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domingo 5 abril 2020
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Todos los cristianos somos llamados a poner nuestra vida al servicio del Señor, afirma el Arzobispo de Santa Cruz

Campanas. El testimonio de los religiosos y religiosas nos hace tomar consciencia que todos los cristianos somos llamados a poner nuestra vida al servicio del Señor, cada cual de acuerdo a la vocación recibida.

Hoy domingo 02 de febrero, día en que la Iglesia celebra la fiesta de la Presentación de Jesús al templo y XXIV Jornada Mundial de la Vida Consagrada., el Arzobispo de Santa Cruz, Mons. Sergio Gualberti afirmó  que para encontrar al Señor, debemos tener la mirada de fe y la esperanza de los pobres que con humildad se dejan guiar en su existencia por el Espíritu Santo.

El prelado también afirmó que  la cultura y sociedad actuales, no favorece en las personas la decisión de consagrar toda la vida Dios. Sin embargo, aunque menos que en otros tiempos, sigue habiendo jóvenes y señoritas que no se acobardan y que, por el contrario, bajo la luz del Espíritu Santo, descubren y experimentan a Dios como aquel que llena de felicidad su vida. Por eso, deciden entregarla con alegría y generosidad, por el Evangelio y por el Reino de Dios.

Así mismo el Arzobispo aseguró que  el testimonio de los religiosos y religiosas nos hace tomar consciencia que todos los cristianos somos llamados a poner nuestra vida al servicio del Señor, cada cual de acuerdo a la vocación recibida.

Homilía de Mons. Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz

Domingo 02/02/2020

Celebramos hoy la fiesta de la Presentación de Jesús al templo: José y María, cumpliendo fielmente la ley de Israel, suben a Jerusalén para presentar a Dios el niño Jesús, a los 40 días de su nacimiento. Es una familia joven que quiere ponerse bajo la mirada de Dios, vivir conforme a su voluntad. En esa ceremonia los primogénitos eran ofrecidos y entregados a Dios: “Todo primogénito varón ha de ser consagrado al Señor”, aunque luego eran “rescatados” con la ofrenda de un cordero, si la familia era rica, o de un par de palomas si era familia pobre, como la de Jesús..

Esta celebración también es conocida en la Iglesia como la fiesta de la “Candelaria” en referencia a la purificación de la Virgen María después del parto. Sin embargo más propiamente es la celebración de un misterio de la vida de Cristo, que desde los primeros días de su vida es partícipe del plan de salvación del Padre y se integra al pueblo judío.

Es la primera entrada del niño Jesús en el majestuoso e imponente templo de Jerusalén, en medio del movimiento de tantas personas ocupadas en sus asuntos: los sacerdotes y los levitas atienden a los sacrificios y ofrendas, y los numerosos devotos y peregrinos oran y cumplen con lo mandado por la ley. Por eso, ninguno de ellos pone atención a Jesús, es un niño como tantos otros, hijo primogénito de un matrimonio pobre y muy sencillo.

Sólo dos ancianos, Simeón y Ana, descubren en esa familia humilde la presencia misteriosa del Mesías, del Salvador. Gracias al Espíritu Santo ellos reconocen en ese niño aquel que va a dar cumplimiento a los largos siglos de espera del pueblo de Israel, un premio por sus oraciones, por su constancia y su fidelidad a las promesas de los profetas.

El evangelio presenta a Simeón como un varón “justo, piadoso conducido por el Espíritu”, hombre de Dios dócil a la acción del Espíritu, con esperanza inconmovible, muy vigilante e ilusionado con la llegada del salvador. Su mirada sobre lo que le rodea es creyente, por eso, ni bien ve al niño, lo reconoce como el Mesías y lo toma con alegría en sus brazos.

Por fin se hace realidad su sueño, por eso con alegría y complacencia pronuncias esas palabras edificantes, dignas de un justo que ha encontrado la paz y la serenidad en el cumplimento de la voluntad de Dios: “Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, porque mis ojos han visto la salvación que preparaste Salvador ante todos los pueblos “. La alegría del encuentro con el Redentor, hace que Simeón ya no le tema a la muerte, porque sabe que va a encontrar al Señor que le abre las puertas de la vida eterna.

