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sábado 21 octubre 2017
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¿Cómo puedo ayudar a los demás a dar lo mejor de sí mismos?

Para enseñar a amar, en primer lugar, hay que crear una “atmósfera de amor”

La generosidad no es exigible. Nunca lo es. Es un don que uno recibe. Una gracia que me capacita para dar más de lo convenido, de lo esperado, de lo razonable. No se puede forzar la naturaleza del hombre para que se abra y dé. Como tampoco se puede lograr que el capullo de la rosa muestre todo su color antes de tiempo.

Todo lleva su tiempo. Su esfuerzo. La exigencia. La lucha. Uno aprende a ser mejor por imitación, por envidia. Veo lo que deseo y lo anhelo. Quiero ser así. Lucho. Quiero ser mejor. ¿Cómo se educa en el amor? ¿Cómo me puedo educar yo y educar a otros para que sean más generosos en el amor?

 A veces me desespero por el egoísmo que veo y sufro. Me siento incapaz de amar bien y veo a otros que tampoco lo logran.

Esta pregunta viene siempre de nuevo a mi corazón. ¿Quién me ha enseñado a mí a amar de la forma como yo amo? Seguramente en mi familia, con los míos. Lo que he visto, lo que he recibido. Cuando por primera vez unos brazos me abrazaron experimenté cómo me amaba Dios. Algo se grabó en mi alma. Una voz me dijo cuánto valía. Alguien vio en mi interior un tesoro escondido que yo no veía. Y me lo dijo, me lo hizo ver.

Decía Albert Einstein: Todos somos genios. Pero si juzgas a un pez por su habilidad para trepar árboles vivirá toda su vida pensando que es inútil.

Soy un genio. No soy un inútil. Soy más valioso de lo que creo. Tengo un don escondido en mi alma. Un talento oculto. Necesito que alguien lo vea en mí para poder verlo yo.

Quizás me falte esa mirada interior para descubrir mi propia belleza, mi propio don. Quiero saber quién soy y todo lo que puedo llegar a dar. Lo quiero con toda mi alma. Quiero ser amado. Comprendido. Enaltecido.

Es quizás lo que todos desean. Ser queridos en su verdad. Para poder así aprender a amar a otros en su verdad. Tal vez de eso depende todo en mi vida. Mi felicidad, mi camino, la realización de mis sueños.

Pero con frecuencia me ofusco exigiendo la generosidad en el amor a todo el mundo, a mí el primero. Y acabo exigiendo que sean otros los que me regalen lo que yo mismo me guardo por miedo a darlo. O pretendo que me cuiden cuando yo no soy capaz de cuidar a nadie.

No sé cómo hacer para que salga lo mejor de mí, lo mejor de los otros. Tal vez les pido demasiado a las personas. O les exijo que se den por completo demasiado pronto. Sin respetar sus tiempos, sus procesos interiores. No lo sé.

A veces no valoro los esfuerzos que hago, que hacen, en esa lucha diaria que tiene esta vida. Esa lucha por aprender a amar. Vivo buscando una perfección inalcanzable, siendo yo tan imperfecto como soy.

Puede que le exija a la piedra la delicadeza del agua. O al viento la paz de la tierra. O busque en el fuego el frescor de la noche. O el calor en medio del hielo. No lo sé.

Quizás me empeño en querer ser distinto a lo que soy. Alguien mejor. Otra persona. Pero no acabo de comprender que soy un genio. Se me olvida.

Y pretendo ser algo para lo que no estoy hecho. Trepar árboles, lograr grandes éxitos, alcanzar las estrellas. Acabo exigiéndome un talento que no tengo. Sólo porque otros lo tienen. Y les pido a los que amo que me den lo que no pueden darme. Me confundo al exigir.

También me ocurre cuando educo. Exijo. Reclamo. Pido. Y ansío que el capullo de la rosa se abra sin respetar su tiempo de maduración. ¿Cómo puedo educar a otros en el amor no sabiendo yo amar bien? ¿Cómo pretendo erigirme en educador de nadie, cuando yo mimo no logro educarme a mí mismo en los más pequeños aspectos de mi vida?

Decía el P. Kentenich: «¡Necesitamos educadores educados! ¡Yo mismo tengo que educarme! Debo apreciar como es debido los valores que quiero inculcar a mis hijos»[1].

Es importante vivir lo que quiero que otros vivan antes de que ellos lo vivan. Para que crean en el bien que hay en su alma al verlo reflejado en lo que yo vivo. El amor se contagia amando. El bien haciendo el bien.

Si yo lo vivo quizás puedan ver reflejados en mí los valores que ellos mismos llevan dentro: «¿Cómo puedo educar entonces a mi hijo para que me tenga un profundo respeto y amor? No esperen ahora tampoco ninguna receta. Mi propio respeto ante el hijo y mi amor a él, despiertan y producen en él profundo respeto y amor»[2].

El educador educado educa desde lo que vive. Los demás aprenderán de mí lo que yo ya practico. Si mi amor es mezquino, raquítico, egoísta. ¿Cómo puedo exigir de los otros un amor generoso, grande, magnánimo? Es imposible.

Lo que yo no vivo es difícil que pueda inculcarlo en otros corazones. Si yo no rezo, ¿cómo puedo pedirles a otros que recen? Si yo no soy magnánimo, ¿cómo puedo exigir la magnanimidad?

El amor se transmite por atmósfera. Cuando respiro en un ambiente donde hay amor, aprendo a amar. Pero si respiro en una atmósfera en la que hay críticas, quejas, ira, mentiras, cólera, envidia, avaricia. Acabaré haciendo lo que veo. Sólo aprenderé esos valores que veo encarnados en una atmósfera determinada.

Educar por atmósfera es la forma más efectiva de educar. Hago lo que veo. Logro lo que veo encarnado en otros corazones. Hacen lo que ven en mí. Si no es así, la verdad es que es muy difícil enseñar a amar. Quiero educar mi amor.

Fuente: es.aleteia.org

Graciela Arandia de Hidalgo



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