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miércoles 20 septiembre 2017
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Monseñor Estanislao pide usar la pedagogía de Jesús para corregir al hermano y solucionar conflictos sociales con diálogo

El Obispo Auxiliar de Santa Cruz, Monseñor Estanislao Dowlaszewicz presidió la Eucaristía desde la Catedral este domingo 10 de septiembre. En su homilía habló de la “corrección fraterna” cuestionando lo fácil que es criticar y lo difícil que es corregir con caridad, el Prelado invitó a aceptar la corrección fraterna dejando de lado la vanidad y el orgullo personal para poder mejorar, también pidió usar la pedagogía de Jesús señalando los errores sin atacar a la persona buscando resolver los conflictos sociales a través del diálogo.

El Prelado afirmó que la única forma de responder a los desafíos del momento histórico es con amor “El amor es la única forma de superar la fuerza de la ley. Quien ama auténticamente no quiere hacerle daño a nadie. Por el contrario, siempre buscará la forma de ayudarle a crecer como persona y como creyente”.

“El amor es la síntesis de todos los mandamientos y la expresión más profunda de la existencia cristiana. De él derivan todas las manifestaciones paradójicas que contrastan con los criterios meramente humanos: el perdón a los enemigos, la bendición a los que maldicen, la oración por los que nos persiguen, responder con el bien a los que nos hacen mal, devolver bendiciones a los que nos insultan” dijo.

“El amor es lo que vence todo tipo de mal, por eso corresponde a los cristianos poner el amor de la cruz de Cristo como victoria sobre el mal de la injusticia de toda cruz”.

Monseñor aseguró también que “Quién se convierte asume el amor como única “norma” de vida y la traduce después en actitudes y compromisos muy concretos: servicio, respeto, perdón, reconciliación, tolerancia, comprensión, y solidaridad fraterna”.

Reflexionando sobre el evangelio dominical que enseña sobre la “corrección fraterna” el Prelado comentó lo difícil que es por un lado, hacer una verdadera corrección fraterna que no sea solo una crítica, y por otro, lo difícil que es aceptar la corrección despojándonos de la vanidad y el orgullo para mejorar. En ese sentido añadió que “Es necesario entender que toda auténtica corrección, la que nace de la caridad, no es “una ofensa intolerable” como nuestro orgullo quiere hacernos creer, sino que es una enorme bendición, pues tiene la virtud de arrancarnos de la esclavitud y ceguera en la que nos vemos envueltos por nuestros pecados”.

En este sentido comentó que la verdadera corrección fraterna “Se trata de resolver los asuntos complicados en las relaciones interpersonales siguiendo la pedagogía de Jesús que nunca habla de acusar a la persona, condenarla, o cosas parecidas que hacemos nosotros cuando alguien no nos cae bien o son del bando contrario o del partido político que no defienden los valores de humanidad sino su propia ideología”.

Monseñor habló de lo complicado que es buscar la unidad  de la comunidad, tanto antes como hoy y es por eso que “En la vida social y política nos inventamos leyes para regular las relaciones interpersonales, pero ni siquiera las leyes sirven para conseguir una buena convivencia. ¿Dónde estará el secreto para conseguir que el bien común supere las luchas y disputas de los intereses particulares o partidarios?” cuestionó Monseñor a tiempo de agregar que: “Las diferencias son fruto de la diversidad, y donde hay diversidad hay conflicto. Tal vez la solución no consista en anular las diferencias, sino en integrarlas, porque lo que el otro tiene es lo que a mí me falta para ser yo mismo, pero el modo no es robárselo para quedarme con ello. La fórmula que Jesús propone es la del diálogo”.

HOMILÍA DE MONSEÑOR ESTANISLAO DOWLASZEWICZ, OBISPO AUXILIAR DE SANTA CRUZ

DOMINGO 10 DE SEPTIEMBRE DE 2017

BASÍLICA MENOR DE SAN LORENZO MÁRTIR

DOMINGO XXIII A 2017

¡Qué fácil es criticar, qué difícil corregir!

A partir del primer anuncio de la pasión-resurrección de Jesús que hemos escuchado el domingo pasado y de la confesión de Pedro en Cesarea de Filipo,” Tu eres el Mesías el Hijo de Dios” Jesús se centra ahora en la formación de sus discípulos. No sólo mediante un discurso, como en el c.18, sino a través de los diversos acontecimientos que se van presentando.