Luego presenta al niño Jesús como luz de Dios para el mundo entero y no solo para el pueblo de Israel: « Luz para iluminar a las naciones, y Gloria de tu pueblo, Israel!». En distintos pasajes de los evangelios Jesucristo es presentado como la luz que ilumina el camino que conduce a la vida, la luz que vence las tinieblas del pecado y la luz que salva. Las velas o candelas (de aquí la fiesta de la Virgen Candelaria) que hemos bendecido al inicio de la Eucaristía, simbolizan justamente a Jesucristo la luz y el Salvador del mundo.

La segunda lectura que hemos escuchado de la carta a los Hebreos subraya que la misión del Salvador es de: “reducir a la impotencia a aquel que tenía el poder de la muerte y liberar de este modo a los que vivían completamente esclavizados por el temor de la muerte”.

Miedo, esclavitud y muerte, con estas tres palabras el texto expresa el dominio del mal y el pecado en el mundo, que quita la libertad, mantiene paralizado al ser humano, ejerce violencia y lo somete a una condición de opresión, sin posibilidad alguna de salida. En este escenario de oscuridad, confusión y sin esperanza, la proclamación solemne de Jesús como luz del mundo, es un anuncio gozoso que abre un horizonte de vida, esperanza y libertad.

Junto al anciano Simeón, hay otro personaje humilde y muy piadoso que, en ese niño, reconoce al salvador: la profetisa Ana, ”mujer ya entrada en años” que, enviudada todavía muy joven, había pasado el resto de su vida en el templo “sirviendo a Dios noche y día con ayuno y oraciones”; toda una existencia de sobriedad, de oración y de entrega al Señor. A ella también, como a Simeón, el Espíritu Santo revela el rostro verdadero del niño Jesús. Su corazón desborda de tanta alegría que no puede guardársela para sí misma y “se puso a dar gracias a Dios y hablaba acerca del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.

María y José presentaron a Jesús ante Dios, Simeón y Ana, lo proclaman como salvador ante el pueblo de Israel y ante las naciones, siendo entre los primeros misioneros en darlo a conocer. Todos ellos están cautivados por el misterio de Cristo y su testimonio nos indica que, para encontrar al Señor, debemos tener la mirada de fe y la esperanza de los pobres que con humildad se dejan guiar en su existencia por el Espíritu Santo.

Justamente por esto, el Papa San Juan Pablo II eligió la fiesta de hoy para celebrar la Jornada de la Vida Consagrada, de religiosos y religiosas, que han decidido entregar toda su vida al servicio del Señor y del pueblo de Dios.

La consagración y entrega total de Jesús al Padre, es la imagen que orienta a las mujeres y los varones consagrados, llamados a reproducir en la Iglesia y en el mundo, «los rasgos característicos de Jesús virgen, pobre y obediente», mediante los consejos evangélicos de la castidad, la pobreza y la obediencia.

Por cierto, la cultura y sociedad actuales, no favorece en las personas la decisión de consagrar toda la vida Dios. Sin embargo, aunque menos que en otros tiempos, sigue habiendo jóvenes y señoritas que no se acobardan y que, por el contrario, bajo la luz del Espíritu Santo, descubren y experimentan a Dios como aquel que llena de felicidad su vida. Por eso, deciden entregarla con alegría y generosidad, por el Evangelio y por el Reino de Dios. El testimonio de los religiosos y religiosas nos hace tomar consciencia que todos los cristianos somos llamados a poner nuestra vida al servicio del Señor, cada cual de acuerdo a la vocación recibida.

Y justamente esta mañana, están entre nosotros una numerosa representación de hermanos y hermanas catequistas de nuestra Arquidiócesis, para recibir el mandato departe de la Iglesia de transmitir la fe en Dios a los niños y jóvenes de nuestras parroquias y prepararlos para el encuentro personal con Jesús. A ustedes, jóvenes y adultos que se entregan generosamente a esta misión, les agradecemos sinceramente y les aseguramos nuestras oraciones para que, iluminados por el Espíritu Santo sean, con perseverancia y fidelidad, testigos de la alegría del Evangelio. Qué el ejemplo de los ancianos Simeón y Ana, les haga saborear a ustedes y a todos nosotros la alegría de encontrar a Jesús y sepamos compartir esta experiencia con los demás para que descubran que el Salvador es el único que colma su sed de vida y felicidad. Amén.

OFICINA DE PRENSA DE LA ARQUIDIOCESIS DE SANTA CRUZ

Graciela Arandia de Hidalgo



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