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sábado 16 diciembre 2017
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Ángelus del Papa: conscientes de la gratuidad del perdón que recibimos de Dios, seamos misericordiosos como Él

«Quien sea que haya experimentado la alegría, la paz y la libertad interior que viene del ser perdonado puede abrirse a la posibilidad de perdonar a su vez»: es éste en síntesis el mensaje del Papa Francisco en el Ángelus del domingo 17 de setiembre, el XXIV del tiempo ordinario, tras reflexionar sobre el Evangelio del día.

El pontífice meditó sobre el perdón cristiano, aquel que no niega el agravio sufrido, sino que reconoce que el ser humano, creado a imagen de Dios, es siempre mayor que el mal que comete. Un perdón que nos ha sido concedido a partir de nuestro bautismo, cuando se nos ha condonado la deuda del pecado original, y que se nos sigue concediendo cada vez que mostramos un pequeño signo de arrepentimiento.

Es por eso que el Papa nos pidió que, cuando tengamos la tentación de cerrar el corazón a quien nos ha ofendido y nos pide perdón, recordemos las palabras del Padre celestial al siervo despiadado: «Te perdoné toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también haberte compadecido de tu compañero, así como yo me compadecí de ti?».

Una enseñanza que Jesucristo ha dejado plasmada no sólo en la parábola del rey misericordioso sino también en la oración que Él mismo nos enseñó, el Padrenuestro, en donde – dijo Francisco – puso en relación directa el perdón que le pedimos a Dios con el perdón que damos a nuestros hermanos: «Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores».

Antes de rezar el Ángelus, el Obispo de Roma pidió a la Madre de Dios que “conscientes de la gratuidad y la grandeza del perdón recibido de Dios” nos volvamos misericordiosos como el Padre.

A continuación, la alocución del Papa antes de la oración mariana del Ángelus:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El pasaje del Evangelio de este domingo (Mt 18.21 a 35) nos ofrece una enseñanza sobre el perdón, que no niega el agravio sufrido, sino que reconoce que el ser humano, creado a imagen de Dios, es siempre más grande que el mal que comete. San Pedro le pregunta a Jesús: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano que peca contra mí? ¿Hasta siete veces? »(V. 21). A Pedro le parece lo máximo perdonar siete veces a una misma persona; y tal vez a nosotros ya nos parece mucho hacerlo dos veces. Pero Jesús responde: «No te digo que hasta siete veces, sino hasta setenta y siete veces» (v. 22), es decir, siempre. Tú debes perdonar siempre. Y confirma esto narrando la parábola del rey misericordioso y el siervo despiadado, en la cual muestra la incoherencia de aquel que fue perdonado antes y que luego se niega a perdonar.

El rey de la parábola es un hombre generoso que, tomado por la compasión, condona una deuda enorme – “diez mil talentos” – , enorme, a un siervo que le suplica. Pero ese mismo siervo, tan pronto como se encuentra con otro siervo que le debía cien denarios – es decir, mucho menos -, actúa sin piedad, haciéndolo aprisionar. La actitud incoherente de este siervo es también la nuestra cuando rechazamos el perdón a nuestros hermanos. Mientras que el rey de la parábola es la imagen de Dios que nos ama de un amor rico de misericordia tanto como para acogernos, amarnos y perdonarnos continuamente.

Desde nuestro Bautismo, Dios nos ha perdonado, condonándonos una deuda insoluble: el pecado original. Eso la primera vez. Luego, con una misericordia sin límites, Él nos perdona todas las culpas tan pronto como mostramos sólo un pequeño signo de arrepentimiento. Dios es así: misericordioso. Cuando tenemos la tentación de cerrar el corazón a quien nos ha ofendido y nos pide perdón, recordemos las palabras del Padre celestial al siervo despiadado: «Te perdoné toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también haberte compadecido de tu compañero, así como yo me compadecí de ti?» (Versículos 32-33). Quien sea que haya experimentado la alegría, la paz y la libertad interior que viene del ser perdonado puede abrirse a la posibilidad de perdonar a su vez.

En la oración del Padrenuestro, Jesús quiso incluir la misma enseñanza de esta parábola. Puso en relación directa el perdón que le pedimos a Dios con el perdón que debemos conceder a nuestros hermanos, «Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores» (Mateo 6:12). El perdón de Dios es el signo de su abrumador amor por cada uno de nosotros; es el amor que nos deja libres de alejarnos, como el hijo pródigo, pero que espera nuestro regreso todos los días; es el amor emprendedor del pastor por la oveja perdida; es la ternura que recibe a cada pecador que llama a su puerta. El Padre Celestial, nuestro Padre, está lleno, lleno de amor y quiere ofrecérnoslo, pero no puede hacerlo si cerramos nuestro corazón al amor por los demás.

Que la Virgen María nos ayude a ser cada vez más conscientes de la gratuidad y la grandeza del perdón recibido de Dios, para volvernos misericordiosos como Él, Padre bueno, lento para la ira y grande en amor. Ángelus domini…

(Griselda Mutual – Radio Vaticano)

Erwin Bazán Gutiérrez



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