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viernes 15 diciembre 2017
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¿Cómo amar de verdad a los demás, en un mundo que ya no lo entiende?

Existe un mecanismo que aporta equilibrio tanto a la bondad como a la verdad; sin él, nuestro esfuerzo es incompleto.

Vivo en un animado convento con más de 50 hermanas religiosas. Nuestra comunidad es grande y no escasean las oportunidades para hacer obras caritativas, ya sea al lavar los platos, escuchar pacientemente a otra hermana o recoger a alguien del aeropuerto. Sin embargo, con el tiempo, tras observarme a mí misma en la comunidad, me he dado cuenta de que cuando hago algo caritativo, a menudo es por alguna forma de interés propio.

Si observamos atentamente nuestra vida emocional interior —y si somos sinceros con nosotros mismos—, muchos nos percataremos de que a menudo hacemos cosas aparentemente cariñosas por motivos egoístas. Amamos para poder lograr reconocimiento de los demás, para gustar, para sentirnos superiores a otros, para sentirnos necesitados y para conservar amistades.

Realizamos actos de amor para recibir algo a cambio. Debido a que los actos caritativos pueden enmascarar tan fácilmente un amor egoísta, me he preguntado muchas veces: “¿Qué es la auténtica caridad cristiana?” y “¿Cómo puedo vivir el amor real?”.

Aprender cómo es la caridad cristiana ha sido una larga travesía para mí y, después de siete años en el convento, puedo decir que apenas he empezado a entenderla realmente. Una cosa que he comprendido es que no se parece a la idea secular y mundana que define el amor como una emoción dramática: el afecto no “daña” a nadie. Esta noción es incompleta y también es inherentemente imperfecta, porque está concebida como separada de y no relacionada con Dios.

Pero Dios es amor, así que el amor sin Dios, simplemente, no es amor.

Ya que el amor que vemos profesarse en el mundo está divorciado de Dios, a menudo termina faltándole verdad. Cuando al amor le falta verdad, entonces la bondad se convierte en el aspecto más vital del amor. El amor mundano es amable y tolerante con todo el mundo, excepto para quienes creen que al amor incluye corrección fraternal y una articulación de verdad moral objetiva; para ellos se reserva la mayor de las intolerancias.

En respuesta a esta visión incorrecta del amor, algunos cristianos enfatizan con razón que el amor desafía el comportamiento inmoral porque tiene el bien del prójimo en su centro. Por desgracia, este amor también se vuelve a menudo demasiado centrado estrictamente en la corrección, tanto que excluye otros aspectos de los frutos de la caridad, a saber: misericordia, gozo, paz, generosidad, amistad y comunión (ver CIC 1829).

Cuando los cristianos no viven la plenitud de los frutos de la caridad, se convierte en una fuente de auténtico escándalo y confusión para no cristianos y cristianos por igual. El escándalo de un amor cristiano incompleto hace que las personas de alejen de Jesús y las acerca a la visión parcial del amor del mundo exterior.

Toda la confusión en torno al amor es uno de los motivos por los que he tenido dificultades para vivir la virtud de la caridad en el convento. El énfasis del mundo en la amabilidad a menudo me conduce a preguntarme si me falta amor cuando soy “antipática”. Y el énfasis de algunos cristianos sobre la corrección fraternal me conduce a pensar que no estoy amando al prójimo si no le estoy corrigiendo constantemente.

Cualquiera de estas perspectivas, si le falta equilibrio, está incompleta, lo cual puede originar graves obstáculos para la vida espiritual. Por un lado, si tememos hacer sacrificios y nos desafiamos a nosotros mismos y a los demás, quizás nos encontremos que caemos en una falsa bondad y en un amor de comodidad que no se parece en nada al amor real. Por otro lado, si nos centramos en exceso en detallar los defectos de los demás en vez de amarlos, quizás nos volvamos sentenciosos.

Sin equilibrio, nos quedamos atrapados en nuestros instintos y nuestro amor se paraliza. Vivir solamente por la amabilidad es vivir superficialmente. Vivir por la verdad divorciada del amor —que no es en absoluto verdad— es terminar frustrado, sintiéndose incomprendido y aislado de los demás (y poco de lo que hacemos influye en el comportamiento de aquellos a quienes nos gustaría corregir).

En medio de esta confusión, el poder del Evangelio y de la gracia de nuestro Bautismo queda, en cierto modo, neutralizado, algo que debe complacer en gran medida al diablo.

Así que, la pregunta se me sigue presentando: “¿Cómo puedo vivir la auténtica caridad cristiana?”. ¿Cuál es el mecanismo que trae equilibrio tanto para la bondad como para la verdad?

Thomas Merton escribió una vez: “Nuestro crecimiento en Cristo es crecimiento en caridad”. A medida que los años pasan en el convento, una cosa ha quedado más clara: no puedo vivir la caridad real yo sola. Abandonada a mis propios medios, mis actos de amor a menudo enmascaran intenciones egoístas. Pero la virtud de la caridad es una participación en el amor de Dios mismo.

Crecer en la virtud es, pues, crecer en la vida de Dios. Hacer eso siempre implica rendir las preocupaciones o los intereses propios. Por consiguiente, rendirse es ese mecanismo que nos falta; nos ofrece el equilibrio necesario que autentica nuestra caridad cristiana. Solo la caridad desinteresada de uno mismo —de los sentimientos propios o de la necesidad propia de sentirse victorioso de alguna forma— puede ser realmente “verdadera”.

El amor exige un acto de voluntad, pero también requiere una rendición sincera y completa a la acción de Dios en nuestro interior. Esto desata la gracia. Lo que separa a una persona caritativa de otra que no lo es no es que una sea perfecta y la otra imperfecta: todos estamos rotos y somos egoístas de alguna forma. Sin embargo, cuando una persona ha hecho algo verdaderamente caritativo, es porque ha rendido sus “recipientes de barro” (2 Cor 4,7) sin esperar la gracia de Dios, de modo que pueda fluir libremente y obrar libre de cargas en ella, por el bien del prójimo.

Cualquiera puede ser caritativo con la ayuda de Dios. Cualquier puede convertirse en un conducto de gracia, a través de la caridad, ya sea esa caridad “bondadosa” o “correctora”. Requiere una rendición al equilibrio que Cristo ejemplifica para nosotros en el Evangelio, que nuestro amor se arraigue en la Verdad y que nuestra verdad se temple con Amor.

*Fuente: Aleteia.org

Erwin Bazán Gutiérrez



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