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lunes 19 abril 2021
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“Iglesia Cruceña celebró misa por los fallecidos por el Covid, Sacerdotes, Obispos y el Cardenal Julio”

Campanas. 2 de noviembre: Conmemoración de los “fieles difuntos ‘, la Eucaristía se celebró en memoria de todos los hermanos fallecidos por el Covid – 19, el Cardenal Julio, Obispos, Arzobispos y sacerdotes, hombres de Dios que entregaron su vida al servicio de esta Iglesia en Santa Cruz y que hoy están gozando de la plenitud del Reino eterno.

La Basílica Menor de San Lorenzo Mártir tiene un mausoleo reservado para los Obispos. El 2015 se realizó una pequeña modificación y se pintó un imponente mural con la escena de la resurrección, allí se colocó la tumba del Cardenal Julio quien fuera Arzobispo de Santa Cruz.

La Santa Misa por los files difuntos, se  celebró a las 8 de la mañana y fue presidida por el Arzobispo de Santa Cruz, Monseñor Sergio Gualberti y concelebrada por los Obispos auxiliares, Monseñor Braulio Sáez, Monseñor Estanislao Dowlaszewicz, Monseñor René Leigue, además del Vicario Genera, P. Juan Crespo, el Rector de la Catedral y Vicario de Comunicación, P. Hugo Ara y el Capellán de Palmasola, P. Mario Ortuño.

El Arzobispo de Santa Cruz, afirmó que en este día en que conmemoramos a todos los fieles difuntos en nuestro corazón se mezclan dolor y recuerdos, preguntas y dudas, en particular en esta tragedia mundial del coronavirus que se ha llevado repentinamente tantos hermanos y hermanas.

Sin embargo, dijo el prelado, como cristianos, no podemos quedarnos solo con estos sentimientos profundamente humanos, sino que tenemos que mirar con los ojos de la fe el misterio de la vida y de “nuestra hermana muerte” como la llamaba san Francisco. Hermana muerte porque nos abre la puerta a la vida eterna que nos espera en Cristo resucitado a los que han creído y creemos en Él.

Así mismo Monseñor Dijo; Eucaristía es la fiesta de la vida, la vida nueva y eterna en Cristo que él nos ha conquistado con la entrega de su vida en la cruz y con su resurrección, liberándonos de las cadenas del pecado y de las garras de la muerte. Este misterio es el fundamento de nuestra resurrección, que no da la certeza que un día, también nosotros resucitaremos a la vida misma de Dios, la vida plena y la felicidad eterna que no nos será arrebata.

La Eucaristía es también la vivencia de la comunión profunda y verdadera con nuestros hermanos difuntos, que ya no están físicamente presentes entre nosotros, pero que están espiritual y realmente vivos en Jesucristo, presencia de los ausentes, de los lejanos y de los que han dejado definitivamente este mundo.

 

 

Es el misterio de la comunión de los santos, nosotros oramos por ellos y ellos interceden por nosotros. Esto es el motivo principal por el que celebramos las misas para los difuntos: entrar en una unión real con ellos y pedir al Señor que los libere de la muerte eterna y los haga partícipes de la salvación, dijo el arzobispo.

 La eucaristía es gratitud: Así mismo Monseñor recordó en particular por todos los Pastores que han entregado su vida al Evangelio y a la Iglesia que peregrina en Santa Cruz, como los sacerdotes P. Jorge Robles, José Bialasik y P. Ignacio Roca. Víctimas del COVID19, y los Arzobispos Mons. Luís Rodríguez, y nuestro amado Cardenal Julio Terrazas, cuyo 5º aniversario de su regreso a la casa del Padre celebraremos el 9 de diciembre próximo.

La Eucaristía es esperanza: Esta verdad de la victoria definitiva de la Vida sobre la muerte, ha cambiado radicalmente la visión de la humanidad sobre el mundo y su destino, su historia y sentido de la vida: ya no hay miedo a la muerte y a las tinieblas del pecado, sino espera gozosa del encuentro definitivo con el Señor, la vida plena, la gracia y la felicidad sin fin, expresó Monseñor.

