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sábado 16 diciembre 2017
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Corpus Christi. Monseñor Sergio pide abrir paso al diálogo y parar la confrontación

♦En su homilía de Corpus Christi pronunciada desde el estadium departamental de Santa Cruz, el Prelado cruceño afirmó que “La unión con Cristo que se realiza en la Eucaristía, nos capacita también para nuevas relaciones con los demás, refuerza nuestra comunión entre hermanos y, de modo particular, apremia a los que están enfrentados para que aceleren su reconciliación abriéndose al diálogo en la escucha y sincero respeto del otro”.

En ese sentido, criticó la cultura del enfrentamiento y llamó a buscar lo que nos une y no lo que nos divide “El fruto de la celebración de la Eucaristía tiene que manifestarse fuera de las puertas de nuestras iglesias y templos, tiene que manifestarse en el compromiso por la restauración de la justicia, la reconciliación y el perdón, a partir del reconocimiento de la dignidad de cada persona, creada a imagen y semejanza de Dios y redimida por Jesucristo. Es una tarea siempre pendiente en nuestro país, donde siguen presentes rencores atávicos, donde la confrontación se ha vuelto cultura y medio común para solucionar los problemas, y donde el diálogo no se realiza en base a la racionalidad, al respeto del otro y a la disponibilidad a encontrar un punto de común acuerdo, sino que ha decaído a instrumento para medir fuerzas”.

Monseñor Sergio pidió abrir paso al diálogo y la reconciliación “Es el “amor” de Cristo que nos anima e impulsa a salir al encuentro del otro y a darle campo, a buscar lo que nos une y no lo que nos divide, a emprender el camino del “no tener para sí mismos” y ponernos a disposición de los demás, al igual que Cristo se deja partir y despedazar para la vida del mundo. En la última Cena, al momento de instituir la Eucaristía, Jesús manifiesta que ha sido enviado por el Padre para liberar al mundo de las garras del pecado y la muerte, mandato que ha aceptado libremente y solo por amor, aunque tuviera que cargar la cruz.”

También se refirió al V Congreso Misionero Americano que vivirá Bolivia como sede “Por eso, una Iglesia auténticamente eucarística es una Iglesia misionera, que anuncia y testimonia a todo el mundo la Buena Noticia del gesto incomparable de amor de parte de Jesús, una comunidad donde los cristianos podemos decir con convicción: «Lo que hemos visto y oído se lo anunciamos para que estén unidos con nosotros» (1 Jn 1,3). ¿Cómo podemos guardar solo para nosotros la experiencia maravillosa de haber encontrado a Cristo, la alegría de haber experimentado su amistad y no comunicarlo a todos? “Fortalecidos por la Eucaristía, vayamos a la misión”.

HOMILÍA COMPLETA DE MONSEÑOR SERGIO GUALBERTI, ARZOBISPO DE SANTA CRUZ. SOLEMNIDAD DE CORPUS CHRISTI.

Queridos hermanos y hermanas, quiero expresar la dicha que experimentamos esta tarde con las palabras del salmo 122 “Qué alegría cuando me dijeron – Vamos a la casa del Señor”. Estamos muy alegres porque, convocados por el Cuerpo y la Sangre de Cristo, hemos escuchado su invitación, hemos salido de nuestras casas para llegar a esta Catedral a cielo abierto y celebrar unidos en un solo pueblo de Dios el misterio de la Eucarística, fuente de la vida y de la misión de la Iglesia, como expresa el lema de este año: “Fortalecidos por la eucaristía, vayamos a la misión”.

Es la Eucaristía que nos da la fuerza para seguir el camino de renovación pastoral y conversión misionera de nuestras parroquias y comunidades, iniciado hace 10 años con el mandato de la Misión Continental impulsada por los obispos de A. L. en Aparecida, llamado que el Papa Francisco ha relanzado a toda la Iglesia, para que sea una Iglesia en salida que testimonia la alegría del Evangelio y abre caminos de esperanza para el mundo de hoy.

Cada vez que nos reunimos en comunidad para celebrar la Eucaristía, se edifica el Cuerpo de Cristo y crece la comunión entre todo el pueblo de Dios. El testimonio de una comunidad unida y fraterna es el primer servicio al anuncio del Evangelio. En la santa Misa, se expresa, en más alto grado, el amor gratuito de Dios, en la entrega de su Hijo, de Jesucristo que se vuelve pan de la unidad, de la caridad, la misericordia, el perdón, la solidaridad y la justicia, pan para “com-partirse con otros, partir juntos”, realidad que tenemos que testimoniar en nuestra vida de cada día.

La unión con Cristo que se realiza en la Eucaristía, nos capacita también para nuevas relaciones con los demás, refuerza nuestra comunión entre hermanos y, de modo particular, apremia a los que están enfrentados para que aceleren su reconciliación abriéndose al diálogo en la escucha y sincero respeto del otro.

El fruto de la celebración de la Eucaristía tiene que manifestarse fuera de las puertas de nuestras iglesias y templos, tiene que manifestarse en el compromiso por la restauración de la justicia, la reconciliación y el perdón, a partir del reconocimiento de la dignidad de cada persona, creada a imagen y semejanza de Dios y redimida por Jesucristo. Es una tarea siempre pendiente en nuestro país, donde siguen presentes rencores atávicos, donde la confrontación se ha vuelto cultura y medio común para solucionar los problemas, y donde el diálogo no se realiza en base a la racionalidad, al respeto del otro y a la disponibilidad a encontrar un punto de común acuerdo, sino que ha decaído a instrumento para medir fuerzas.

