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sábado 21 octubre 2017
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Descuidamos la viña del Señor cuando con el pecado le decimos No a Dios y queremos hacer nuestra vida sin Él

“…nosotros nos portamos como esos viñadores y descuidamos la viña del Señor, cuando con el pecado decimos no a Dios, cuando nos guiamos por nuestra soberbia y orgullo y queremos hacer nuestra vida sin Dios, cuando no reconocemos a los demás como hermanos y cuando somos injustos y prepotentes”.

Ya en Santa Cruz después de haber participado de la visita Ad Limina en la Santa Sede, Monseñor Sergio Gualberti ha celebrado la Eucaristía dominical desde la Catedral Metropolitana.

Al comenzar la homilía, recordó las palabras del Papa Francisco para el pueblo boliviana y calificó la visita como “unos días inolvidables de gracia, de fe y comunión eclesial, en especial en el encuentro con el Papa Francisco”

Más adelante, el Prelado Cruceño centró su mensaje en la denuncia de parte de Jesús, con la “parábola de los viñadores homicidas”, dirigida a los jefes del pueblo. Dios es el viñador que “plantó la viña” y encargó a las autoridades, los viñadores, para que la cultivaran con esmero y diera frutos abundantes de justicia y fidelidad, pero en cambio desobedecieron y dieron muerte al hijo del viñador.

Monseñor señaló que también “nosotros nos portamos como esos viñadores y descuidamos la viña del Señor, cuando con el pecado decimos no a Dios, cuando nos guiamos por nuestra soberbia y orgullo y queremos hacer nuestra vida sin Dios, cuando no reconocemos a los demás como hermanos y cuando somos injustos y prepotentes”.

“Estas palabras del Evangelio valen también para toda situación social y en cualquier lugar: cuando los políticos, en nombre de una mal entendida laicidad del Estado, no actúan con autoridad moral y según los principios fundamentales de una ética humana universal, cuando no defienden la vida y la dignidad de la persona humana desde el primer momento de la concepción hasta la muerte natural, cuando no respetan a la libertad religiosa y de expresión, cuando no reconocen a la objeción de conciencia, cuando se aferran al poder en contra de la voluntad expresa del pueblo y cuando se enriquecen con prácticas corruptas con grave perjuicio para el país, en especial para los más pobres”.

 

HOMILÍA DE MONSEÑOR SERGIO GUALBERTI, ARZOBISPO DE SANTA CRUZ DE LA SIERRA

DOMINGO 8 DE OCTUBRE DE 2017.

BASÍLICA MENOR DE SAN LORENZO MÁRTIR.

Me alegra reencontrarme con todos ustedes en esta Eucaristía, a mi retorno de la Visita ad limina, en la que todos los obispos de Bolivia hemos vivido en Roma unos días inolvidables de gracia, de fe y comunión eclesial, en especial en el encuentro con el Papa Francisco. Ustedes ya habrán conocido su saludo para todo nuestro país, sin embargo, me parece importante que lo escuchemos juntos:

Primero que yo no me olvido de lo que viví en Bolivia, lo llevo en mi corazón. Segundo, que no tengan miedo que conserven la fe. La Iglesia no tiene compañía de seguro para la fe, o la aseguran ellos o la pierden. O sea que no se dejen engañar, conserven la fe. Y a los jóvenes que no se jubilen antes de tiempo,  vayan adelante con ideales. Que los recuerdo, que cuiden y conserven la fe, que no sean “quedatistas” que no se queden. Y todo esto a través de los Obispos que son los que responden al Papa y están  en comunión con el Papa y en los cuales el Papa se confía totalmente”. Tres veces repite: “Conserven la fe” y unidos a los obispos. De parte nuestra, todos los Obispos hemos expresado al Papa gratitud, plena comunión y total adhesión por su testimonio y empeño valiente en su esfuerzo para que la Iglesia responda a los grandes desafíos de hoy en fidelidad al Evangelio.

Pasamos ahora a la lectura del profeta Isaías y al Evangelio, que nos presentan la imagen del viñador y la viña, para expresar la Alianza de Dios con el pueblo de Israel, una amistad marcada de luces y sombras, de fe y de infidelidad. “Esperaba que diera uvas pero dio frutos agrios”, es el clamor de Dios ante la respuesta malagradecida de Israel elegido libremente como su pueblo y cuidado con amor a lo largo de toda su historia.

“¿Qué más se podía hacer por mi viña que yo no lo haya hecho? El esperó de ellos equidad, y hay efusión de sangre; esperó justicia y hay gritos de angustia”. En esta frase sentimos toda la decepción y tristeza de Dios ante su pueblo que, al alejarse de los preceptos divinos, fue instaurando un régimen idolátrico, injusto y opresor en el país, dejándolo dividido y a su merced.

