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viernes 15 diciembre 2017
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«Ser misionero es dar testimonio del Reino de Dios y de su justicia en los lugares donde se vive la pobreza y la injusticia»

José Cervantes Gabarrón es un sacerdote murciano que, desde hace quince años, ejerce de misionero en Bolivia, donde todo el mundo le conoce como padre Pepe. Allí, en la ciudad de Santa Cruz de la Sierra, trabaja como vicario de la Parroquia de Cristo Misionero y como director del proyecto Oikía. Este es un centro de acogida para niños de la calle con el que, desde hace años, colaboran Cáritas Española y varias Cáritas Diocesanas de nuestro país.

Con él hemos hablado de la vocación que le ha llevado al otro lado del mundo, de su experiencia sacerdotal y vital en América Latina y las personas con las que trabaja y que son el centro de su misión.

¿Cuándo y cómo apareció tu vocación misionera?

Este año he cumplido 37 años de sacerdote, y 15 como misionero. Mi vocación misionera va íntimamente ligada a la sacerdotal. Desde siempre he sentido la llamada de Dios a la vida misionera. Desde los tiempos de mi formación en el seminario se fue cultivando esta singular llamada.

En los primeros años me dediqué al estudio de la Biblia y después a la docencia, pero ha sido en la madurez de mi vida sacerdotal cuando se ha hecho posible la opción misionera sin abandonar la del estudio y enseñanza de la Sagrada Escritura.

¿Cómo calificarías la tarea de un misionero?

Ser sacerdote misionero es responder a la llamada de Dios que me envía a un seguimiento radical de Jesucristo, comprometiendo mi vida en la forma de vida que Él tuvo y en la misión que Él desempeñó: anunciar el Evangelio a toda persona, especialmente a los más pobres del mundo; dar testimonio del Reino de Dios y su justicia, y entregar la vida a los demás, siempre con la mirada puesta en los últimos de esta sociedad, los marginados y los excluidos.

Creo que ser misionero es vivir tan apasionadamente la alegría del Evangelio que no puedo vivir si no lo anuncio. Para mí es urgente ir a otros países donde se vive en la pobreza y la injusticia para dar a conocer a Jesucristo y su mensaje de liberación a los oprimidos y a los que sufren, y para hacerles saber que la fuerza del Evangelio es capaz de transformar este mundo injusto y desigual en un mundo de hermanos y en una sociedad mejor, donde desaparezca la injusticia.

¿Cuál ha sido tu experiencia misionera en estos años?

Estoy en la parroquia de Cristo Misionero, de la ciudad de Santa Cruz, soy profesor de Biblia en el Seminario San Lorenzo y colaboro con toda la Iglesia de Bolivia en múltiples proyectos de formación y de acción misionera. Pero el proyecto principal con el que estoy plenamente comprometido es Oikía. Yo vivo en la Casa Oikía con niños de la calle, donde les atendemos e intentamos que salgan adelante con dignidad. Oikía es la obra social misionera más relevante que he creado. Es una obra social de la Iglesia Arquidiocesana de Santa Cruz, que ya lleva funcionando diez años y por la que han pasado unos 330 chicos.

Esta casa no sería posible sin el apoyo de los obispos de Santa Cruz y sin la colaboración de todos los voluntarios que han pasado por ella. Tengo que mencionar al mejor artífice de Oikía que ha sido Daniel De La Traba, educador social, que ha estado ocho años en esta casa. Y tampoco sería posible sin el apoyo que recibo desde España por parte de instituciones como

Cáritas y de muchísimas personas a través de la Asociación de Ayuda a los Niños de Bolivia.

Supongo que has visto realidades muy duras.

¿En algún momento has pensado en volver a España? ¿Qué te anima a continuar en esta tarea?

La realidad de abandono y pobreza en la que se encuentran los niños en situación de calle es muy dura. Es la secuela más negativa de la gran desestructuración de la familia en Bolivia.

