, el tiempo y la vida. Justamente, en medio de la euforia tecnológica y gerencial que nos hacía creer que se podía controlar el virus, la propagación del contagio en todo el mundo y su impacto nos han hecho tocar con mano que social y técnicamente no estábamos preparados, que la humanidad es frágil y precaria, que no somos dueños de nuestra vida y que en la tierra somos huéspedes, sedientos del amor y la autenticidad que solo la presencia de Dios nos puede dar.

 Esta toma de consciencia ha hecho elevar voces que pregonan un cambio de época: “¡Nada será como antes!”. Creo que es una ilusión pensar que esto se dé por sí solo, hace falta una convicción profunda y una opción a nivel global y a nivel de cada persona. No un deseo genérico, sino una opción de vida, que implica nuestras acciones y nuestra disponibilidad hacia los demás, guiados por los valores humanos y cristianos. Esto es el verdadero cambio, no esperar de los demás, sino comenzar de uno mismo. Esta es la enseñanza que nos dejó Jesús con sus palabras y testimonio de vida.

En estos días de cuarentena flexible, aún en una atmósfera de tensión entre la incertidumbre y la esperanza, se ha visto el deseo de reanudar la vida en todos los niveles de la sociedad, aunque el cambio no será muy veloz y, en algunos aspectos, sufrido, expresó el prelado.

El Arzobispo dijo que tiene la firme esperanza que esto se hará realidad, porque en estos meses de pandemia se han dado signos premonitores como la solidaridad, la generosidad, la paciencia y el respeto de las reglas de la mayoría de la población, además del esfuerzo de autoridades civiles, la entrega y profesionalidad del personal sanitario y de los encargados del orden y el bien común.

Así mismo Monseñor indicó que sería inaceptable e imperdonable desperdiciar este patrimonio en el resurgir del País, como pretenden algunos grupos de distintos signos, grupos que, indiferentes al dolor de la ciudadanía y a los esfuerzos de las mayorías, buscan sus propios intereses económicos o políticos, recurriendo, entre otros medios, a las viejas mañas de los bloqueos, los paros, el boicot y el obstruccionismo parlamentario.

Nos esperan compromisos concretos: la defensa de la vida ante que cualquier prioridad, el respeto de los derechos humanos, la lucha en contra de la violencia y la trata de personas, en particular de las mujeres y menores de edad, una estructura sanitaria eficaz y al alcance de todos, la educación de calidad para toda la niñez y juventud, las fuentes de trabajo formal y estable, el cuidado del medio ambiente, la biodiversidad y los bosques, la salvaguarda de la democracia, la lucha en contra del racismo, el narcotráfico y el contrabando y la redistribución de la riqueza en el marco de la justicia, equidad, solidaridad y bien común, afirmó el Arzobispo.

¡Démosle con todo, unidos lo podemos hacer! Unidos como hermanos, en el amor, la armonía y la solidaridad, alrededor de este sueño común, como nos pide San Pablo: “Apréciense unos a otros con amor fraterno… no sean perezosos en el esfuerzo; estén alegres en la esperanza, pacientes en el sufrimiento y perseverante en la oración… compartan las necesidades de los hermanos”.

Durante la celebración, un médico y dos enfermeras del Hospital Católico ingresaron hasta el altar de la Catedral portando la bandera de la Santa Sede, la bandera boliviana y los instrumentos que día a día utilizan en primera línea en la batalla contra el Covid – 19. El Arzobispo agradeció en nombre de ellos a todos los médicos, enfermeras y personal sanitario por su entrega y servicio que donan día a día para salvar vidas, aun poniendo en riego su propia salud y su propia vida.

 

Un momento muy emotivo  se vivió al finalizar la Oración y súplica por Bolivia, cuando  se entonaron a viva voz, las Sagradas notas del Himno Nacional.