La muerte es tan solo el umbral, el paso de la vida terrenal marcada por la debilidad y fragilidad, entre luces y sombras, gozos y dolores, esperanzas y frustraciones, a la vida nueva, gozosa, plena y eterna. Después de la muerte veremos la luz y allí no habrá preguntas y dudas, temores y miedos, sufrimientos ni lagrimas (prefacio).

Así mismo el Arzobispo dijo que, ante la experiencia de la muerte, también nosotros cristianos lloramos, pero lágrimas de fe, porque creemos que nuestro cuerpo bajo la potencia del Espíritu tomará la forma del cuerpo de gloria, el cuerpo espiritual en la resurrección de los justos. La fe en la Resurrección de Jesús y nuestra resurrección, es el mensaje esperanzador que nosotros debemos testimoniar en un mundo siempre más sediento de luz, de orientación y esperanza.

También Monseñor aseguró que, en este trance de la historia, cuando parecería que la humanidad ha alcanzado los logros más sensacionales desde el punto de vista científico y técnico, dominio de la naturaleza, es ahora cuando nos encontramos en una sociedad de muerte e impotente ante un virus invisible. Muerte causada en mayor medida por el hombre: guerras, terrorismo, totalitarismos, conflictos, pobreza, hambre, contaminación del ambiente y la biodiversidad. 

Esta fiesta de “Todos Santos”, en la que celebramos «la multitud inmensa, que nadie puede contar… que lavaron sus ropas en la sangre del Cordero, », nos abre a la esperanza de que, gracias a la sangre de Cristo en cruz, un día compartiremos con nuestros hermanos difuntos la alegría de estar juntos en la presencia de Dios y de escuchar la invitación gozosa de Dios: “Vengan siervos buenos y fieles, entren a participar del gozo de su Señor…”. Es la llamada a formar parte de la multitud de los santos, un camino que inicia acá en la tierra, en la vida de cada día, con nuestra entrega generosa al servicio de la alegría del Evangelio, la Buena Noticia del reino de Dios.

Así mismo el prelado aseguró que estamos llamados  a asumir el desafío de testimoniar en semilla, ya en el tiempo, a la justicia, la salvación y la gloria de Dios, en espera de la realización plena al final de la historia, donde todos juntos compartiremos la Gloria del Hijo, su victoria definitiva sobre la muerte y el pecado.

En la conclusión de la Eucaristía, el Arzobispo de Santa Cruz, Mons. Sergio Gualberti, los Obispos Auxiliares y el Vicario General se dirigieron en procesión hasta la tumba del Cardenal Julio, allí realizaron plegarias y cantos solemnes en intercesión por el alma de nuestro querido Cardenal.

 

 

 

 

 

Homilía de Mons. Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz

02/11/2020

En este día en que conmemoramos a todos los fieles difuntos en nuestro corazón se mezclan dolor y recuerdos, preguntas y dudas, en particular en esta tragedia mundial del coronavirus que se ha llevado repentinamente tantos hermanos y hermanas.

Sin embargo, como cristianos, no podemos quedarnos solo con estos sentimientos profundamente humanos, sino que tenemos que mirar con los ojos de la fe el misterio de la vida y de “nuestra hermana muerte” como la llamaba san Francisco. Hermana muerte porque nos abre la puerta a la vida eterna que nos espera en Cristo resucitado a los que han creído y creemos en Él.

La mesa eucarística de la Palabra y del pan de vida pone en evidencia los elementos centrales del misterio de la Resurrección: la vida, comunión y gratitud, esperanza.

Eucaristía es la fiesta de la vida, la vida nueva y eterna en Cristo que él nos ha conquistado con la entrega de su vida en la cruz y con su resurrección, liberándonos de las cadenas del pecado y de las garras de la muerte. Este misterio es el fundamento de nuestra resurrección, que no da la certeza que un día, también nosotros resucitaremos a la vida misma de Dios, la vida plena y la felicidad eterna que no nos será arrebata. Este sentido de vida y de fiesta es reflejado en el gran movimiento que se suscita alrededor de nuestros cementerios en estos días: visitas, refacción y pintado de las tumbas, flores, oraciones, celebraciones y en algunas regiones de nuestro país, cantos y mesa compartida.

