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jueves 23 noviembre 2017
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Perseverar en el seguimiento de Jesús y no dejar apagar la llama dela fe,dice Monseñor Sergio

“Nosotros nos podemos ver reflejados en esas jóvenes-de la parábola-, algunos tienen el aceite de reserva para perseverar en el seguimiento a Jesús, pero otros, después del entusiasmo inicial, dejan apagar la llama de la fe”.

En su homilía de este domingo 12 de noviembre desde la Catedral Metropolitana, el Arzobispo de Santa Cruz, Monseñor Sergio Gualberti, aseguró que “En el Evangelio Jesús, a través de la parábola de las diez jóvenes invitadas a un banquete de matrimonio, presenta a la Sabiduría como el don que nos abre las puertas del Reino de Dios siguiendo el camino de Jesús.

En la parábola “Jesús avisa en seguida que cinco muchachas eran necias y cinco “sabias”; estas últimas fueron al banquete con una provisión de aceite mientras que aquellas no” recordó Monseñor a tiempo de señalar que “Nosotros nos podemos ver reflejados en esas jóvenes, algunos tienen el aceite de reserva para perseverar en el seguimiento a Jesús, pero otros, después del entusiasmo inicial, dejan apagar la llama de la fe”.

En ese sentido, Monseñor Sergio recordó la advertencia de Jesús al final de la parábola “Estén despiertos porque no saben el día ni la hora”. Es el llamado a ser previsores, fieles y constantes durante la espera de la llegada del Señor en nuestra vida, a estar preparados, a acogerlo en nuestro corazón y en nuestra existencia, para que no encontremos la puerta cerrada: “Les aseguro que no las conozco”.

Al final de su homilía, el Arzobispo de Santa Cruz invitó que “vivamos como las jóvenes sabias, vigilantes y activos, optemos por una vida feliz dando testimonio cada día de los verdaderos valores del amor y de la fe en el Señor. No seamos como las cinco jóvenes necias, no hagamos de nuestra vida un carnaval, no caigamos en el aburrimiento y el vacío de una vida superficial encandilada por los ídolos del poder, el dinero, el prestigio, el sexo y el consumismo”.

HOMILÍA DE MONSEÑOR SERGIO GUALBERTI, ARZOBISPO DE SANTA CRUZ DE LA SIERRA

DOMINGO 12 DE NOVIEMBRE DE 2017.

Estamos acercándonos al final del año litúrgico y la Palabra de Dios de este domingo presenta a la  Sabiduría divina que proyecta su luz sobre preguntas fundamentales del hombre, sobre el sentido de la fe, de la vida y de la muerte.

Es lo que nos dice la primera lectura que hemos escuchado, al subrayar el inestimable de la  Sabiduría, atributo propio del ser de Dios. Por eso, nos invita a buscarla, a optar por ella y amarla como la luz permanente que nos libera de inquietudes y turbamientos y que nos da serenidad y paz.  Lo que nos asombra  es que, con tan solo desearla, podemos poseerla: “La encontrará sentada a su puerta…”,  más aún, ella misma va al encuentro de quien la busca: “se les aparece con benevolencia en los caminos y les sale al encuentro”.

Es la Sabiduría unida al Espíritu de Dios que se hace don para nosotros, para alcanzar el conocimiento siempre más profundo y coherente de la verdad, a través de la búsqueda sincera. Es la Sabiduría que ha puesto orden en la creación, que ha formado al hombre como ser inteligente, que le ha hecho conocer los designios de Dios para gobernar al mundo con inteligencia y sapiencia y que guía los destinos del mundo

En el Evangelio Jesús, a través de la parábola de las diez jóvenes invitadas a un banquete de matrimonio, presenta a la Sabiduría como el don que nos abre las puertas del Reino de Dios siguiendo el camino de Jesús. Según la costumbre de Israel en ese entonces, en el día del matrimonio, las amigas de la novia tenían que esperar, con las lámparas encendidas, al novio que llegaba al anochecer, para introducirlo a la sala de la fiesta nupcial y luego celebrar juntos la fiesta.

Jesús avisa en seguida que cinco muchachas eran necias y cinco “sabias”; estas últimas fueron al banquete con una provisión de aceite mientras que aquellas no. Nosotros nos podemos ver reflejados en esas jóvenes, algunos tienen el aceite de reserva para perseverar en el seguimiento a Jesús, pero otros, después del entusiasmo inicial, dejan apagar la llama de la fe.

La lámpara representa a la verdadera Sabiduría de Dios, la luz de la fe que recibimos en los sacramentos del Bautismo y de la Confirmación, que nos ilumina y guía por las sendas de la vida.

