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jueves 20 junio 2019
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Monseñor Sergio pide no dejarse engañar con falsos mesianismos y estar vigilantes a la venida del Salvador

“Jesús es el Mesías misericordioso, que se contrapone a tantos falsos mesianismos religiosos y políticos que se han ido dando a lo largo de la historia. Estos mesianismos nacen alrededor de movimientos populistas y de caudillos que se presentan como salvadores, que implementan sistemas totalitarios y que ejercen la autoridad no como servicio sino como poder y dominio” Con esta advertencia a no dejarse engañar por falsos mesianismos, Monseñor Sergio Gualberti invitó a estar vigilantes y atentos para reconocer la venida del Señor y acogerlo aún en el contexto concreto en que vivimos, en una sociedad y cultura del poder, el éxito y el consumismo.

“Puntualmente esos mesianismos han terminado y terminan por engañar y defraudar a las expectativas de la gente, por debilitar la institucionalidad de un estado, por hacer retroceder a un país en su camino democrático y por hacer crecer la dependencia, la sumisión y el temor en los ciudadanos.  Jesús es el Mesías verdadero que personifica el reino de Dios, que lo hace cercano a toda persona que tiene sed de vida y de amor, el enviado de Dios que actúa en favor de los últimos, los que sufren necesidades concretas, los enfermos y los pobres” enfatizó el Prelado cruceño.

“Falta tan solo unos días para revivir la venida del Salvador, estemos abiertos a recibir al Señor que vuelve a nacer para entrar en nuestra vida, nuestros hogares, nuestros pueblos y ciudades. Esta es la verdadera esperanza y alegría de la Navidad…” puntualizó Monseñor.

Lea la homilía completa:

HOMILÍA DE MONSEÑOR SERGIO GUALBERTI, ARZOBISPO DE SANTA CRUZ.

DOMINGO 11 DE DICIEMBRE DE 2016

BASÍLICA MENOR DE SAN LORENZO MÁRTIR (CATEDRAL).

Este 3er Domingo de Adviento, desde una larga tradición, es definido por la liturgia “Domingo Gaudete”, alégrense, acogiendo la invitación del profeta Isaías: “¡Regocíjense el desierto y la tierra reseca, alégrese y florezca la estepa!”. Este anuncio gozoso y esperanzador volvió a resonar por boca de Juan el Bautista en la inminencia del nacimiento de Jesús y hoy, a pocos días de la Navidad, resuena para nosotros.

Alegrarnos porque la venida de Jesús es el gran acontecimiento de la historia que ha hecho florecer una nueva vida y la esperanza para la humanidad que se encontraba en el desierto de la lejanía de Dios, sometida a las tinieblas del pecado y del mal. Alegría porque, desde que Jesús se ha hecho uno de nosotros, para estar y caminar junto a nosotros, ya no hay cabida para el miedo y la muerte:” Ellos verán la gloria del Señor, el esplendor de nuestro Dios… ¡Sean fuertes, no teman: ahí está su Dios!”.

Para prepararnos dignamente a acoger al Señor que viene, el Evangelio nos propone a Juan el Bautista como amigo de camino, y es Jesús mismo que, a través de tres preguntas, se encarga de presentarlo: “¿Qué fueron a ver al desierto? ¿Una caña agitada por el viento? ¿Un hombre con vestidos refinados? ¿Un profeta?

Juan el Bautista por cierto no era un banderín, un oportunista que cambiaba su pensamiento para congraciarse con el auditorio que tenía delante o que se acomodaba a las corrientes de opinión dominantes en la sociedad judía. Tampoco era un cortesano que disfrutaba de los lujos y privilegios del rey, era más bien un asceta muy austero que sobrevivía con lo poco que el desierto ofrecía, un inflexible defensor de la justicia y de los pobres en contra de los prepotentes de turno. “¿Qué fueron a ver entonces? ¿Un profeta?”. La gente sencilla y piadosa iba al desierto a buscar al profeta, y Jesús comparte esa convicción: “Les aseguro que sí, y más que un profeta”.

Juan no solo denuncia el pecado y anuncia la conversión como todos los profetas, él es el precursor del Mesías, aquel que camina delante del Señor, totalmente relacionado con Él, para abrirle paso en las conciencias del pueblo,. Juan es el signo vivo del tiempo de la espera, de la preparación, el culmen de la profecía, sus ojos han visto, sus oídos han escuchado  y sus manos han tocado aquél que los otros profetas, solo de lejos, han deseado, soñado y anunciado.

Juan cumple la misión encomendada con total fidelidad, urge a todo el pueblo al cambio de vida, y no le tiembla la mano en denunciar al mismo rey Herodes porque se había unido en adulterio a la mujer de su hermano, denuncia que le cuesta la cárcel y la muerte. Y justamente mientras está preso Juan envía dos de sus discípulos para preguntar a Jesús: “¿Eres tu el que ha de venir o debemos esperar a otro?” Es como si dijera:”¿Eres tú el Mesías? o ¿me he equivocado y en vano he puesto mi confianza en ti?”

