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sábado 21 octubre 2017
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El Papa en Santa Marta: vigilar para no caer en la mundanidad

(RV).- Sólo Cristo crucificado nos salvará de los demonios que nos hacen “resbalar lentamente hacia la mundanidad”, salvándonos también de la “necedad” – de la que habla San Pablo a los Gálatas –  y “de la seducción”. Lo afirmó el Papa en su homilía de la Misa matutina celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta, el segundo viernes de octubre. Francisco reflexionó con el Evangelio de San Lucas propuesto por la liturgia del día en que Jesús dice: “Si yo echo los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el reino de Dios ha llegado a ustedes”. El Pontífice exhortó asimismo a realizar un examen de conciencia, a las obras de caridad, “aquellas que cuestan”, pero que “nos conducirán a estar más atentos” y vigilantes para que no entren personajes “astutos”, es decir los demonios.

El Obispo de Roma explicó que el Señor “pide ser vigilantes”, para no caer en la tentación. Por esta razón el cristiano está siempre “en vela, vigila, está atento”, como un “centinela”. Y recordó que el Evangelio presenta la lucha entre Jesús y el demonio, a la vez que “algunos” decían que Cristo tenía el “permiso de Belcebú” para echar a los demonios. Mientras Jesús no relata una parábola, sino que “dice una verdad”: cuando el espíritu impuro “sale del hombre”, decide tomar “otros siete espíritus peores que él”, de manera que también la “condición de aquel hombre” se vuelva “peor que antes”. Y Francisco se detuvo en la palabra “peor”, para explicar que tiene “tanta fuerza” en ese pasaje, porque los demonios entran silenciosamente.

“Comienzan a formar parte de la vida. Incluso con sus ideas y sus inspiraciones, ayudan a aquel hombre a vivir mejor… y entran en la vida del hombre, entran en su corazón y desde dentro comienzan a cambiar a ese hombre, pero tranquilamente, sin hacer ruido. Es diverso, este modo es diverso del de la posesión diabólica que es fuerte: ésta es una posesión diabólica un poco ‘de salón’, digamos así. Y esto es lo que el diablo hace lentamente en nuestra vida, para cambiar los criterios, para llevarnos a la mundanidad. Se mimetiza en nuestro modo de actuar y nosotros, difícilmente nos damos cuenta de esto. Y así, aquel hombre, liberado de un demonio, se vuelve un hombre malo, un hombre oprimido por la mundanidad. Y esto es lo que quiere el diablo: la mundanidad”.

La mundanidad, por otra parte, es “un paso hacia adelante en la ‘posesión’ del demonio”, añadió el Santo Padre. Es un “encantamiento”, es la “seducción”. Porque él es el “padre de la seducción”. Y cuando el demonio entra “tan suavemente, educadamente y toma posesión de nuestras actitudes” – explicó – nuestros valores “van del servicio de Dios a la mundanidad”. Así se convierte en “cristianos tibios, cristianos mundanos”, con una “mezcla” – que el Papa definió un “popurrí” –  entre “el espíritu del mundo y el espíritu de Dios”. Todo esto “aleja del Señor” – agregó –  y reafirmó el tema de la “vigilancia”, sin “asustarse” y con “calma”.

“Vigilar significa comprender qué cosa pasa en mi corazón, significa detenerme un poco y examinar mi vida. ¿Soy cristiano? ¿Educo más o menos bien a mis hijos? ¿Mi vida es cristiana o es mundana? Y ¿cómo se puede comprender esto? La misma receta de Pablo: mirar a Cristo crucificado. La mundanidad sólo se comprende dónde está  y se la destruye ante la Cruz del Señor. Esta es la finalidad del Crucifijo ante nosotros: no es un ornamento; es precisamente lo que nos salva de estos encantamientos, de estas seducciones que te llevan a la mundanidad”.

Hacia el final de su reflexión el Papa exhortó a preguntarnos si miramos a “Cristo crucificado”, si hacemos “el Vía Crucis para ver el precio de la salvación” no sólo de los pecados “sino también de la mundanidad”.

“Después, como dije, el examen de conciencia, qué cosa sucede. Pero siempre ante Cristo crucificado. La oración. Y después, hará bien hacerse una fractura, pero no en los huesos: una fractura en las actitudes cómodas: las obras de caridad. Yo soy cómodo, pero haré esto, que me cuesta. Visitar a un enfermo, ayudar a alguien que tiene necesidad… no sé, una obra de caridad. Y esto rompe la armonía que trata de hacer este demonio, estos siete demonios con el jefe, para hacer la mundanidad espiritual”.

(María Fernanda Bernasconi – RV).

 

Graciela Arandia de Hidalgo



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