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domingo 22 octubre 2017
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Monseñor Sergio: Salgamos de la comunidad eclesial para compartir la esperanza de la transfiguración con los desfigurados de nuestra sociedad

En su homilía de este domingo, solemnidad de la transfiguración del Señor y aniversario Patrio, Monseñor Sergio afirmó que “Como los apóstoles, también nosotros, estamos llamados a subir al monte Tabor junto a Jesús, a poner nuestra mirada y confianza en Él, abrir los ojos del corazón, elevarnos sobre el mal, la mezquindad y la vanidad. Subir para transformarnos, desinstalarnos de la mediocridad, hacer callar tantas palabras vacías, superar las dudas y vivir la experiencia extraordinaria del encuentro con el Señor que transfigura nuestra mente y nuestro corazón y nos da la esperanza de participar un día de su “gloria”.

El Prelado también celebró este 6 de agosto, aniversario Patrio, presidiendo el Te Deum ecuménico de acción de gracias por Bolivia.

Recordando que Jesús no permitió que los apóstoles se instalen en el monte tabor, añadió que “Tenemos que salir de la seguridad de la comunidad eclesial, para compartir el don de la fe y la esperanza de la transfiguración con los desfigurados de nuestra sociedad, con los pobres y marginados, los sufridos y abandonados y con los que no conocen a Cristo o se han alejado de la comunidad eclesial”.

“Somos llamados a ser testigos de la luz de Jesús transfigurado en un mundo atemorizado ante tantos hechos de muerte, confundido y desanimado por noticias y acontecimientos contradictorios que se sobreponen y por la falta de un horizonte certero y de paz. Nos es una misión fácil en una cultura y sociedad indiferente a Dios y que desconoce  principios y valores objetivos válidos para todos, pero el Señor transfigurado nos anima y colma de esperanza de que es posible una transformación no solo personal, sino también de la sociedad”.

HOMILÍA COMPLETA DE MONSEÑOR SERGIO GUALBERTI

CATEDRAL DE SANTA CRUZ, DOMINGO 6 DE AGOSTO DE 2017

TRANFIGURACIÓN DE JESÚS.

Hoy celebramos dos eventos que nos llenan de alegría: la Solemnidad de la Transfiguración del Señor y el 192 aniversario patrio, oportunidades para reconocer la presencia providente de Dios en nuestra vida personal, de la Iglesia y de nuestro pueblo. A las 10.00 de esta mañana acá en la catedral celebraremos el Te Deum solemne signo público de gratitud a Dios por tantos dones que ha dispensado y dispensa a nuestro país.

La palabra de Dios que hemos escuchado nos invita a subir al monte Tabor con Jesús y los tres discípulos preferidos para participar del evento maravilloso de su transfiguración. Este hecho acontece a los inicios del último viaje de Jesús a Jerusalén, después de advertir a sus discípulos que allí lo esperan la pasión y la muerte y aclarando que también a ellos, como discípulos, les espera la cruz.

Ellos, ante este anuncio, sienten miedo y desconcierto como atestigua la reacción de Pedro: ”Lejos de ti, Señor! De ningún modo te sucederá esto!”. Ellos están convencidos que en Jerusalén serán recibidos triunfalmente por la gente, por eso no pueden ni siquiera pensar en un desenlace fatal de la misión de Jesús.

Ante el desánimo y las dudas de los discípulos, Jesús toma consigo a Pedro, Santiago y Juan, en representación de todos los apóstoles, y sube con ellos al monte Tabor. Él confía que esa experiencia los reconforte y fortalezca para enfrentar el duro momento de su pasión. “Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz”. Toda la figura y el rostro de Jesús se transforman y se vuelven resplandecientes, anticipo de cuando se manifestará Resucitado en la gloria del Padre, victorioso de la muerte.

De pronto, se aparecen dialogando con Jesús Moisés y Elías, símbolos respectivamente de la ley y de los profetas, referencias fundamentales de la fe de la antigua alianza del pueblo de Israel.

La aparición de estos dos personajes indica que Jesús ahora es aquel que da pleno cumplimiento la ley y es la Palabra definitiva que se ha hecho uno de nosotros para instaurar la nueva alianza de Dios con toda la humanidad: “Hemos visto confirmada la palabra de los profetas”, dice la 2da carta de San Pedro.

Los tres apóstoles, se sienten muy a gusto y en paz con lo que están viviendo: “Qué bien estamos aquí… levantaré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”, expresa Pedro. Y mientras disfrutan de ese momento, una nube luminosa los envuelve a todos. La nube es un signo de la presencia de Dios, presencia real que solo se puede comprender por la voz y palabra del Señor.