La Eucaristía es también la vivencia de la comunión profunda y verdadera con nuestros hermanos difuntos, que ya no están físicamente presentes entre nosotros, pero que están espiritual y realmente  vivos en Jesucristo, presencia de los ausentes, de los lejanos y de los que han dejado definitivamente este mundo. Es el misterio de la comunión de los santos, nosotros oramos por ellos y ellos interceden por nosotros. Esto es el motivo principal por el que celebramos las misas para los difuntos: entrar en una unión real con ellos y pedir al Señor que los libere de la muerte eterna y los haga partícipes de la salvación.

La eucaristía es gratitud, nuestra mejor manera de agradecer al Señor por las personas que nos han dado la vida y por los que nos han iniciado a la vida de fe. Además de nuestros hermanos y amigos,  esta mañana recordamos en particular por todos los Pastores que han entregado su vida al Evangelio y a la Iglesia que peregrina en Santa Cruz, como los sacerdotes P. Jorge Robles, José Bialasik y P. Ignacio Roca. Víctimas del COVID19, y los Arzobispos Mons. Luís Rodríguez, y nuestro amado Cardenal Julio Terrazas, cuyo 5º aniversario de su regreso a la casa del Padre celebraremos el 9 de diciembre próximo.

La Eucaristía es esperanza, participación de la esperanza de la Pascua de Cristo que nos sumerge para siempre en la vida y en el amor del Padre. Esta verdad de la victoria definitiva de la Vida sobre la muerte, ha cambiado radicalmente la visión de la humanidad sobre el mundo y su destino, su historia y sentido de la vida: ya no miedo a la muerte y a las tinieblas del pecado, sino espera gozosa del encuentro definitivo con el Señor, la vida plena, la gracia y la felicidad sin fin.

 En esta visión, la muerte es tan solo el umbral, el paso de la vida terrenal marcada por la debilidad y fragilidad, entre luces y sombras, gozos y dolores, esperanzas y frustraciones, a la vida nueva, gozosa, plena y eterna. Después de la muerte veremos la luz y allí no habrá preguntas y dudas, temores y miedos, sufrimientos ni lagrimas (prefacio).

Ante la experiencia de la muerte, también nosotros cristianos lloramos, pero lágrimas de fe, porque creemos que nuestro cuerpo bajo la potencia del Espíritu tomará la forma del cuerpo de gloria, el cuerpo espiritual en la resurrección de los justos. La fe en la Resurrección de Jesús y nuestra resurrección, es el mensaje esperanzador que nosotros debemos testimoniar en un mundo siempre más sediento de luz, de orientación y esperanza.

Y justamente en este trance de la historia, cuando parecería que la humanidad ha alcanzado los logros más sensacionales desde el punto de vista científico y técnico, dominio de la naturaleza, es  ahora cuando nos encontramos en una sociedad de muerte e impotente ante un virus invisible. Muerte causada en mayor medida por el hombre: guerras, terrorismo, totalitarismos, conflictos, pobreza, hambre, contaminación del ambiente y la biodiversidad. 

Esta fiesta de “Todos Santos”, en la que celebramos «la multitud inmensa, que nadie puede contar… que lavaron sus ropas en la sangre del Cordero, », nos abre a la esperanza de que, gracias a la sangre de Cristo en cruz, un día compartiremos con nuestros hermanos difuntos la alegría de estar juntos en la presencia de Dios y de escuchar la invitación gozosa de Dios: “Vengan siervos buenos y fieles, entren a participar del gozo de su Señor…”. Es la llamada a formar parte de la multitud de los santos, un camino que inicia acá en la tierra, en la vida de cada día, con nuestra entrega generosa al servicio de la alegría del Evangelio, la Buena Noticia del reino de Dios. Un llamado a asumir el desafío de testimoniar en semilla, ya en el tiempo, a la justicia, la salvación y la gloria de Dios, en espera de la realización plena al final de la historia, donde todos juntos compartiremos la Gloria del Hijo, su victoria definitiva sobre la muerte y el pecado. Amén

 

Graciela Arandia de Hidalgo



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