En el evangelio también encontramos la misma denuncia de parte de Jesús, con la “parábola de los viñadores homicidas”, dirigida a los jefes del pueblo. Dios es el viñador que “plantó la viña” y encargó a las autoridades, los viñadores, para que la cultivaran con esmero y diera frutos abundantes de justicia y fidelidad.

Dios cuidó con mucho cariño a su pueblo enviando una y otra vez a lo largo de toda su historia a los profetas con la misión de mantener viva la Alianza, de hacer conocer su palabra y guiar con su mano providente el caminar del pueblo. Sin embargo, las autoridades y el pueblo rechazaron, persiguieron y hasta mataron a estos enviados de Dios. “Pero los viñadores se apoderaron de los siervos y a uno lo golpearon, a otro lo mataron y al tercero lo apedrearon”.

Dios, con un gesto de bondad humanamente inexplicable, envió por último a su Hijo, “Respetarán a mi hijo”, sin embargo, “los viñadores, al verlo, se dijeron: `Este es el heredero, vamos a matarlo para quedarnos con su herencia’. Y apoderándose de él, lo arrojaron fuera de la viña y lo mataron”. Con las palabras: “fuera de la viña”, Jesús preanuncia su trágica muerte en el Gólgota, fuera de la ciudad de Jerusalén.

El asesinato del Hijo es el culmen de toda una historia de rechazos a Dios, de oposición a su Reino y de infidelidad de parte de las autoridades a pesar de las apariencias de fieles cumplidores de los preceptos y mandamientos del Señor. Jesús, luego interpela directamente a los ancianos y autoridades: “¿Cuándo vuelva el dueño, que hará con esos viñadores?” Ellos responden sin dudar: ”Acabará con esos  miserables y arrendará la viña a otros!”.

Con esta respuesta ellos se están condenando a sí mismos, ya que son entre los que darán la muerte al Mesías. Por eso, ellos mismos se están excluyendo del Reino de Dios, de la salvación que Jesús vino a traer, de la que en cambio gozarán los últimos, los pobres y sencillos dispuestos  a acogerlo. “Por eso les digo que el Reino de Dios les será quitado a ustedes, para ser entregado a un pueblo que le hará producir sus frutos”.

Palabras muy fuertes de Jesús, que cuestionan nuestro actuar, cuando nosotros nos portamos como esos viñadores y descuidamos la viña del Señor, cuando con el pecado decimos no a Dios, cuando nos guiamos por nuestra soberbia y orgullo y queremos hacer nuestra vida sin Dios, cuando no reconocemos a los demás como hermanos y cuando somos injustos y prepotentes.

Estas palabras del Evangelio valen también para toda situación social y en cualquier lugar: cuando los políticos, en nombre de una mal entendida laicidad del Estado, no actúan con autoridad moral y según los principios fundamentales de una ética humana universal, cuando no defienden la vida y la dignidad de la persona humana desde el primer momento de la concepción hasta la muerte natural, cuando no respetan a la libertad religiosa y de expresión, cuando no reconocen a la objeción de conciencia, cuando se aferran al poder en contra de la voluntad expresa del pueblo y cuando se enriquecen con prácticas corruptas con grave perjuicio para el país, en especial para los más pobres.

Jesús, termina su comentario aplicando a si mismo las palabras del Salmo 118: “La piedra que los constructores rechazaron  ha llegado a ser la piedra angular”. Jesús, la piedra rechazada por las autoridades, despreciado y llevado a la muerte, es puesto por Dios como la piedra angular y fundamento del nuevo Pueblo de Dios, la Iglesia.

Seamos agradecidos a Dios por el don que nos ha hecho de llamarnos a ser “sus siervos” que trabajan en su viña por los cielos nuevos y la tierra nueva y demos con entusiasmo una respuesta libre y consciente a su amor, para que, en su nombre, demos frutos abundantes en la misión que nos ha confiado. Esto será posible solo si estamos unidos a Jesucristo, la piedra angular, y haremos que nuestra vida de frutos de bondad, amor y solidaridad, con la esperanza de heredar un día la viña del Señor.

Al terminar, encomiendo a sus oraciones a los delegados de nuestra Arquidiócesis que nos representarán esta semana en el VII Congreso Misionero Nacional en Sucre, con el lema: “El Evangelio es alegría: anúncialo”, para que con generosidad y entusiasmo compartan su testimonio misionero y regresen fortalecidos en su compromiso de servidores del Reino de Dios. Amén.

Oficina de prensa de la Arquidiócesis de Santa Cruz.

 

Erwin Bazán Gutiérrez



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