Esto se da, además, en un contexto de pobreza que en nuestro barrio se hace aún más agudo. Bolivia sigue siendo el país más pobre de Sudamérica, y hablo de pobreza económica y cultural. Hay que trabajar en los dos frentes, el de la atención a los más necesitados y el de la educación que permita ir transformando la conciencia social hacia la vivencia de los grandes valores que emanan del Evangelio: el amor, la justicia, la paz, la verdad, el perdón, la gratuidad, el respeto, el diálogo y la responsabilidad personal. Es la gran tarea de la misión evangelizadora que contribuirá a un cambio profundo, aunque lento, de la sociedad boliviana.

A esta misión de la Iglesia quiero dedicarme por entero hasta que me aguanten las fuerzas.

Lo que me anima a ello es mi fe, una gran confianza en Dios y la humildad: Cada día hay que trabajar como si todo dependiera de ti y luego dejarlo en manos de Dios como si todo dependiera de Él.

¿Qué es lo mejor de la vida misionera y lo más difícil?

Lo mejor es la alegría permanente en el ejercicio del ministerio sacerdotal. Ser testigo de Jesucristo con la palabra y con la vida es una gracia que nos permite unirnos cada vez más a Él, con la dicha propia de las Bienaventuranzas. Además de esto, otra de las grandes alegrías es ver cómo nuestros chicos en la casa de Oikía salen adelante. Tanto los pequeños logros de cada día como los procesos de recuperación de su vida constituyen siempre una gran alegría. Lo más difícil es cuando un chico se va de la casa por su propia voluntad sin haber cumplido los objetivos y vuelve a la calle y a una realidad durísima.

¿Qué ha supuesto esta vida de servicio para ti a nivel humano y espiritual?

Desde el punto de vista humano trabajar con los niños de la calle ha supuesto entrar de lleno en una de las situaciones límite de la vida humana en el mundo actual. La frase que cambió mi vida cuando se la escuché al primer chico de la calle que atendí fue: «Padre, yo no tengo a nadie en el mundo». Compartir la vida con estos chicos supone hacerse solidario con una de las experiencias más duras de pobreza y marginación social y comprometerse hasta el fondo.

Espiritualmente esta experiencia me permite estar unido permanentemente a la Pasión de Cristo, que es la clave de la transformación y de la regeneración de mi vida. La Pasión de

Cristo consiste en afrontar todo tipo de sufrimiento, incluido el sufrimiento injusto, haciendo siempre el bien, por amor a Dios y a los pobres.

¿Cómo es el trabajo con Cáritas?

Caritas Española y las conexiones establecidas a través de ella en las Cáritas Diocesanas de Madrid, Canarias, Murcia, Ciudad Real y Jaca están prestando una ayuda maravillosa a la obra que llevamos a cabo en Oikía los niños de la calle.

Las ayudas recibidas en estos últimos años han sido imprescindibles para sacar adelante nuestro proyecto. Y creo que estamos cumpliendo con todos los objetivos del ejercicio de la caridad en el espíritu eclesial, misionero y evangelizador propios del espíritu de Cáritas.

Nuestra relación con Cáritas es de verdadera comunión [la koinonía del Nuevo Testamento], pues no solo colaboramos en el aspecto económico sino que hemos creado vínculos de fraternidad, mediante el conocimiento mutuo y la relación personal. Esto nos ha permitido vivir esa comunión de forma viva, activa y dinámica, con intercambios frecuentes de comunicación.

¿Cuáles son tus planes de futuro y tus esperanzas para los niños con los que trabajas?

Mis planes de futuro son continuar con las actividades que forman parte de mi misión y mejorar todo lo posible el trabajo que llevamos a cabo con los chicos en Oikía. Entre otras cosas, la más inminente es realizar un proyecto de viviendas individuales para los chicos mayores con el fin que puedan empezar a vivir con autonomía personal, aunque acompañados por algún educador de nuestra casa.

Revista Cáritas: Gema Martín. Cáritas Española. Fotos: Centro Oikía.

Graciela Arandia de Hidalgo



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