Las lecturas de este domingo ponen delante de nosotros y nos invitan a reflexionar sobre un tema difícil en el cristianismo: la corrección fraterna; es decir, que por el hecho de ser hermanos unos de otros nos tenemos que corregir y aceptar la corrección como nuestra corresponsabilidad comunitaria.

La fe es una respuesta personal, pero se vive en el seno de una comunidad. Por eso todos somos responsables de la vida de cada hermano.

El tema ya aparece en la primera lectura cuando Dios declara al profeta Ezequiel el centinela del malvado.

Ezequiel es un profeta del exilio y tiene la misión de abrir los ojos a su gente; es el vigilante, el centinela pendiente de los peligros que acechan al pueblo, y por amor al pueblo ofrece ese servicio de prevención.

La actitud vigilante es un rasgo del auténtico profeta. Estar atento a lo que pasa para alertar y prevenir al pueblo. El profeta verdadero está siempre atento a escuchar la Palabra de Dios. Lee los acontecimientos de la historia y los interpreta a la luz de la Palabra de Dios. Es vigilante, atento y velador el centinela.

Por eso, el profeta es responsable directo de lo que le pueda pasar al pueblo. El profeta tiene la misión de abrir los ojos. Pero también el pueblo puede aceptar o rechazar la interpelación profética.

Pablo, en la carta a los Romanos, invita a los creyentes a responder a los desafíos del momento histórico, pero esto solo se puede hacer con amor. El amor es la única forma de superar la fuerza de la ley. Quien ama auténticamente no quiere hacerle daño a nadie. Por el contrario, siempre buscará la forma de ayudarle a crecer como persona y como creyente.

El amor es la síntesis de todos los mandamientos y la expresión más profunda de la existencia cristiana. De él derivan todas las manifestaciones paradójicas que contrastan con los criterios meramente humanos: el perdón a los enemigos, la bendición a los que maldicen, la oración por los que nos persiguen, responder con el bien a los que nos hacen mal, devolver bendiciones a los que nos insultan.

El amor es lo que vence todo tipo de mal, por eso corresponde a los cristianos poner el amor de la cruz de Cristo como victoria sobre el mal de la injusticia de toda cruz.

Quién se convierte asume el amor como única “norma” de vida y la traduce después en actitudes y compromisos muy concretos: servicio, respeto, perdón, reconciliación, tolerancia, comprensión, y solidaridad fraterna.

El evangelio de Mateo que hemos escuchado hoy nos presenta el pasaje que se ha denominado la corrección fraterna.

El texto revela los conflictos internos que vivía la comunidad. Nos encontramos, entonces, ante una página de carácter catequético que pretende enfrentar y resolver el problema de los conflictos comunitarios, entre hermanos.

Se trata de resolver los asuntos complicados en las relaciones interpersonales siguiendo la pedagogía de Jesús que nunca habla de acusar a la persona, condenarla, o cosas parecidas que hacemos nosotros cuando alguien no nos cae bien o son del bando contrario o del partido político que no defienden los valores de humanidad sino su propia ideología.

Hay un mensaje de serenidad y humildad, en estos consejos de Jesús, al que no estamos muy acostumbrados los cristianos de hoy. En seguida hacemos enemigos al que no piensa como nosotros, parece que queremos la guerra antes que la reconciliación.

En cambio, la fraternidad que Jesús enseña a sus seguidores es la forma básica y fundamental para sostener a la comunidad, a la Iglesia, en los momentos de crisis internas.

El evangelista san Mateo ya comprobó entre los primeros cristianos lo difícil que era el tema de la unidad. Eran pocos, y ya existían esas diferencias a las que estamos hoy tan acostumbrados.

Formamos parte de la misma comunidad de creyentes, tenemos un ideal común, y sin embargo ponemos los intereses privados, individuales a los intereses del grupo.

En la vida social y política nos inventamos leyes para regular las relaciones interpersonales, pero ni siquiera las leyes sirven para conseguir una buena convivencia. ¿Dónde estará el secreto para conseguir que el bien común supere las luchas y disputas de los intereses particulares o partidarios?

Las diferencias son fruto de la diversidad, y donde hay diversidad hay conflicto. Tal vez la solución no consista en anular las diferencias, sino en integrarlas, porque lo que el otro tiene es lo que a mí me falta para ser yo mismo, pero el modo no es robárselo para quedarme con ello. La fórmula que Jesús propone es la del diálogo.