 

Mensaje del Arzobispo de Santa Cruz, Mons. Sergio Gualberti

195 Aniversario de la Independencia de Bolivia 06/08/2020

En este tiempo de pandemia se han escuchado afirmaciones como esta: “La pandemia del COVID19 es un castigo de Dios porque nuestro mundo se ha alejado de Él”, o una pregunta ¿Porque Dios no interviene a liberarnos de este mal?” A lo mejor nosotros también hemos compartido pensamientos parecidos sin encontrar una respuesta satisfactoria.

Nosotros cristianos deberíamos tener la certeza que la pandemia del coronavirus no es un castigo de Dios por los pecados de la humanidad, porque Él es un Padre paciente y misericordioso, confía en nosotros sus pobres creaturas y que espera que entremos en razón, reconozcamos nuestros errores y volvamos a Él. Sin embargo, para poder dar ese paso, debemos tener la humildad de escuchar su Palabra y recurrir a Él, como dice Jesús en el Evangelio: “Pidan y Dios les dará, busquen y encontrarán, llamen y les abrirá… su Padre que está en los cielos les dará cosas buenas. Pedir cosas buenas, como su mirada de Padre para discernir los signos de los tiempos y nos de la fuerza para enfrentar estas difíciles circunstancias.

Orar es lo que hacemos justamente hoy en la celebración del 195 Aniversario de Independencia de nuestra Patria, no con la solemne oración del Te Deum como los anteriores años, sino con una súplica comunitaria al Dios de la vida y de la historia, a la que participan también las Iglesias Copto Ortodoxa y Metodista y a las que agradezco de corazón.

Desde esas consideraciones y a la luz de la fe, creo que corresponde reformular nuestras inquietudes y preguntas: “¿Nuestro mundo tiene alguna responsabilidad en el surgimiento y la difusión del coronavirus? Y ¿Qué nos pide Dios a nosotros en este momento?”.

A la primera pregunta, científicos y gobiernos, entre otros, han buscado dar sus respuestas. Entre ellas subrayo las que a mi parecer son plausibles aunque ni una por si sola: la destrucción de los ecosistemas, los ataques a la biodiversidad y la deforestación que provocan la reducción del espacio vital para los animales y el consecuente contacto más cercano con el hombre, lo que favorece la transmisión del virus de origen animal y puede provocar fácilmente otras pandemias.

La globalización es otra causa de la difusión del virus. El microorganismo Covid-19 ha salido de China siguiendo las mismas vías de la globalización: comercio y turismo por vía terrestre y aérea, y todos las demás rutas de contacto entre los habitantes de la tierra. La única cura y prevención, conocidas hasta ahora, es el distanciamiento físico, fronteras cerradas, países y regiones encapsuladas, es decir lo contrario de la globalización.

Otra grave consecuencia de la globalización es que está dejando un mundo más injusto y desigual, una riqueza para pocos y el Covid19 para todos, dejando más muerte entre los pobres, excluidos de la atención sanitaria.

Otras causas que han contribuido a la pandemia son la ignorancia de la virulencia y contagiosidad del virus, el ocultamiento de datos de parte de países, la alerta tardía de organismos de salud y las instrumentalizaciones muy odiosas entre naciones y al interior de un mismo país, hechas a espaldas de los sufrimientos y lutos provocados por la pandemia.

Todo esto agravado por la falta de previsión en varios países y las carencias sanitarias de los países más pobres.

Estos errores no los podemos atribuir a Dios, por el contario tenemos que reconocer con sinceridad que el mundo ha fallado y que necesita cambiar de rumbo y apuntas hacia  nuevos horizontes.

Estos problemas y sus consecuencias también los estamos sufriendo en nuestro país: la falta de personal y de estructuras hospitalarias adecuadas, el imparable aumento del número de contagios y de muertos, la crisis educativa, el crecimiento de la pobreza, la falta de trabajo, el estancamiento productivo y económico.

Pero también señalo un mal causado por la codicia humana, un pecado que grita venganza en presencia de Dios: la especulación sobre la pobreza de las personas y sobre el dolor, la enfermedad y la muerte, con el alza desproporcionada de los precios de medicamentos y alimentos y la pugna partidista por la carrera electoral.

