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jueves 18 enero 2018
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Es inadmisible que un Estado descuide a la familia e imponga leyes en contra de la vida

«La familia es el núcleo natural y fundamental de la sociedad y tiene derecho a ser protegida por la sociedad y el Estado», porque “expresión de la ley natural y universal presente en la mente y el corazón de todos los seres humanos“.

Este Domingo la Iglesia celebramos la fiesta de la Sagrada Familia, la familia de Jesús, María y José, el hogar en el que el Señor “creció en sabiduría, estatura y en gracia”.

El hecho de que el Hijo de Dios al hacerse uno de nosotros, quiso contar con una familia terrenal, con una madre y un padre, es la reafirmación de que la institución de la familia no es una invención humana, sino que es parte del proyecto inicial de Dios, que quiere que todo ser humano que llegue a este mundo, pueda nacer en el seno de una familia fundada sobre el matrimonio, expresión del amor mutuo y exclusivo entre un varón y una mujer.

A la familia de Jesús, le llamamos “Sagrada o Santa” porque constituida por voluntad de Dios y dedicada totalmente a Él, actúa y se rige por sus preceptos en fidelidad a la alianza de amor. José y María, son personas creyentes que participan de la comunidad religiosa judía y cumplen los mandatos de la ley, como nos dice el evangelio de hoy. Ellos, desde la primera presentación del niño Jesús en el templo de Jerusalén, se encargan de su educación humana y religiosa, lo introducen progresivamente a la vida de la comunidad y lo ponen en el camino de su vocación.

De esta manera la familia de Nazareth, se ha vuelto modelo de cada familia cristiana, ejemplo de comunión y amor, de armonía y paz entre sus miembros. Es la pequeña iglesia doméstica donde los padres se convierten en los primeros maestros y testigos de la fe para sus hijos y participan con ellos en la vida de la comunidad eclesial y donde los hijos aprenden a conocer a Dios y a Jesucristo, aprenden a orar y a vivir como buenos cristianos.

En esta desafiante tarea, la familia que tiene también sus límites, no puede estar sola, por eso, necesita la ayuda de la familia más grande que es la Iglesia, participando de su vida, acercándose a la palabra de Dios y a los sacramentos de la gracia. La participación en la comunidad es tanto más necesaria hoy ante la grave crisis que vive la familia que la afecta en su integridad e identidad: familia erosionada por el egoísmo, la infidelidad, las separaciones, el amor libre, el irrespeto mutuo, la incomunicación, el machismo, la rutina y la hostilidad.

Todo esto se debe a la cultura dominante, marcada por una concepción individualista, relativista y hedonista de la vida, que ha herido gravemente al matrimonio estructura portante de la familia, impulsando modelos totalmente ajenos al plan inicial de Dios y a nuestras culturas originarias y ancestrales.

 

Por eso, para toda familia cristiana hoy se vuelve un imperativo urgente presentar las razones y las motivaciones para que las jóvenes generaciones opten por el matrimonio y la familia según el plan de Dios, de manera que estén mejor dispuestas a responder a la gracia que Él les ofrece. La gracia de una familia que se estructura sobre el matrimonio, alianza de amor que brota de la opción libre, consciente y única entre una mujer y un varón, a imagen del amor fiel de Dios para con la humanidad y del amor de Jesús con la Iglesia. Amor de comunión entre esposos y abierto a la vida que se expresa en gestos concretos de mutua ayuda, compasión, misericordia y perdón.

Pero, la institución familiar no debe ser motivo de preocupación sólo por parte de la Iglesia, sino también de la sociedad, en cuanto su célula primera y vital, como afirma la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

«La familia es el núcleo natural y fundamental de la sociedad y tiene derecho a ser protegida por la sociedad y el Estado», porque “expresión de la ley natural y universal presente en la mente y el corazón de todos los seres humanos“.

Como fundamento de la sociedad, la familia tiene la misión prioritaria e ineludible de ser la primera educadora de los hijos, también en los ámbitos humano y social. La familia forma a sus miembros como personas,  educa a vivir bajo una ley común, une a sus miembros, capacita a interrelacionarse en base a los valores humanos de la igualdad, el respeto recíproco y la solidaridad, ofrece la experiencia del bien común, favorece la convivencia, impide el individualismo y permite tener experiencias determinantes de paz.

La sociedad no puede prescindir de este servicio que presta la familia. Nadie, ni siquiera el Estado, puede arrebatar esta potestad a la familia porque estaría vulnerando gravemente su libertad y sus derechos originarios.

Más bien, el Estado tiene la obligación de priorizar a la familia en sus políticas, de estar atento y responder, entre otras, a las necesidades de la vivienda, del trabajo, de la educación, de la asistencia sanitaria accesible a todos y de la defensa de los niños por nacer. Es inadmisible que un Estado descuide a la familia, imponga leyes en contra de la vida desconozca, su derecho de educar a los hijos y debilite la institución familiar dando el mismo valor legal a otras formas de convivencia. Si la familia está en peligro, también peligra la sociedad.

Al respecto, tendríamos que preguntarnos con sinceridad si, tantos problemas que vivimos en nuestro país, como la falta de valores éticos y morales, la violencia creciente, la corrupción, el narcotráfico y la débil democracia, no dependen prioritariamente de la fragilidad y disgregación de nuestras familias. Todos, Estado, instituciones civiles, sociales, religiosas y educativas, y medios de comunicación social, tenemos la responsabilidad de defender a la familia, de hacer conocer sus esperanzas y derechos, a fin de que cumpla con su rol insustituible para la vida y el bienestar de las personas y de la sociedad.

Ojalá fuera este el compromiso de todos al iniciar el año nuevo que acogemos esta noche entre fiestas de baile, abundancias de comidas y bebidas, felicitaciones, abrazos y augurios de buena suerte. Siguiendo la tradición y asumiendo nuevas modas, se disparan cohetes, se ponen prendas de colores determinados, se comen doce uvas, se carga con una maleta, se consulta al horóscopo, a la cábala y a brujos. Pero, ¿todo esto traerá buena suerte en el 2018? ¡No! La suerte es ciega y nuestra vida solo está en manos de Dios. Todo lo demás es pura charlatanería.

Si queremos de verdad un año nuevo bendecido por Dios, debemos dar gracias a Dios por lo mucho que nos ha dado a lo largo del 2017 y poner bajo su mirada providente el que está por iniciar. El 2018 será bueno, si nosotros nos convertimos en hombres nuevos en Cristo, si nuestros hogares, como la Sagrada Familia, anunciamos el Evangelio de la familia, si testimoniamos la alegría y belleza de un hogar creyente, si somos solidarios con los hermanos más pobres y marginados y si nos comprometemos en favor de una sociedad justa, fraterna y en paz. Feliz Año Nuevo de reconciliación y paz para cada uno de nosotros, nuestras familias y todo nuestro País. Amén

Graciela Arandia de Hidalgo



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