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miércoles 20 septiembre 2017
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«Lo que no es el amor» Reflexiones bíblicas

“El amor no tiene envidia, no es arrogante ni se engríe, no obra con dureza, no busca su propio interés, no se irrita, no lleva cuentas del mal”, detalla el apóstol San Pablo en su primera carta a los Corintios. Hoy, en el programa “Tu palabra me da vida”, Monseñor Fernando Chica Arellano, reflexiona sobre el amor y para ello comenta la descripción que hace San Pablo acerca de lo que no es el amor, y recuerda algunas palabras del Papa Francisco en su Exhortación Apostólica Amoris Laetitia.

En la carta primera a los Corintios, con hermosas y certeras palabras, San Pablo detalla lo que «no» hace el amor: «No tiene envidia, no es arrogante ni se engríe, no obra con dureza, no busca su propio interés, no se irrita, no lleva cuentas del mal, no se alegra de la injusticia…» (1 Cor 13, 4-6). Es una descripción profundamente psicológica y con grandes dosis de realismo práctico. Detengámonos en ella:

El amor «no tiene envidia». La envidia es la tristeza por el bien del otro. Es un sentimiento dañino y destruye la felicidad. Esto ocurre cuando uno está centrado en su propio bien y no tolera que le vaya mejor al otro. La envidia es contraria a la bondad de Dios, a la generosidad de Jesús. En el amor no hay lugar para sentir malestar por el bien del otro. El Papa Francisco, en la Exhortación Apostólica postsinodal Amoris Laetitia, indica al respecto: «El verdadero amor valora los logros ajenos, no los siente como una amenaza, y se libera del sabor amargo de la envidia» (AL, 95).

El amor «no es arrogante ni se engríe». Como bien afirma el Santo Padre«Quien ama, no sólo evita hablar demasiado de sí mismo, sino que además, porque está centrado en los demás, sabe ubicarse en su lugar sin pretender ser el centro… » (AL, 97). Y añade el Obispo de Roma que la arrogancia impide la evangelización, es decir, impide atraer a los más débiles a la fe: «La lógica del amor cristiano no es la de quien se siente más que otros y necesita hacerles sentir su poder, sino que «el que quiera ser el primero entre vosotros, que sea vuestro servidor (Mt 20,27)» (AL, 98).

San Pablo continúa diciendo que el amor «es amable: no obra con dureza». Es decir, el amor no actúa de modo descortés, no es áspero ni desabrido en el trato. Sus modos, sus palabras, sus gestos, son agradables y no hoscos ni rígidos. Para comentar esta vertiente del amor, Su Santidad, basándose en la amabilidad de Jesús, afirma: «El que ama es capaz de decir palabras de aliento, que reconfortan, que fortalecen, que consuelan, que estimulan: ¡Ánimo hijo! (Mt 9,2). ¡Qué grande es tu fe! (Mt 15,28). ¡Levántate! (Mc 5,41). Vete en paz (Lc 7,50). No tengáis miedo (Mt 14,27)… En la familia hay que aprender este lenguaje amable de Jesús» (cf. AL, 100).      

El amor «no busca su propio interés, es desprendido». Este comentario del Apóstol nos está indicando que el necesario amor a uno mismo no se puede confundir con el egoísmo. Es un amor por nosotros para amar mejor a los demás. Como ya decía Santo Tomás de Aquino, «pertenece más a la caridad querer amar que querer ser amado» [Summa Theologiae II-II, q. 27, a. 1, ad 2]. Buscando explicar esto, Francisco evoca el amor de las madres y dice al respecto: «Las madres, que son las que más aman, buscan más amar que ser amadas. Por eso, el amor puede ir más allá de la justicia y desbordarse gratis, sin esperar nada a cambio (Lc 6,35), hasta llegar al amor más grande, que es dar la vida por los demás (Jn 15,13)» (cf. AL, 102).

El amor «no se irrita». En efecto, la irritación, que es una especie de violencia interior, que a veces no se manifiesta en violencia física, en nada tiene que ver con el amor. No olvidemos que en ocasiones se puede matar con palabras. Los gestos cortantes o hirientes hacen mucho daño en el seno de la familia. No irritarse tiene mucho que ver con ser pacientes. El Sumo Pontíficenos recomienda en este sentido: «Una cosa es sentir la fuerza de la agresividad que brota y otra es consentirla… Por ello, nunca hay que terminar el día sin hacer las paces en la familia. Y, ¿cómo hacerlo? ¿Ponerme de rodillas? ¡No! Sólo un pequeño gesto, algo pequeño, y vuelve la armonía familiar. Basta una caricia, sin palabras» (AL, 104)

El amor «no lleva cuentas del mal: perdona. Esto es, el amor dispone y se manifiesta en el perdón. Pero el perdón, en la vida familiar, no es nada fácil. Las dificultades en el hogar se vencen con una generosa disponibilidad de todos a la comprensión, a la tolerancia, a la reconciliación. Animando a recorrer esta senda, el Papa subraya que es muy importante recordar la experiencia de sentirnos perdonados por Dios, justificados gratuitamente; es fundamental sentir la calidad del amor de Dios Padre, que siempre da una nueva oportunidad, que promueve y estimula a amar más allá de todo, a perdonar a los demás aun cuando hayan sido injustos con nosotros. (cf. AL, 108).

El amor «no se alegra de la injusticia sino que se alegra con la verdad». Estas palabras paulinas nos están diciendo que el amor acoge y suma las cualidades de todos; el amor enriquece mutuamente. Cuando falta este sentimiento surge la envidia, la frialdad, la indiferencia; se puede convivir pero ya no se comparte: no somos familia sino simples inquilinos de una misma casa. Dice el Sucesor de San Pedro a este respecto: «Nuestro Señor aprecia de manera especial a quien se alegra con la felicidad del otro… La familia debe ser siempre el lugar donde alguien que logra algo bueno en la vida sabe que allí lo van a celebrar con él» (AL, 110).

Sería muy provechoso repetir interiorizando estas cualidades del amor: el amor no tiene envidia, no hace alarde, no es arrogante, no obra con dureza, no busca su propio interés, no se irrita, no lleva cuentas del mal, no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Y preguntarnos: ¿qué actitud negativa le sobra a mi amor? Tras la pregunta viene la plegaria, una oración sincera y humilde, pidiendo al buen Dios que cambie nuestro corazón, que lo limpie de todo aquello que oscurece y aminora el amor. No nos cansemos de pedir este don a Jesús por intercesión de la Virgen María, Madre del amor hermoso.

(Mireia Bonilla para RV).

Erwin Bazán Gutiérrez



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