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viernes 15 diciembre 2017
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Mons. Sergio: “Es ser misioneros, salir a las calles al encuentro de los últimos y pobres y anunciar la Buena Noticia”

“El Señor ofrecerá a todos los pueblos sobre esta montaña un banquete de manjares suculentos”. Con la imagen de un banquete de manjares suculentos y de vinos añejos, el profeta Isaías anuncia la pronta instauración del designio de salvación de Dios en favor al pueblo de Israel y de todos los pueblos del mundo. Utiliza la imagen del banquete abundante, en la Biblia, símbolo de fiesta, de alegría, de compartir, de comunión y de vida, signo del Reino de Dios donde la muerte se transforma en vida, el llanto en alegría y la humillación en alabanza.

«Ahí está nuestro Dios, de quien esperábamos la salvación… ¡alegrémonos y regocijémonos de su salvación!». Alegría y gozo porque Dios se ha hecho presente para traer la salvación tan esperada, la liberación, la vida en abundancia, la unidad, el gozo, la fraternidad y la paz.

Isaías anuncia así la llegada del Mesías, el enviado de Dios para llevar a pleno cumplimiento la buena noticia del reino de Dios a través de su palabra y de su actuación en favor de los pobres, los enfermos, los pecadores y todos los necesitados.

Es lo que confirma el evangelio de hoy, continuación de lo del Domingo anterior, donde Jesús se dirige a las autoridades civiles y religiosas del pueblo de Israel. Él presenta a la parábola de un rey que, al celebrarse la boda de su hijo, envió a sus siervos para invitar a personas escogidas. Sin embargo los invitados, no tomaron en cuenta su invitación “y se fueron, uno a su campo, otra a su negocio” y algunos llegaron al extremo de  apoderarse” de los servidores, los maltrataron y los mataron”.

Ante semejantes atrocidades, el rey envió a sus tropas que hicieron justicia con los asesinos e incendiaron la ciudad. Los distintos personajes de la parábola son simbólicos: el rey representa a Dios, que prepara la encarnación de su Hijo Jesús, sus bodas con la humanidad, los siervos son los profetas y los apóstoles que anuncian esa buena nueva, y los invitados son el pueblo judío que, por la Alianza, era el primer destinatario del plan de salvación.

Dios, a lo largo de toda la historia de la Alianza, a través de los profetas, mantuvo viva la esperanza de la salvación en su pueblo, sin embargo como respuesta se chocó con su indiferencia, hostilidad y rechazo, llegando, en algunos casos, a la eliminación de los profetas de una manera trágica y cruel. Con esta oposición radical, el mismo pueblo elegido se fue excluyendo voluntaria y conscientemente del banquete del Reino de Dios.

Sin embargo, el plan de vida de Dios no se anuló ni se detuvo, por el contrario se abrió a nuevos destinatarios: “Salgan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren.”  Dios ahora hace extensiva a todo el mundo su invitación a participar, de forma gratuita y libre, en el banquete de la salvación. Su designio es fruto únicamente de su amor para con todos nosotros sus hijos sin ninguna distinción, y nadie puede esgrimir méritos algunos como entrada para el banquete.

Los servidores salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, buenos y malos”. Esta vez la invitación tuvo una respuesta muy favorable y la sala del banquete se llenó pronto.

Seguramente los que fueron al banquete eran personas que vivían en las calles, pobres, lisiados, ancianos, niños abandonados y personas marginadas de la sociedad de entonces como los publicanos y las prostitutas.

Sin embargo, aunque el banquete es gratuito para todos indistintamente, “buenos y malos”, no todo vale, hay que cumplir con un requisito indispensable: “Amigo, le dijo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta”. Asumir el traje de fiesta es reconocer el don de Dios que por misericordia y amor nos ofrece la oportunidad de una vida nueva como sus hijos amados, a pesar de nuestros pecados y debilidades.

Es ser misioneros, salir a las calles y cruces de los caminos al encuentro de los últimos y pobres y anunciar la Buena Noticia de que Dios, siguiendo con alegría los pasos de Jesús dando testimonio del traje de la caridad”, amando al prójimo, practicando la justicia y siendo solidarios con los pobres y necesitados.

Asumir estas exigencias evangélicas y traducirlas en la vida de cada día, es un programa exigente que no todos están dispuesto a tomar, como dice la sentencia de Jesús al finalizar la parábola: “Porque muchos son llamados, pero pocos son elegidos”. Todos nosotros en algún momento nos hemos encontrado o nos encontramos con la encrucijada de la vida. Nos sentimos confundidos y dudamos si aceptamos la invitación a ser parte del reino de Dios o la rechazamos para ocuparnos de nuestros antojos, intereses y negocios.

Tomemos conciencia de que no podemos pretender formar parte del Reino de Dios y al mismo tiempo conservar el modo de pensar y actuar de nuestro mundo de hoy, tampoco podemos llamar a Dios Padre, sin trabajar para que todos podamos vivir como hermanos. Éste es el traje de fiesta que Jesús nos pide: no un traje que nos separe y enfrente unos a otros, sino un traje que nos reconcilie y nos haga operadores de unidad y paz, tan necesarias y urgentes en nuestras familias y en nuestra sociedad.

Las palabras de Jesús esta mañana nos animan a que no escatimemos esfuerzos para pertenecer al número de los invitados al banquete, que nos pongamos en camino con generosidad aún con nuestras limitaciones y debilidades y podamos producir frutos sinceros de conversión y amor.

Pongámonos en las manos del Señor y participemos alegres del banquete de la vida abundante que nos ha preparado y nada nos hará falta, como proclama el salmo 22: “El Señor es mi pastor, nada me falta… tu bondad y tu gracia me acompañan a lo largo de mi vida… y habitaré en la casa del Señor por muy largo tiempo”. Amén

Graciela Arandia de Hidalgo



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