Y desde la nube se oye una voz: “Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo”. Ya no puede haber dudas, Jesús de Nazareth, con quien ellos han compartido tiempo, misión y vida de cada día, es el Hijo muy amado de Dios Padre. Los discípulos caen con el rostro en tierra, llenos de temor, pero Jesús los toca y los anima: ”Levántense, no tengan miedo”. Es el momento de alzar los ojos hacia Jesús, de abrir los oídos y escuchar su palabra, de hacerle campo en su vida y de reconocerlo como el centro de su camino de fe. Él es el Hijo amado de Dios que los ha llamado a ser sus discípulos.

Como los apóstoles, también nosotros, estamos llamados a subir al monte Tabor junto a Jesús, a poner nuestra mirada y confianza en Él, abrir los ojos del corazón, elevarnos sobre el mal, la mezquindad y la vanidad. Subir para transformarnos, desinstalarnos de la mediocridad, hacer callar tantas palabras vacías, superar las dudas y vivir la experiencia extraordinaria del encuentro con el Señor que transfigura nuestra mente y nuestro corazón y nos da la esperanza de participar un día de su “gloria”.

Jesús es nuestra gran esperanza, Él nos abre el acceso a Dios y nos mueve a caminar sin miedo con él, el camino que con su palabra nos va transfigurando, transformando en hombres nuevos. Un camino, sin embargo, que pasa por la cruz, porque la vida cristiana no es el paraíso ya alcanzado, sino el final de un proceso arduo, marcado por pruebas y sufrimientos, y que exige perseverancia y fortaleza que solo Jesús nos puede dar.

En los momentos difíciles, cuando nace la tentación del desánimo y de desistir del seguimiento de Jesús, tenemos que recordar la consigna de Dios: “escúchenlo”. Escuchar al Señor”, no solo oír su palabra, sino anunciar y testimoniar la Buen Noticia, como lo hizo San Pedro: “Nosotros oímos esta voz que venía del cielo… hemos visto confirmada su palabra y ustedes hacen bien en prestar atención a ella”.

Escuchar al Señor es superar nuestros miedos y dejarnos tocar por la mano de Jesús que nos invita: “Levántense, no tengan miedo”. Sus palabras y su mano nos alientan y nos dan la fuerza de levantarnos y de perder todo temor, porque él está a nuestro lado y sostiene la esperanza de que nuestra transformación tenga éxito.

Escuchar al Señor” es salir de de nosotros mismos, de nuestro egoísmo, seguridades, presunciones, modos de pensar y criterios de juicio para actuar  conforme a la palabra de Dios y convertirnos en signo de esperanza, de vida y bendición para los demás.

Luego Jesús y los tres apóstoles, bajan la montaña, porque la misión apremia y no pueden interrumpirla, y reemprenden con ánimo firme el camino de Jesús hacia Jerusalén, hacia la pasión, muerte y resurrección.

Como los apóstoles, también nosotros no podemos quedarnos en el monte del encuentro con el Señor, tenemos que bajar del monte y testimoniar la experiencia gratificante que nos ha transfigurado y cambiado nuestra vida. Tenemos que salir de la seguridad de la comunidad eclesial, para compartir el don de la fe y la esperanza de la transfiguración con los desfigurados de nuestra sociedad, con los pobres y marginados, los sufridos y abandonados y con los que no conocen a Cristo o se han alejado de la comunidad eclesial.

Somos llamados a ser testigos de la luz de Jesús transfigurado en un mundo atemorizado ante tantos hechos de muerte, confundido y desanimado por noticias y acontecimientos contradictorios que se sobreponen y por la falta de un horizonte certero y de paz. Nos es una misión fácil en una cultura y sociedad indiferente a Dios y que desconoce  principios y valores objetivos válidos para todos, pero el Señor transfigurado nos anima y colma de esperanza de que es posible una transformación no solo personal, sino también de la sociedad.

Es lo que deseamos y auguramos a nuestro querido país en estas efemérides, que se dé un cambio verdadero hacia una patria, casa común, donde todos se sientan a gusto, en armonía, reconciliados y en paz como verdaderos hermanos que gozan de una vida digna de todo hijo de Dios.

Acojamos la invitación de transfigurarnos e irradiemos en nuestra vida la luz del Señor que “ama la justicia y el derecho” y que “llena la tierra de su amor”, como nos dice el salmo que hemos proclamado. El camino de la transfiguración, que nos lleva a la vida nueva de la Pascua definitiva y eterna, está trazado, es Jesús mismo: ”Escuchémoslo”. Amén.

Oficina de prensa de la Arquidiócesis de Santa Cruz

Erwin Bazán Gutiérrez



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