El aceite es el que alimenta el ardor de la fe que nos hace vivir alegres y luminosos, el signo de los medios concretos que nos  guardan firmes en seguimiento de Jesús; los sacramentos de la gracia, la palabra de Dios, la oración, las obras de bondad, de justicia y de paz y todo lo que comunica vida a los demás.

El novio es Jesús resucitado que, después de su regreso al Padre, volverá glorioso al final de la historia para liberarnos definitivamente del mal y hacernos partícipes de su vida eterna. Pero “el novio se hacía esperar” y las muchachas se quedaron dormidas. Con estas palabras Jesús nos indica que nosotros no sabemos cuándo será su regreso, por eso hay que estar atentos y vigilantes.

El esposo llega, salgan a su encuentro!” es el grito que de pronto se eleva en plena noche. Llamados a despertar del sueño de la indiferencia y del ego, a salir de nuestras seguridades y cerrazones, miedos e incertidumbres y de la oscuridad del pecado, para ir al encuentro del Señor. “Salir” es una de las figuras más hermosas de la existencia humana, es la constante renovación y apertura hacia el encuentro con Dios y hacia los hermanos.

Toda la existencia humana es un “salir” desde el momento en que salimos del vientre de nuestra madre para ir al encuentro de la luz, del sol y de la vida, hasta la salida para el encuentro definitivo con Dios.

Terminada la parábola, Jesús hace una advertencia: “Estén despiertos porque no saben el día ni la hora”. Es el llamado a ser previsores, fieles y constantes durante la espera de la llegada del Señor en nuestra vida, a estar preparados, a acogerlo en nuestro corazón y en nuestra existencia, para que no encontremos la puerta cerrada: ”Les aseguro que no las conozco”.

Palabras duras que a nadie le gustaría escuchar al final de su vida, sin embargo, Jesús no quiere asustarnos respecto a lo que pasará al final de nuestra vida, por el contrario quiere que comprendamos el valor del tiempo presente, el único que Dios nos dado para construir un futuro de eternidad. Esto implica comprometernos con la manifestación del reino de Dios aquí y ahora, trabajar por un mundo mejor, más justo, solidario y en paz, y vivir nuevas relaciones de amor filial con el Señor y de amor fraterno con los demás.

Cada uno de nosotros y cada comunidad eclesial, tenemos que reconocer el valor del tiempo presente como don del amor Dios, y hacer que produzca frutos de bien en el horizonte de gozo y esperanza de “cielos nuevos y tierra nueva”, que se nos abrirán a nuestra última salida de esta vida terrenal.

Entonces, la muerte ya no nos asustará sino que se volverá el encuentro esperado y gozoso con Dios. Es el misterio de la vida que hemos celebrado en los días de Todos Santos, como expresa el texto de San Pablo en la segunda lectura: No queremos, hermanos, que vivan en la ignorancia acerca de los que ya han muerto, para que no estén tristes como los otros, que no tienen esperanza. Porque nosotros creemos que Jesús murió y resucitó: de la misma manera, Dios llevará con Jesús a los que murieron con él”.

Palabras llenas de sabiduría: los cristianos son los “que tienen esperanza”. Por eso, vivamos como las jóvenes sabias, vigilantes y activos, optemos por una vida feliz dando testimonio cada día de los verdaderos valores del amor y de la fe en el Señor. No seamos como las cinco jóvenes necias, no hagamos de nuestra vida un carnaval, no caigamos en el aburrimiento y el vacío de una vida superficial encandilada por los ídolos del poder, el dinero, el prestigio, el sexo y el consumismo.

Antes de terminar mis palabras de complacencia y ánimo a los catequistas presentes entre nosotros que participan del Seminario de Formación en clave catecumenal y de la misma manera felicitar a la Vida Consagrada de nuestra Arquidiócesis que ha preparado en la Plaza 24 de septiembre una Exposición, no de productos de mercado, sino la Expo Carismas, es decir de los dones que Dios ha sembrado en la vida de tantos hermanos al servicio de todo el pueblo de Dios. Al terminar la eucaristía, los hermanos y hermanas consagrados nos están esperando para compartirnos la alegría y sabiduría de haber optado radicalmente por Señor, el verdadero tesoro de su vida.

Ahora hagamos nuestra la oración del salmista, un hombre sabio y de fe, con un profundo anhelo de encontrar al Señor: “Mi alma tiene sed de ti, por ti suspira mi carne como tierra reseca y sin agua”. Amén.

Oficina de prensa de la Arquidiócesis de Santa Cruz.

 

Erwin Bazán Gutiérrez



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