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jueves 23 noviembre 2017
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De Pablo VI a Francisco

Hacia la cumbre de 2018. 50 años después de la Conferencia de Medellín las Iglesias latinoamericanas rediseñan el futuro a la luz del magisterio de Francisco.

Entre el 23 y el 26 de agosto de 2018 en la ciudad de Medellín, que recibió la visita del Papa Francisco el 9 de septiembre pasado, las Iglesias latinoamericanas, concretamente las 22 Conferencias Episcopales y diversos organismos de coordinación eclesial regional, celebrarán el 50 aniversario de la Segunda Conferencia general del Episcopado latinoamericano que se llevó a cabo en esta ciudad, pero que fue inaugurada por el Papa Pablo VI en la ciudad de Bogotá el 24 de agosto de 1968 con una homilía magistral, que se recuerda como “La triple dirección”. El Papa Montini, el primero que visitó estas jóvenes iglesias y pueblos, viajó a Colombia para presidir el Congreso Eucarístico Nacional, pero sobre todo para dar mayor solemnidad con su presencia y su magisterio al encuentro episcopal, el primero que se realizaba después de 1955 en Río de Janeiro, cuando se constituyó el CELAM (Consejo Episcopal Latinoamericano). Por otra parte, el viaje papal se dio en un contexto de otros eventos importantísimos que tuvieron consecuencias radicales y profundas en la región latinoamericana: el Concilio Ecuménico Vaticano II, que terminó en 1965, y la publicación de la Encíclica Populorum Progressio (1967). Hoy resulta posible reconocer que en aquel momento se produjo un quiebre, un punto de inflexión que separa con claridad una Iglesia latinoamericana “antes” y “después” de Medellín. En la misma sede del Seminario de Medellín donde se llevó a cabo la famosa Segunda Asamblea general (24 de agosto al 5 de septiembre de 1968) se reunirán dentro de un año, medio siglo después, decenas de pastores, estudiosos, laicos, sacerdotes, religiosas y huéspedes extranjeros, para recapitular la situación actual a la luz del magisterio de los cuatro Papas que sucedieron en la Cátedra de Pedro a Pablo VI. Especialmente, como han escrito los organizadores del encuentro, a la luz del magisterio del Papa Francisco.

Muchos recuerdan hoy, y así ocurrió siempre en las últimas décadas, ciertos conceptos de aquella Conferencia general que en el ámbito mediático se convirtieron en un cliché: opción preferencial por los pobres y denuncia de la violencia institucionalizada. Es cierto, las reflexiones, documentos y conclusiones de la Conferencia hicieron insistente referencia a estas cuestiones. Pero la hicieron dentro de una elaboración teológica y pastoral compleja, rica, densa y profundamente fiel al magisterio de Pablo VI. Lamentablemente los lectores apresurados y superficiales de siempre, así como una visión muy europeísta que, queriendo polemizar con el papado se valió de ellas, terminaron muchas veces imponiendo esquemas y razonamientos preconcebidos para apoyar, en el campo de la naciente Teología de la Liberación, determinadas elaboraciones de algunos grupos o tendencias que gradualmente se fueron alejando cada vez más de la letra y del espíritu de Medellín.

El encuentro de 2018 tendrá un momento importante precisamente en la aclaración, a cinco décadas de distancia, de este paso que para los católicos de la región, para las jerarquías y las comunidades eclesiales, significó momentos de grandes sufrimientos, sobre todo cuando en el gobierno central de la Iglesia pensaron y decidieron que era hora de “poner orden en las Iglesias latinoamericanas y normalizar las situaciones rebeldes, dispersivas y contrarias a la doctrina”. En buena medida ese espíritu y estilo se impusieron desde Roma en las sucesivas Conferencias generales: la Tercera (Puebla, México, 1979) y la Cuarta (Santo Domingo, República Dominicana, 1992). La Quinta, en Aparecida, Brasil (2007), presidida por el Papa Benedicto XVI, concluyó con un gesto papal revolucionario: el Pontífice autorizó la inmediata publicación de las conclusiones sin esperar una revisión de los dicasterios vaticanos. En el caso de las Conferencias anteriores esta revisión para conceder el nulla osta definitivo para la publicación del documento final había demorado casi un año.

En 2018, según el documento del Celam que anuncia la iniciativa, durante los días del evento se tratará de “conmemorar y proyectar el mensaje de Medellín como un eje clave de la Iglesia en el continente, en diálogo con la Iglesia universal. De esta forma, se examinará la presencia de la Iglesia en la actual transformación de América Latina y el Caribe… Más aún, se pretende celebrar el acontecimiento Medellín en diálogo con otras instituciones de la Iglesia, respetando el pluralismo y buscando la convergencia. Interesa identificar las grandes intuiciones teológicas y pastorales de Medellín, particularmente oportunas y necesarias en este momento de la historia”. “Para realizar este congreso es necesario examinar la situación de América Latina hoy” concluyen los organizadores, y por último subrayan que es necesario y urgente identificar “los desafíos de la trasformación que exige el continente y los aportes de Medellín que siguen siendo válidos y proféticos en el tiempo presente”.