A este punto, para los que creemos en Cristo, cabe la segunda pregunta: ¿Qué nos pide Dios en este trance? ¿Cuál es nuestro papel y cuáles las responsabilidades?

Ante todo, creo que el Señor nos pide humildad, la humildad de reconocer que hemos sobrevaluado los logros científicos y técnicos, nuestras dotes y capacidades, pensábamos que podíamos dominar la tierra, el tiempo y la vida. Justamente, en medio de la euforia tecnológica y gerencial que nos hacía creer que se podía controlar el virus, la propagación del contagio en todo el mundo y su impacto nos han hecho tocar con mano que social y técnicamente no estábamos preparados, que la humanidad es frágil y precaria, que no somos dueños de nuestra vida y que en la tierra somos huéspedes, sedientos del amor y la autenticidad que solo la presencia de Dios nos puede dar.

Esta toma de consciencia ha hecho elevar voces que pregonan un cambio de época: “¡Nada será como antes!”. Creo que es una ilusión pensar que esto se dé por sí solo, hace falta una convicción profunda y una opción a nivel global y a nivel de cada persona. No un deseo genérico, sino una opción de vida, que implica nuestras acciones y nuestra disponibilidad hacia los demás, guiados por los valores humanos y cristianos. Esto es el verdadero cambio, no esperar de los demás, sino comenzar de uno mismo. Esta es la enseñanza que nos dejó Jesús con sus palabras y testimonio de vida.

En estos días de cuarentena flexible, aún en una atmósfera de tensión entre la incertidumbre y la esperanza, se ha visto el deseo de reanudar la vida en todos los nivels de la sociedad, aunque el cambio no será muy veloz y, en algunos aspectos, sufrido.

Tengo la firme esperanza que esto se hará realidad, porque en estos meses de pandemia se han dado signos premonitores como la solidaridad, la generosidad, la paciencia y el respeto de las reglas de la mayoría de la población, además del esfuerzo de autoridades civiles, la entrega y profesionalidad del personal sanitario y de los encargados del orden y el bien común.

Sería inaceptable e imperdonable desperdiciar este patrimonio en el resurgir del País, como pretenden algunos grupos de distintos signos.

Grupos que, indiferentes al dolor de la ciudadanía y a los esfuerzos de las mayorías, buscan sus propios intereses económicos o políticos, recurriendo, entre otros medios, a las viejas mañas de los bloqueos, los paros, el boicot y el obstruccionismo parlamentario.

Nos esperan compromisos concretos: la defensa de la vida ante que cualquier prioridad, el respeto de los derechos humanos, la lucha en contra de la violencia y la trata de personas, en particular de las mujeres y menores de edad, una estructura sanitaria eficaz y al alcance de todos, la educación de calidad para toda la niñez y juventud, las fuentes de trabajo formal y estable, el cuidado del medio ambiente, la biodiversidad y los bosques, la salvaguarda de la democracia, la lucha en contra del racismo, el narcotráfico y el contrabando y la redistribución de la riqueza en el marco de la justicia, equidad, solidaridad y bien común.

Todas las instituciones tienen el deber de estar a la altura del esfuerzo, el dolor, la esperanza y la necesidad de confianza del pueblo y viabilizar con coraje el cambio, haciendo de nuestra patria la Casa Común que acoge y ofrece a todos la posibilidad de una vida digna, ya que todos somos parte de una misma historia y un mismo pueblo.

¡Démosle con todo, unidos lo podemos hacer! Unidos como hermanos, en el amor, la armonía y la solidaridad, alrededor de este sueño común, como nos pide San Pablo: “Apréciense unos a otros con amor fraterno… no sean perezosos en el esfuerzo; estén alegres en la esperanza, pacientes en el sufrimiento y perseverante en la oración… compartan las necesidades de los hermanos”. Amén

Graciela Arandia de Hidalgo



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