Juan con esta pregunta clave demuestra ser un hombre en búsqueda de la verdad que pone en discusión sus certezas y que quiere despejar las dudas que surgen en su espíritu porque Jesús actúa de una manera muy distinta de como piensa el pueblo de Israel tiene que ser y actuar el Mesías. Ellos esperaban a un Mesías poderoso, un rey que, como David, uniera a todo el pueblo de Israel, que los liberara del yugo del imperio romano, y que devolviera todo su resplandor a la religión. Un Mesías también juez inflexible que, de una vez por todas, pusiera orden entre los justos y los injustos.

La actuación y predicación de Jesús, centrada en el amor y la misericordia, deja perplejo y confundido a Juan y a los judíos. Jesús en respuesta a esa pregunta invita a los mensajeros de Juan a que vayan a referirle lo que han experimentado: “Vayan a contar a Juan lo que ustedes oyen y ven: los ciegos ven y los paralíticos caminan, los leprosos son purificados, y los sordos oyen, los muertos resucitan y la Buena Noticia es anunciada a los pobres”.

En pocas palabras Jesús resume todo lo que a lo largo de su ministerio ha predicado y hecho con el anuncio del reino de Dios, reino de justicia, libertad, verdad y amor. Es el designio de Dios en favor de los pobres y últimos de la sociedad, demostrando de esta manera que está cumpliendo el ideal de Mesías anunciado por Isaías y los demás los profetas, ideal que fue distorsionado por la tradición judía.

Con esta  respuesta Jesús es como si asegurara a Juan de que Dios ha cumplido su promesa, no lo ha defraudado, y que Él es el verdadero Mesías, cuyo reino no es de este mundo, sino de los cielos. En efecto, los reinos de la tierra son codiciados por los acaparadores y violentos, el reino de los cielos es de los mansos, los pobres, los perseguidos y los inocentes víctimas del mal.

Jesús es el Mesías misericordioso, que se contrapone a tantos falsos mesianismos religiosos y políticos que se han ido dando a lo largo de la historia. Estos mesianismos nacen alrededor de movimientos populistas y de caudillos que se presentan como salvadores, que implementan sistemas totalitarios y que ejercen la autoridad no como servicio sino como poder y dominio. 

Puntualmente esos mesianismos han terminado y terminan por engañar y defraudar a las expectativas de la gente, por debilitar la institucionalidad de un estado, por hacer retroceder a un país en su camino democrático y por hacer crecer la dependencia, la sumisión y el temor en los ciudadanos.  Jesús es el Mesías verdadero que personifica el reino de Dios, que lo hace cercano a toda persona que tiene sed de vida y de amor, el enviado de Dios que actúa en favor de los últimos, los que sufren necesidades concretas, los enfermos y los pobres.

Él es el Mesías liberador, que se pone a lado de los marginados, las víctimas de la explotación y la injusticia, que siembra esperanza y se compromete con sus causas.

Él es el Mesías que viene en la historia a instaurar la hora de la misericordia y el amor, que perdona a los pecadores y que vendrá como justo juez solo al final de los tiempos.

Jesús está consciente que su manera de vivir la vocación y misión de Mesías, crea desconcierto y hasta escándalo, por eso proclama “Dichoso aquel para quien Yo no sea motivo de tropiezo!” Bienaventurados aquellos que no solo salen de sus esquemas preconcebidos y cerrados que esperan que el Señor venga para juzgar y condenar, sino que además reconocen en Jesucristo la nueva imagen del Dios de bondad, del Padre misericordioso.

Jesús mismo hoy nos ha alegrado al hacernos conocer que el viene para cumplir una misión y recorrer unos caminos muy distintos de los del mundo, por eso tenemos que estar vigilantes y atentos para reconocerlo y acogerlo aún en el contexto concreto en que vivimos, en una sociedad y cultura del poder, el éxito y el consumismo.

Falta tan solo unos días para revivir la venida del Salvador, estemos abiertos a recibir al Señor que vuelve a nacer para entrar en nuestra vida, nuestros hogares, nuestros pueblos y ciudades. Esta es la verdadera esperanza y alegría de la Navidad, anunciada por el profeta Isaías: “Regocíjense el desierto y la tierra reseca… que se alegre y prorrumpa en cantos de júbilovolverán los rescatados por el Señor… la tristeza y los gemidos se alejarán y los acompañarán el gozo y la alegría”. Amén.

*Oficina de prensa de la Arquidiócesis de Santa Cruz

Erwin Bazán Gutiérrez



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