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miércoles 21 febrero 2018
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La vocación cristiana nos llama a comprometernos con la misión de anunciar el Evangelio, dice Monseñor Sergio

“…Todos hemos sido llamados por Jesús a anunciarlo y dar testimonio de él, en todo tiempo y circunstancias de la vida” señaló el Prelado cruceño durante su homilía dominical desde la Catedral Metropolitana.

El Evangelio de este domingo relató los prodigios y milagros que Jesús realiza en su vida pública “signos de un nuevo horizonte de vida” indicó Monseñor Sergio a tiempo de exhortar a todos los creyentes a tomar conciencia de su vocación de anunciar el Evangelio “El testimonio de Jesús y de Pablo es un fuerte llamado para que cada uno de nosotros tome conciencia de que la vocación cristiana nos llama a comprometernos con la misión de anunciar el Evangelio y testimoniar a Jesucristo como nuestro Salvador”.

“En nuestro mundo de hoy, tan insatisfecho y en búsqueda de autenticidad y de sentido de la existencia humana, Jesús es la luz esperanzadora que da verdadero sentido al sufrimiento y a la muerte y la certeza firme que sostiene nuestra vida en todo momento, aun en las pruebas, el desconcierto y las desgracias” afirmó refiriéndose también a la primera lectura que refiere la dolorosa experiencia de Job.

La experiencia de Job

“Creo que todos nosotros, alguna vez en nuestra vida, nos hemos puestos esos “por qué” cuando hemos caído en la angustia y el sufrimiento por una desgracia, una decepción, enfermedad grave o la muerte de un ser querido. Pero nosotros cristianos, distintamente de Job, tenemos la gracia de contar con la respuesta de Dios en el misterio de la muerte y resurrección de Cristo. Jesús Resucitado, vencedor del pecado y la muerte, ilumina nuestra mente, da vigor a nuestra debilidad, trae sosiego a nuestro corazón, asumiendo sobre sí la experiencia humana del sufrimiento y de la muerte y sembrando la esperanza de la vida eterna”.

Catequistas que anuncian y testimonian el Evangelio de Jesús a los niños y jóvenes

Acoger el llamado de Jesús es posible, como nos testimonian un buen grupo de hermanos y hermanas catequistas que están en esta celebración, el inicio de la catequesis anual en nuestra Arquidiócesis. Ellos se han comprometido libremente a anunciar y testimoniar el Evangelio de Jesús a los niños y jóvenes, a acompañarlos en su proceso de formación cristiana, para que crezcan en el conocimiento de la Palabra de Dios, en la vivencia de la fe y en la participación de la comunidad eclesial. Les agradecemos su testimonio generoso y gratuito, y les acompañamos con nuestro afecto y oración en el cumplimiento de su misión.

“Su ejemplo nos recuerda que todos hemos sido llamados por Jesús a anunciarlo y dar testimonio de él, en todo tiempo y circunstancias de la vida” señaló Monseñor.

Así mismo refiriéndose a la denominada ‘fiesta grande los cruceños, Monseñor Sergio pidió vivir el carnaval con ‘moderación’ y sin violencia.

HOMILÍA DE MONSEÑOR SERGIO GUALBERTI, ARZOBSIPO DE SANTA CRUZ

DOMINGO 4 DE FEBRERO DE 2018

BASÍLICA MENOR DE SAN LORENZO MÁRTIR

¿No es una servidumbre la vida del hombre sobre la tierra? No son sus jornadas como las de un asalariado… me han sido asignadas noches de dolor… la noche se hace muy larga… Mis días corrieron más veloces que una lanzadera: al terminar el hilo, llegaron a su fin”. Son las preguntas existenciales acerca de la fe en Dios, del sentido de la vida, del dolor y la muerte que Job, hombre bueno y piadoso, se pone cuando ha caído en graves desgracias.

Él ha perdido toda su familia, está solo y enfermo, con su cuerpo recubierto de llagas malolientes, abandonado por todos y tirado en un basurero.  Job es la personificación del “mal de vivir“ y de las debilidades del ser humano, que se vuelven insoportables cuando sobreviene el sufrimiento. Él considera que su suerte es peor que la de un jornalero, porque este siquiera descansa en la noche, pero para él, la noche además de no aliviar sus males, le acarrea angustias y pesadillas que hacen interminables las horas.

Es una situación desesperada y parecería sin salida, pero Job no se queda conforme y busca encontrar el “por qué”  de sus males, y no puede pensar que es un castigo de Dios, ya que es un hombre de fe y que ha tenido una buena conducta. En su búsqueda corre incluso el riesgo de perder la fe llegando al extremo de cuestionar directamente a Dios como en un tribunal y emplazándolo a que responda a sus preguntas. Solo al final de su búsqueda encuentra la respuesta que le trae paz como expresan sus hermosas palabras a Dios: “Antes te conocía solo de oídas, más ahora mis ojos te han visto”.

