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jueves 23 noviembre 2017
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Monseñor Sergio: Jesús invita a la Iglesia a no dejarse atemorizar por las corrientes violentas y avanzar comunicando vida y esperanza

El drama del abandono y la soledad que experimentaron el profeta Elías y el apóstol Pablo y el miedo, las dudas y falta de fe de Pedro ante la tempestad y la furia de las olas, fueron el centro de la homilía dominical de Monseñor Sergio Gualberti desde la catedral que invitó a todos a “salir y caminar sobre el mar de la misión, a pesar de las tempestades, y a superar la tristeza y el dolor como Pablo, poniendo toda nuestra confianza en Cristo, que está por encima de todo y que va llevando a la humanidad hacia la plenitud de la historia”.

«Señor, si eres Tú, mándame ir a tu encuentro sobre el agua». Jesús aceptó el pedido: “Ven!”. Pedro inició a caminar sobre las olas, pero ante la violencia del viento, tuvo miedo y empezó a hundirse: “Señor, sálvame!”. Jesús le tendió la mano y, ni bien subieron juntos a la barca, el viento se calmó” fue la escena del evangelio.

Al respecto, Monseñor Sergio comentó: “La débil y poca fe de Pedro no es suficiente para superar su miedo y sus dudas, por eso se va hundiendo, pero ahí está la mano de Jesús que lo sostiene y lo salva. Jesús no es un fantasma, sino el Dios vivo que se manifiesta como tal, al dominar las fuerzas de la naturaleza, al caminar sobre las aguas y calmar la tempestad. Solo ante este gesto prodigioso de Jesús los ojos de los discípulos, que están cerrados por el miedo, se abren, lo reconocen en su identidad y profesan: ”Verdaderamente Tú eres Hijo de Dios”.

Monseñor Sergio explicó que “La imagen de la barca zarandeada por el viento y las olas, donde se encuentran Pedro y los discípulos muy asustados, representa a la Iglesia enviada por el Señor, contra vientos y mareas, en el gran mar del mundo. Jesús confía a la Iglesia la misión de anunciar el Evangelio de la vida y de la salvación a todos los pueblos” indicó.

En ese sentido afirmó que “Durante veinte siglos la Iglesia ha cumplido esta misión, sin que las múltiples tormentas externas e internas la hayan hundido, porque el Señor, fiel a su promesa, ha estado a su lado con la mano tendida”.

“Jesús invita a la Iglesia a no dejarse atemorizar por las corrientes volubles y violentas de este mundo, ni a estar ensimismados y preocupados en sus propios problemas y debilidades, sino a abrir los ojos de la fe y descubrir la presencia providente del Resucitado, el Señor de la historia que guía la suerte de la Iglesia y del mundo. La barca de la Iglesia tiene que avanzar en el mar del mundo y comunicar vida y esperanza, dando testimonio alegre y humilde de los valores del reino de Dios: reconciliación, unidad, fraternidad, respeto, libertad y justicia”.

HOMILÍA DE MONSEÑOR SERGIO GUALBERTI, ARZOBISPO DE SANTA CRUZ DE LA SIERRA

BASÍLICA MENOR DE SAN LORENZO MÁRTIR.

DOMINGO 13 DE AGOSTO DE 2017

Tres grandes personajes bíblicos, el profeta Elías y los apóstoles Pedro y Pablo unidos por el mismo drama: en momentos de tormenta, de dolor y de dificultad experimentan la soledad y el abandono de todos. Surge en ellos una gran pregunta: Dios ¿Dónde estás?

La primera lectura nos presenta el caso patético de Elías que,  por querer reinstaurar la alianza y salvar la pureza de la fe en el verdadero Dios de Israel, viene amenazado de muerte y es abandonado por su propia gente. “Quedo solo yo y buscan mi vida para matarme“. Por eso, huye al desierto, al Monte Sinaí, fuente de la verdadera fe en Dios, donde el mismo Dios se había manifestado a Moisés. Se refugia en una cueva y se queda de pie, en actitud de espera del Señor y con disponibilidad a acatar todo lo que él le diga.

Dios prepara su encuentro con el profeta a través de los tremendos y asombrosos signos del huracán, del temblor de tierra y de las llamas de fuego, como había hecho con Moisés, pero, esta vez no se hace presente en ellos, sino en una suave brisa. En el silencio, soledad e intimidad, Dios consuela y pacifica el corazón de Elías, le anima y le pide volver a Israel, asegurándole que no estará solo y que podrá contar con la ayuda de un buen grupo de israelitas fieles a la alianza, para seguir con su lucha de purificar al país de todas las idolatrías e injusticias.

En la segunda lectura, San Pablo se desahoga ante los cristianos de Roma: “Siento una gran tristeza y un dolor constante en mi corazón”, porque los israelitas, sus hermanos en la fe y adoptados por Dios como hijos, no han reconocido ni acogido a Jesús como Mesías y Salvador, a pesar de que Pablo a ellos, en primer lugar. les había anunciado el Evangelio.

¿Será que la Palabra de Dios ha fracasado, que Dios no ha sido fiel a su promesa y que ha cometido una injusticia? “No! De ninguna manera” sino que el Señor, en su gran misericordia, espera con paciencia que todos se conviertan y acojan la salvación que él les ha merecido.