La descripción de la relación fraterna aborda tres cuestiones básicas y distintivas de la vida cristiana: la corrección fraterna, la petición comunitaria y el perdón, como cénit de la identidad cristiana.

Corrígele fraternalmente, si acepta la corrección has salvado a tu hermano, y si no la acepta invita otros para que te ayuden, no sea que el equivocado seas tú.

Me pregunto hoy día ¿cómo reacciono yo ante la corrección de quien busca apartarme del pecado, de quien busca mi bien? A nadie le gusta que lo corrijan. «Cierto que ninguna corrección es de momento agradable, sino penosa» (Heb 12,11).

En verdad, toda corrección incomoda, avergüenza, duele, y cuando hiere la vanidad y soberbia despierta ira, rencor y odio contra la persona que corrige. Algo de eso nos sucede a todos.

Ante una corrección reaccionamos mal, airadamente, nos defendemos y justificamos como podemos, contraatacamos ofendiendo o desautorizamos a quien nos corrige con estas o semejantes expresiones: “¿y quién te crees tú para criticarme, para decirme a mí lo que tengo que hacer? ¡Mírate a ti mismo! ¿Tú haces esto y lo otro, y te atreves a corregirme? ¡No te metas en mis asuntos!”.

Tanto podemos ofendernos que incluso a veces “castigamos” a la persona que ha buscado nuestro bien.

En fin, tan necios e insensatos nos volvemos, por nuestra vanidad herida y por nuestra soberbia, que en contra de toda evidencia pensamos que “el otro se equivoca” y que “toda corrección es una agresión injusta a mi persona”.

Por evadir la dolorosa corrección vivimos escondiéndonos, ocultándonos, obrando en las tinieblas al punto incluso de llevar una doble vida. ¿A quién le gusta exponer a la luz su maldad, sus errores, sus vicios?

Quien así vive, piensa que es preferible mentir, manejar y manipular la verdad, a decir con valor: “yo he obrado mal, pido perdón, acepto las consecuencias de mis actos y pido ayuda, pues quiero corregir mis errores, ser mejor cada día, liberarme de la esclavitud de mis vicios y pecados, quiero madurar y crecer espiritualmente”.

En vez de eso, nos dejamos vencer por el miedo al castigo, a pasar un mal rato, a ser rechazados por aquellos cuya confianza hemos defraudado.

Es necesario entender que toda auténtica corrección, la que nace de la caridad, no es “una ofensa intolerable” como nuestro orgullo quiere hacernos creer, sino que es una enorme bendición, pues tiene la virtud de arrancarnos de la esclavitud y ceguera en la que nos vemos envueltos por nuestros pecados.

En la Iglesia la corrección, más que un acto de condenación, ha de ser un acto de misericordia. Ésta nos garantiza que Dios la tendrá con nosotros. Como enseña el apóstol Santiago: “Hermanos míos, si uno de ustedes se desvía de la verdad y otro lo hace volver, sepan que el que hace volver a un pecador de su mal camino, salvará su vida de la muerte y obtendrá el perdón de sus numerosos pecados” (Stgo 5,19-20).

La corrección fraterna, cuando es auténtica, tiene como finalidad el cambio de conducta, la enmienda, lograr que el hermano abandone el camino del mal y retorne al camino del bien

Cada domingo nos reunimos en el nombre del Señor. Somos su Pueblo. Somos los hermanos convocados por Él.

Su amor le lleva a entregarse completamente por todos y cada uno de nosotros, sus hermanos.

Ya sabemos todos que nuestra comunidad no es la comunidad de los perfectos, que la Iglesia no es un “museo de santos”, sino un “hospital de pecadores” (como decía el Papa Francisco).

También es importante que nos damos cuenta que como los católicos no somos mejores que los demás, por el hecho de serlo, que también hay mucha gente buena fuera de la Iglesia. Y que nosotros no estamos exentos ni de la fragilidad, ni del pecado.

La Eucaristía nos ha de llevar a vivir el amor fraterno. Si reconocemos a Dios, presente en medio de nosotros, que nos da su amor y su misericordia, que se entrega por nosotros en su hijo Jesús, nuestra norma de vida se convierte también en la misma, como decía San Pablo: “a nadie le debe nada más que amor; uno que ama a su prójimo no le hace daño; por eso amar es cumplir la ley entera”.

Hemos comenzado la Misa con la antífona tomada del Salmo 118: “Señor, tú eres justo, tus mandamientos son rectos. Trata con misericordia a tu siervo”. 

 

 

Erwin Bazán Gutiérrez



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