En el diálogo con el Señor, Job ha logrado entender que el pensamiento de Dios es infinitamente superior al de hombre y que todo lo que pasa en la vida, incluso el dolor y el mal, tiene un sentido en el plan divino aunque desconocido para el ser humano. Por eso se queda conforme con su situación y ya no le importa si está enfermo y echado en un cenizal. Job es admirable por su profundidad y sabiduría al reconocer a Dios como Él que teje la historia de cada persona y de la humanidad, sobre todo si pensamos que él vivió antes de Jesucristo.

Creo que todos nosotros, alguna vez en nuestra vida, nos hemos puestos esos “por qué” cuando hemos caído en la angustia y el sufrimiento por una desgracia, una decepción, enfermedad grave o la muerte de un ser querido. Pero nosotros cristianos, distintamente de Job, tenemos la gracia de contar con la respuesta de Dios en el misterio de la muerte y resurrección de Cristo. Jesús Resucitado, vencedor del pecado y la muerte, ilumina nuestra mente, da vigor a nuestra debilidad, trae sosiego a nuestro corazón, asumiendo sobre sí la experiencia humana del sufrimiento y de la muerte y sembrando la esperanza de la vida eterna.

Los prodigios y milagros que Jesús realiza en su vida pública, como los que nos relata el Evangelio de hoy, son signos de este nuevo horizonte de vida. Jesús, después de haber echado en la sinagoga de Cafarnaúm a un espíritu maligno que atormentaba un hombre, se dirige a la casa de Simón. Allí Jesús encuentra a la suegra del apóstol en la cama y con fiebre, se le acerca, la toma de la mano y la sana, sin decir una sola palabra. “La hizo levantar… y (ella) se puso a servirlos”. La mujer se levanta y sirve, a indicar que queda sanada tanto físicamente como de la fiebre del mal que tiene postrado y en su poder al ser humano y lo incapacita a obrar el bien.

La liberación que trae Jesús abarca “todo nuestro ser”, nos suelta de todas las cadenas, nos hace sus discípulos y nos capacita a poner nuestra vida al servicio del Reino de Dios.

Al atardecer de ese mismo día, terminado el descanso sabático, la gente sale en masa de sus casas y lleva enfermos y endemoniados donde Jesús, y él los sana a todos manifestado su poder de salvación. La mañana siguiente, antes del amanecer, Jesús se retira a un lugar desierto para orar y entrar en diálogo y comunión total con el Padre, pero no puede quedarse a solas, porque lo busca mucha gente ansiosa de ser liberada de sus males. Jesús, consciente de la misión que le espera les dice: “Vayamos a otra parte a predicar, porque para eso he salido”.

 El celo por el anuncio de la Buena Noticia de la salvación, es lo que anima también a San Pablo a entregar toda su vida a la misión: “¡Ay de mi si no predicara el evangelio!… Todo lo hago per el EvangelioMe hice todo para todos”, una entrega total, para ganar cuanta más gente posible a los bienes del Reino de Dios.

El testimonio de Jesús y de Pablo es un fuerte llamado para que cada uno de nosotros tome conciencia de que la vocación cristiana nos llama a comprometernos con la misión de anunciar el Evangelio y testimoniar a Jesucristo como nuestro Salvador. En nuestro mundo de hoy, tan insatisfecho y en búsqueda de autenticidad y de sentido de la existencia humana, Jesús es la luz esperanzadora que da verdadero sentido al sufrimiento y a la muerte y la certeza firme que sostiene nuestra vida en todo momento, aun en las pruebas, el desconcierto y las desgracias.

Acoger el llamado de Jesús es posible, como nos testimonian un buen grupo de hermanos y hermanas catequistas que están en esta celebración, el inicio de la catequesis anual en nuestra Arquidiócesis. Ellos se han comprometido libremente a anunciar y testimoniar el Evangelio de Jesús a los niños y jóvenes, a acompañarlos en su proceso de formación cristiana, para que crezcan en el conocimiento de la Palabra de Dios, en la vivencia de la fe y en la participación de la comunidad eclesial. Les agradecemos su testimonio generoso y gratuito, y les acompañamos con nuestro afecto y oración en el cumplimiento de su misión.

Su ejemplo nos recuerda que todos hemos sido llamados por Jesús a anunciarlo y dar testimonio de él, en todo tiempo y circunstancias de la vida, también en el tiempo de carnaval. Estos días deberían ser ocasión para una sana diversión en familia, entre amigos y vecinos en alegría y en el respeto mutuo.  Por tanto, en la diversión debería imponerse la moderación, nada de gastos exagerados, de borracheras,  de desenfrenos y excesos que perjudican a la salud, provocan degradación moral, violencia, peleas y daños a bienes públicos y privados, y desvirtúan el sentido mismo de esta fiesta popular.

Tampoco dejémonos distraer de los problemas sociales y políticos que nos asechan, ni nos olvidemos de tantos hermanos sufridos a causa de las inundaciones que han afectado gravemente varias regiones de nuestro país. Que estos días sean una verdadera expresión cultural y recreativa, vividos en alegría, unión y fraternidad entre todos. Amén.

*Oficina de prensa de la Arquidiócesis de Santa Cruz.

Graciela Arandia de Hidalgo



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