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miércoles 20 septiembre 2017
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Cómo buscar a Dios desde la desesperación

“Cambia mis deseos de morir por ilusiones que vengan de tu amor, extiéndeme tu mano y levántame, inspira en mí un aliento de vida…”

Busca a Dios y ámale a través de su propio corazón.

“Dios, dame dos corazones, uno para ponerlo donde quiero y el otro donde debo”. Alguna vez se me ocurrió pedirle esto y de inmediato me respondió.

“Dios mío, préstame tu corazón para amarte a través de él”. De verdad sentí cómo esas palabras traspasaban mi alma al punto del llanto. Después me quedé muda, sin palabras. Solo sentía que el corazón se me salía del pecho. Hasta hoy no me da la razón para comprender la magnitud del amor que yo tendría por Él amándole a través de su propio corazón.

De qué tamaño, de qué intensidad sería mi capacidad de amarle y, por ende, de amar al mundo entero. Sencillamente, infinita…

A Dios, como sucede con todo, para amarle hay que conocerle. Imposible amar lo que no se conoce. Si de verdad quieres encontrarle para luego conocerle, amarle y servirle comienza por buscarle dentro de tu corazón, pero a través del suyo.

No le busques en las cosas de la tierra, no le busques afuera. Dios te habla, pero como su lenguaje es el silencio tú no le escuchas por estar enganchado en las cosas del mundo. 

Para salir de cualquier tristeza hay que regresar a lo básico, no quitar nuestra mirada del corazón de Jesús y amar como Él ama. Búscale en su Morada, en su Palabra. Pisa las huellas que Él dejó a su paso por la tierra – vive los sacramentos-.

No tardes más. Ve y busca a Dios. Sobre todo, si te sientes abatido. Visítale. Voltea a la Cruz, míralo detenidamente. Mira el Cristo con sus brazos extendidos como diciéndote: “Ven a mis brazos, te esperaba”. Es una invitación a que corras a su corazón, a que te envuelvas en esos brazos de Padre amoroso y protector.

Hay muchas cosas en la vida que nunca vamos a acabar de entender, pero por eso tenemos la fe puesta solo en Dios quien tiene la perspectiva perfecta de las cosas. A veces nada tiene sentido, pero para Él siempre lo tiene. Si alguien sabe de tu dolor es Él. Si alguien te quiere consolar, es Él. 

Hazte niño otra vez y recuéstate en su regazo y háblale a su corazón. Dile cómo te sientes, a qué le tienes miedo. Deja correr tus lágrimas en ese hondo sufrimiento que sientes en el pecho y grítale, desde el fondo de tu alma: no puedo con tanto dolor, sálvame. ¿Señor, realmente estás aquí? ¿Por qué siento que me has abandonado? Escúchame, respóndeme, no te oigo Señor. Dile cómo tienes desgarrado el corazón, sangrando por dentro. Háblale y háblale más…

“Padre soy yo, tu hijo, el que más desvalido y triste se siente hoy. Por favor, ayúdame. Sé que me he separado de ti, pero Tú nunca me has dejado. Te suplico, hazme sentir tu amor y protección.

Tengo miedo. Me siento solo, abatido y sin ganas de seguir adelante. Me siento desesperanzado y triste, sin deseos de vivir. Me siento confundido, herido y no sé a quién pedir auxilio. Me siento derrotado, traicionado y con unos deseos enormes de ya no despertar jamás.

¿Me escuchas Padre? ¿Dónde estás mi Señor ahora que te necesito? Siento miedo, mucho miedo. Tengo miedo a vivir, no entiendo nada, no se a dónde voltear ni en quién confiar porque todos me han dado la espalda. He tratado de dirigir mi vida de la mejor manera que podido, pero ¿sabes Padre? nada me ha funcionado y siento que ya no puedo más.

Mi corazón está roto y mi alma abatida. A mi vida le falta algo y sé que ese algo eres Tú.  Pero no sé ni cómo hablarte, no sé cómo encontrarte, no sé dónde estás. No sé cómo dirigirme hacia ti. Escucho que estás en todas partes.  Entonces, ¿por qué yo no te encuentro? ¿Acaso te escondes de mí? ¿O será que soy yo quien no me he dejado encontrar por ti?

Aquí estoy Padre bueno. Por piedad mírame, ten compasión de mí porque me faltan las fuerzas y aliento para seguir adelante con mi vida.

Yo no escucho tu voz, mi Señor, pero Tú si estás escuchando la mía, acude a mi plegaria y ayúdame, rescátame de mí. En tu Palabra dices que vayamos a Ti los que estemos cansados y agobiados. En obediencia a esa palabra de Vida acudo a Ti porque justo así me siento yo Padre.

¿Me escuchas Padre, sabes que yo te grito, sabes que estoy aquí? Sé que sí, mi Señor, porque tengo la certeza de que la única oración que no escuchas es aquella que no te dirigimos…

Me encuentro vacío y no sé por qué, aunque al mismo tiempo sí lo entiendo, me encuentro vacío de ti. He pretendido llenar mis huecos con dinero, con antidepresivos, con todo eso que me haga sentir euforia y felicidad, pero estas no duran en mí, rápidamente se alejan.

Ahora reconozco que solo necesito de ti, de ti que no sé cómo pedirte, de ti que no sé dónde encontrarte. ¿Sabes? Deseo amarte con toda mi alma y que Tú mi Señor seas el centro de mi vida. También deseo permitirme ser amado y aceptado con todas mis miserias.

Me rindo ante tus pies. He tratado de resolver todo en mi vida pensando que no había un Dios, que no existía ese todopoderoso y me doy cuenta de que me equivoqué porque mis fuerzas humanas ya se agotaron.

Hoy reconozco que en mi límite encontré a un Dios que no tiene límites. Padre bueno, ya no deseo lastimarte, ya no deseo ofenderte con mi desesperanza y con mi falta de credulidad y fe en ti. Tú me creaste y en ti y a ti deseo volver.

Quiero vivir en el cielo, en ese estado donde sólo se vive el amor verdadero, el perdón y la gratitud. Deseo reconocerte, que mi alma sepa que eres Tú antes de que sea demasiado tarde.

Señor, no sé qué me pasa, pero el temor me invade, se apodera de mí. Escóndeme en tu corazón donde el peligro no me encuentre. Cúbreme con tu amor donde el odio no sepa de mí. Protégeme de mí mismo, de mis pensamientos de destrucción, de mis pensamientos negativos. Te pido que me des esa paz que sólo Tú me puedes dar.

Quita de mi camino a todo eso que me pueda ofrecer un bienestar temporal. Pon en mi corazón confianza, certeza, inyecta ánimo a mi alma, esperanza a mi corazón desesperanzado. Da luz a mis ojos ciegos que muchas veces quieren cerrarse eternamente. Cambia mis deseos de morir por ilusiones que vengan de tu amor.

Quisiera comenzar de cero y no sé cómo. Extiéndeme tu mano y levántame, inspira en mí un aliento de vida. Que no me ganen el peso del dolor, del miedo, de mi falta de perdón y comprensión a los demás. Que sea más tu amor en mí que mi desánimo y mis deseos de ya no seguir.

No te quiero fallar mi Señor porque Tú eres más grande que todo mi yo. Pon en mí la certeza de que todo es para bien porque viene de tu amor”.

Graciela Arandia de Hidalgo



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