Resulta evidente que el alcance de la iniciativa, su espíritu y aliento, hará que este encuentro sea mucho más que cualquier otro encuentro eclesial latinoamericano. Los temas, las celebraciones, el papado de Jorge Mario Bergoglio y algunos de sus documentos fundamentales, el momento histórico que vive la región, darán al Congreso de Medellín una trascendencia verdaderamente relevante. Ya resultaba evidente que era necesario. Desde 1968 nunca se había hecho un balance histórico o un análisis orgánico general, ni mucho menos una confrontación con los tiempos y dinamismos sucesivos al encuentro deseado e inaugurado por Pablo VI.

El día de la apertura, Pablo VI trazó “tres direcciones” (espiritual, pastoral y social) y hoy, medio siglo después, hay muchas preguntas que esperan respuesta y que en varios casos se retoman en la Evangelii gaudium del Papa Francisco. Para el evento, por otra parte, se espera un importante mensaje del Santo Padre.

Espiritual. No podemos eximirnos de la práctica de una intensa vida interior. No podemos anunciar la palabra de Dios sin haberla meditado en el silencio del alma. No podemos ser fieles dispensadores de los misterios divinos sin habernos asegurado antes a nosotros mismos sus riquezas. No debemos dedicarnos al apostolado, si no sabemos corroborarlo con el ejemplo de las virtudes cristianas y sacerdotales.

Pastoral. Nos parece oportuno llamar la atención a este respecto sobre dos puntos doctrinales: el primero es la dependencia de la caridad para con el prójimo de la caridad para con Dios. Conocéis los asaltos que sufre en nuestros días esta doctrina de clarísima e incontestable derivación evangélica: se quiere secularizar el cristianismo (…).El otro punto doctrinal se refiere a la Iglesia institucional, confrontada con otra presunta Iglesia llamada carismática, como si la primera, comunitaria y jerárquica, visible y responsable, organizada y disciplinada, apostólica y sacramental, fuese una expresión del cristianismo ya superada, mientras la otra, espontánea y espiritual, sería capaz de interpretar el cristianismo para el hombre adulto de la civilización contemporánea y de responder a los problemas urgentes y reales de nuestro tiempo.

Social.

– Recordamos, ante todo, que la Iglesia ha elaborado en estos últimos años de su obra secular, animadora de la civilización, una doctrina social suya, expuesta en documentos memorables que haremos bien en estudiar y en divulgar.

– Las testificaciones, por parte de la Iglesia, de las verdades en el terreno social no faltan: procuremos que’ a las palabras sigan los hechos. Nosotros no somos técnicos; somos, sin embargo, Pastores que deben promover el bien de sus fieles y estimular el esfuerzo renovador que se está actuando en los Países donde se desarrolla nuestra respectiva misión.

– Considerándolo todo bajo la luz cristiana que nos hace descubrir al hombre en el puesto primero y los demás bienes subordinados a su promoción total en tiempo y a su salvación en la eternidad.

– De todas formas, la Iglesia se encuentra hoy frente a la vocación de la Pobreza di Cristo. Existen en la Iglesia personas que ya experimentan las privaciones inherentes a la pobreza, por insuficiencia a veces de pan y frecuentemente de recursos; sean confortadas, ayudadas por los hermanos y los buenos fieles y sean bendecidas. La indigencia de la Iglesia, con la decorosa sencillez de sus formas es un testimonio de fidelidad evangélica; es la condición, alguna vez imprescindible, para dar crédito a su propia misión; es un ejercicio, a veces sobrehumano de aquella libertad de espíritu, respecto a los vínculos de la riqueza, que aumenta la fuerza de la misión del apóstol.

– Si nosotros debemos favorecer todo esfuerzo honesto para promover la renovación y la elevación de los pobres y de cuantos viven en condiciones de inferioridad humana y social, si nosotros no podemos ser solidarios con sistemas y estructuras que encubren y favorecen graves y opresoras desigualdades entre las clases y los ciudadanos de un mismo País, sin poner en acto un plan efectivo para remediar las condiciones insoportables de inferioridad que frecuentemente sufre la población menos pudiente.

*Por Luis Badilla

*Fuente: http://www.tierrasdeamerica.com

 

Erwin Bazán Gutiérrez



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