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sábado 16 diciembre 2017
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En el mes de la Biblia, Monseñor Sergio pide fortalecer el sentido de pertenencia a la Iglesia Católica

Durante su homilía pronunciada este fin de semana desde la Catedral Metropolitana, el Prelado cruceño afirmó que “Nosotros tenemos la gracia y la dicha de pertenecer a la Iglesia de Jesucristo fundada sobre la roca de Pedro, pero no siempre sabemos valorar este don en todo su alcance, no nos identificamos con firmeza como católicos en comunión con el Papa y los Obispos, nuestro sentido de pertenencia a la Iglesia es débil y nos cuesta vivir nuestra fe en comunidad”.

En este sentido y anunciando que iniciamos el mes dedicado a la Biblia “tiempo privilegiado para adentrarnos en la Palabra de Dios, conocer más en profundidad al Señor, dialogar con él y crecer en nuestra vocación cristiana como seguidores de Jesús, bajo el lema “Tu palabra es luz en mi camino”, señaló que “Hace falta profundizar la Palabra de Dios y las enseñanzas de la Iglesia Católica para crecer en nuestra fe, dar razón de nuestra esperanza y amar al Señor y al prójimo, dando cada día testimonio de vida cristiana coherente y alegre. Por eso tenemos que estar agradecidos al Señor porque ha creído en nosotros y ha construido su Iglesia sobre nuestra debilidad para redimirla y salvarla”.

HOMILÍA DE MONSEÑOR SERGIO GUALBERTI, ARZOBISPO DE SANTA CRUZ

DOMINGO 27 DE AGOSTO DE 2017

BASÍLICA MENOR DE SANTA LORENZO MÁRTIR.

Iniciamos hoy el mes dedicado a la Biblia, tiempo privilegiado para adentrarnos en la Palabra de Dios, conocer más en profundidad al Señor, dialogar con él y crecer en nuestra vocación cristiana como seguidores de Jesús.  “Tu palabra es luz en mi camino” es el lema que nos acompaña en estas semanas, la luz del Espíritu Santo que nos abre horizontes de vida y de esperanza.

Y el Evangelio de hoy nos lleva a descubrir la faceta central del ser de Jesús al momento de iniciar la última etapa de su misión. El mismo Jesús lo hace con una pregunta a sus discípulos: “¿Qué dice la gente sobre el Hijo del Hombre?¿quién dicen que es?“. Ellos responden que para algunos él es Juan el Bautista que ha revivido de su muerte violenta. Otros piensan que es Elías, el Profeta llevado al cielo en el carro de fuego y cuyo regreso era esperado antes de la llegada del Mesías. Y algunos opinan que es el profeta Jeremías que va a liberar al pueblo de la dominación del imperio romano.

Jesús no comenta estas respuestas que denotan que la gente sólo lo reconoce como un profeta y no como Mesías, pero pregunta a sus discípulos que han compartido la vida cotidiana con él, han escuchado sus enseñanzas y han sido testigos de su actuación: “Y ustedes, ¿Quién dicen que soy yo?”. Simón, en nombre de todos los discípulos, contesta: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”.

La respuesta es certera: Jesús es más que un profeta, es el Mesías,  el Hijo de Dios largamente esperado de parte del pueblo de Israel, en quien se manifiesta en modo único la presencia y el poder de Dios. Jesús es el enviado de Dios vivo para liberar al hombre del pecado, de la muerte y toda clase de esclavitudes, a fin de que todos se salven y tengan vida en abundancia. Jesús se complace con Simón: “Feliz de ti, Simón, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo”.

Feliz y dichoso porque ha tenido la gracia de conocer los misterios del Reino de Dios, no por sus propios méritos, ni por medios humanos, “ni la carne ni la sangre”, sino porque el Padre se lo ha revelado. También a nosotros Dios nos ha dado el don de la fe, de ser bienaventurados y felices, de mirar a Jesús con los ojos del Padre y reconocerlo como Hijo de Dios, condiciones indispensables para ser sus discípulos.

Luego Jesús, delante de todos, se dirige a Simón con autoridad: “Yo te digo: Tú eres Pedro…”. Entre Simón y Jesús se da un reconocimiento recíproco: “Tu eres Cristo” y “Tu eres Pedro”.  Jesús al cambiar de nombre al apóstol le da una nueva identidad, una nueva vida y nueva misión. A partir de ese momento Pedro deja de ser Simón el pescador del lago de Galilea para ser pescador de hombres. También a nosotros, Jesús nos ha llamado por nombre en el bautismo, y nosotros, al igual que Pedro, podemos reconocer su nombre,  profesar nuestra fe en él y escuchar también nosotros las palabras de Jesús que nos llenan de gozo y esperanza: “Feliz tú”. Reconocer el nombre del Señor es reconocer también nuestro verdadero nombre, nuestra identidad y misión de hijos de Dios.

Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia…” Con estas palabras solemnes, Jesús, piedra angular de la Iglesia, confía ahora su misma misión a Pedro: ser piedra visible e inquebrantable del nuevo pueblo de Dios, gracias a su profesión de fe sincera y pública.

Edificaré mi Iglesia”, la Iglesia, es de Jesús, no es nuestra, no es obra humana. Es Jesús que va edificando su Iglesia sobre el apóstol Pedro, como principio perpetuo de la unidad de la misma y guía segura por los caminos de la historia con la misión de anunciar y testimoniar la Buena Noticia del Reino de Dios.

“Y el poder de la muerte no prevalecerá contra ella…”. Cristo, “Piedra viva”, asegura a su Iglesia la victoria sobre los poderes de la muerte y del mal y confía a Pedro la misión de custodiar y de confirmar en la fe a los hermanos ante los embates del mal y la tentación del desánimo. Esta promesa de Jesús se ha hecho realidad en la Iglesia durante dos mil años de anunciar la alegría del Evangelio, sobrellevando sus propias debilidades e infidelidades y enfrentando sin desfallecer incomprensiones, hostilidades y persecuciones.

Yo te daré las llaves del reino de los cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos”. Jesús, al entregar las llaves confía en las manos de Pedro el poder de gobernar la Iglesia, abrir las puertas del Reino de los Cielos, perdonar los pecados, desatar los vínculos de la injusticia y proclamar la Buena Nueva de la liberación a todos los oprimidos y marginados. Todo aquel a quien Pedro excluya de la comunión de la Iglesia, será excluido de la comunión con Dios y a aquel a quien reciba de nuevo en su comunión, Dios lo acogerá también en la suya. La reconciliación con la Iglesia es inseparable de la reconciliación con Dios.

En esto consiste el primado de Pedro entre los doce apóstoles y sobre toda la Iglesia, servicio que sigue hasta el día de hoy a través de su sucesor el Papa. En los últimos decenios hemos conocido grandes figuras de Papas, San Juan XXIII, San Juan Pablo II y el Beato Pablo VI, que han entregado sus vidas con heroísmo al servicio de la Iglesia y del Reino de Dios. Hoy están ante nuestros ojos los ejemplos y las palabras iluminadoras del Papa emérito Benedicto XVI y de nuestro querido Papa Francisco, a quien hemos tenido la dicha de conocer y acoger en nuestro país y en nuestra ciudad.

Nos asombra como el Papa Francisco lleva la misión de Pedro con entrega generosa y en fidelidad al mandato del Señor, en bien de la Iglesia y del mundo entero, anunciando la alegría del Evangelio, proclamando la dignidad de la persona humana, el respeto de la vida y los derechos humanos, la promoción de los valores de la libertad, la justicia y la verdad, con un constante y clamoroso llamado a la paz y reconciliación en el mundo.

Nosotros tenemos la gracia y la dicha de pertenecer a la Iglesia de Jesucristo fundada sobre la roca de Pedro, pero no siempre sabemos valorar este don en todo su alcance, no nos identificamos con firmeza como católicos en comunión con el Papa y los Obispos, nuestro sentido de pertenencia a la Iglesia es débil y nos cuesta vivir nuestra fe en comunidad. Hace falta profundizar la Palabra de Dios y las enseñanzas de la Iglesia Católica para crecer en nuestra fe, dar razón de nuestra esperanza y amar al Señor y al prójimo, dando cada día testimonio de vida cristiana coherente y alegre. Por eso tenemos que estar agradecidos al Señor porque ha creído en nosotros y ha construido su Iglesia sobre nuestra debilidad para redimirla y salvarla.

Las palabras de Jesús hoy son un fuerte llamado a despertar de nuestra indiferencia y apatía y a dar una respuesta sincera a su pregunta:” Y tu, ¿Quién dices que soy yo?”. ¿Quién es para mí Jesús? ¿Qué conozco de su persona y qué es lo que me ha hecho optar por seguirlo? Qué significa Él concretamente en mi vida de cada día? ¿Tiene algún impacto en mi manera de pensar y actuar? ¿Lo reconozco como el Hijo de Dios, el Salvador? ¿Valoro el don de ser parte de la Iglesia que él ha fundado sobre Pedro? ¿Estoy comprometido con mi comunidad y parroquia?

Hagamos con Pedro nuestra clara y humilde profesión de fe: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios Vivo”, en espera de que un día podamos proclamarlo todos juntos los cristianos y la humanidad entera. Amén.

Oficina de prensa de la Arquidiócesis de Santa Cruz.

Erwin Bazán Gutiérrez



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