Pasamos a la narración del evangelio de hoy que acontece a continuación del milagro de Jesús del reparto de los cinco panes y dos peces entre cinco mil hombres, signo de todas las atenciones que él desplegó a lo largo de su misión en favor de las multitudes pobres y abandonadas del pueblo de Israel.

Terminada la distribución del pan y de los peces, Jesús apremió a sus discípulos a subir a la barca solos para pasar a la otra orilla del mar de Galilea, a una región pagana entre gente no creyente, mientras el despedía a la gente y luego subió a la montaña para orar a solas con el Padre. Pronto anocheció y la barca con los discípulos se encontraba todavía lejos de la costa, sacudida por las olas y avanzando a duras penas por el viento contrario.

Al amanecer Jesús fue hacia los discípulos, caminando sobre el mar. Ellos se asustaron al verlo y se pusieron a gritar pensando de estar en presencia de un fantasma, pero Jesús les dijo: «Tranquilícense, soy yo; no teman.»

A pesar de sus palabras queda la duda, y Pedro para cerciorarse que efectivamente era el Señor, le respondió: «Señor, si eres Tú, mándame ir a tu encuentro sobre el agua». Jesús aceptó el pedido: “Ven!”. Pedro inició a caminar sobre las olas, pero ante la violencia del viento, tuvo miedo y empezó a hundirse: “Señor, sálvame!”. Jesús le tendió la mano y, ni bien subieron juntos a la barca, el viento se calmó.

La débil y poca fe de Pedro no es suficiente para superar su miedo y sus dudas, por eso se va hundiendo, pero ahí está la mano de Jesús que lo sostiene y lo salva. Jesús no es un fantasma, sino el Dios vivo que se manifiesta como tal, al dominar las fuerzas de la naturaleza, al caminar sobre las aguas y calmar la tempestad. Solo ante este gesto prodigioso de Jesús los ojos de los discípulos, que están cerrados por el miedo, se abren, lo reconocen en su identidad y profesan: ”Verdaderamente Tú eres Hijo de Dios”.

 

La imagen de la barca zarandeada por el viento y las olas, donde se encuentran Pedro y los discípulos muy asustados, representa a la Iglesia enviada por el Señor, contra vientos y mareas, en el gran mar del mundo. Jesús confía a la Iglesia la misión de anunciar el Evangelio de la vida y de la salvación a todos los pueblos. Durante veinte siglos la Iglesia ha cumplido esta misión, sin que las múltiples tormentas externas e internas la hayan hundido, porque el Señor, fiel a su promesa, ha estado a su lado con la mano tendida.

 

Jesús invita a la Iglesia a no dejarse atemorizar por las corrientes volubles y violentas de este mundo, ni a estar ensimismados y preocupados en sus propios problemas y debilidades, sino a abrir los ojos de la fe y descubrir la presencia providente del Resucitado, el Señor de la historia que guía la suerte de la Iglesia y del mundo. La barca de la Iglesia tiene que avanzar en el mar del mundo y comunicar vida y esperanza, dando testimonio alegre y humilde de los valores del reino de Dios: reconciliación, unidad, fraternidad, respeto, libertad y justicia.

En los tres personajes, Elías desanimado, Pablo entristecido y Pedro temeroso y dudoso, vemos reflejadas las dudas, el desconcierto e incluso la crisis de fe que experimentamos en nuestra vida cristiana, ante circunstancias y situaciones adversas. Pienso, en manera particular, en los momentos de una desgracia personal o familiar, en el dolor o la enfermedad, o cuando se es víctimas de la maldad humana, cuando experimentamos ataques y rechazos por nuestra fe, ante la falla de la justicia y de los derechos humanos o ante la locura de unos poderosos que amenazan la paz mundial con una guerra nuclear, como escuchamos en estos días.

En esos momentos en los que se nos oscurecen los signos de Dios, Jesús se nos parece como un fantasma y nos olvidamos de los demás, caemos en la tentación de tener ojos solo por nosotros mismos y de encerrarnos en nuestras dudas, miedos y dolores. Es la oscuridad de la fe. Por cierto no es fácil descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos que aparentemente lo niegan, sin embargo Él está ahí, nos llama:” Ven” y nos tiende la mano como a Pedro.

Hay que atrevernos a acoger su invitación, a salir y caminar sobre el mar de la misión, a pesar de las tempestades, y a superar la tristeza y el dolor como Pablo, poniendo toda nuestra confianza en Cristo, que está por encima de todo y que va llevando a la humanidad hacia la plenitud de la historia.

Hace falta emprender, junto a Elías, el camino del desierto, de la búsqueda personal y no conformarnos con recetas fáciles, para fortalecer nuestra fe, encontrar a Dios en el silencio y en lo auténtico de nuestro ser y descubrir su rostro que se manifiesta siempre de manera nueva e imprevisible, donde nosotros no lo esperamos. Repitamos esta mañana con Pedro “Señor Sálvanos” y acojamos la mano de Jesús que nos sostiene, guía y acompaña en nuestro camino de fe y compromiso cristiano.  Amén.

Oficina de prensa de la Arquidiócesis de Santa Cruz.

Erwin Bazán Gutiérrez



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