Es el “amor” de Cristo que nos anima e impulsa a salir al encuentro del otro y a darle campo, a buscar lo que nos une y no lo que nos divide, a emprender el camino del “no tener para sí mismos” y ponernos a disposición de los demás, al igual que Cristo se deja partir y despedazar para la vida del mundo. En la última Cena, al momento de instituir la Eucaristía, Jesús manifiesta que ha sido enviado por el Padre para liberar al mundo de las garras del pecado y la muerte, mandato que ha aceptado libremente y solo por amor, aunque tuviera que cargar la cruz.

Por eso, una Iglesia auténticamente eucarística es una Iglesia misionera, que anuncia y testimonia a todo el mundo la Buena Noticia del gesto incomparable de amor de parte de Jesús, una comunidad donde los cristianos podemos decir con convicción: «Lo que hemos visto y oído se lo anunciamos para que estén unidos con nosotros» (1 Jn 1,3). ¿Cómo podemos guardar solo para nosotros la experiencia maravillosa de haber encontrado a Cristo, la alegría de haber experimentado su amistad y no comunicarlo a todos?

“Fortalecidos por la Eucaristía, vayamos a la misión”.

En la Eucaristía se hace actual el misterio del sacrificio de Cristo, signo de su amor y al que se une el sacrificio del pueblo de Dios. Sacrifico que hace sagrada nuestra vida e infunde un dinamismo nuevo a nuestros esfuerzos y compromisos para la transformación del mundo. Todo nuestro ser, nuestra mente, nuestro corazón, nuestros labios, nuestras manos y nuestros pies son el medio como el amor de Dios se comunica a los demás. “Que hermoso ver bajar de la montaña los pies del mensajero de la paz”.

Al acercarnos a comulgar el pan de vida, Jesús nos compromete a manifestar la compasión de Dios por cada hermano y hermana. Nuestro encuentro íntimo con Él se convierte en misericordia y nos enseña a mirar a los demás con la mirada de Dios y no solo con nuestros ojos y criterios. Tenemos que ser cada vez más conscientes de que el sacrificio de Cristo es para todos, sin excluir a nadie, ya que nuestra vocación y misión consiste en ser, junto con Jesús, pan partido para la vida del mundo.

Justamente por ser sacrificio de Cristo, la Eucaristía es misterio de liberación que nos interpela y provoca continuamente a que seamos operadores de paz y de justicia, en nuestro mundo marcado por tantas violencias, guerras, terrorismo, corrupción y narcotráfico. Un mundo marcado por tantas situaciones indignas del hombre y desigualdades que claman al cielo, en las que a causa de la injusticia y la explotación miles de hermanos y hermanas, especialmente niños, ancianos y mujeres mueren por falta de comida, mientras que otros derrochan descaradamente las riquezas de la tierra destruyendo el medio ambiente. Ante tantas víctimas de la maldad y del egoísmo humano, no podemos ser indiferentes ni escudarnos al pensar que son problemas que no nos atañen. Estos seres humanos, ¿no son nuestros hermanos y hermanas? ¿Acaso sus hijos no vienen al mundo con las mismas esperanzas legítimas de felicidad que los demás?

La Eucaristía nos mueve a salir de nosotros mismos, a dar nuestra cara, con humildad pero con firmeza, en favor de los últimos de la sociedad, como el mejor anuncio de la novedad de Cristo, aun sabiendo que se corre el riesgo de cargar con la cruz de que el amor del Señor no siempre sea entendido y acogido.

Hay una expresión muy querida por los primeros cristianos, pero que también nos concierne a nosotros hoy: «Ofrezcan sus cuerpos» dice la carta a los Romanos (Rm 12,1). El testimonio hasta el don total de sí mismos, hasta el martirio, ha sido considerado siempre en la Iglesia como la cumbre del nuevo culto espiritual. El testimonio de los mártires ha acompañado a la Iglesia durante toda su historia hasta nuestros días, como lo sigue repitiendo el Papa Francisco: «Hoy, hay muchos testimonios y más mártires en la Iglesia que en los primeros siglos».

No a todos el Señor requiere la prueba del martirio, sin embargo todos tenemos que estar conscientes de que “la ofrenda de nuestro cuerpo”, el culto agradable a Dios implica también esta disponibilidad interior a dar un testimonio sincero y auténtico de la nuestra fe y vida cristiana por las calles y caminos del mundo. Y es sobre todo allí que el Señor espera ser conocido por todos. « El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo » (Jn 6,51). Su propia vida es don por toda la humanidad, expresión de la profunda compasión que tiene por cada persona, en particular por los pobres, los marginados y descartados de la sociedad.

El testimonio de los mártires no dejan dudas: ser cristianos es ser misionero y ser misionero es entregar la vida para el Evangelio del Reino. Esta tarea es muy exigente y podemos sentir miedo y por nuestra debilidad y fragilidad, pero no estamos solos. Jesús, en la Eucaristía, se ha puesto a nuestro alcance como el pan que da fuerza, el alimento que renueva nuestras energías para una vida cristiana coherente y que nos da el valor de ser testigos alegres de nuestra fe en la Buena Noticia de Jesucristo, el Salvador del mundo.

“Fortalecidos por la Eucaristía, vayamos a la misión”.

Asumiendo este desafío misionero, hace cuatro años la Iglesia en Bolivia ha asumido el desafío de organizar, en julio del próximo año, el V Congreso Americano Misionero, con la participación de tres mil delegados provenientes de todos los países de América y de las jurisdicciones eclesiásticas de nuestro país y con la presencia de un delegado del Papa Francisco. Conocedores del calor humano del pueblo de Santa Cruz, “La ley del cruceño es la hospitalidad” se eligió a nuestra ciudad como sede del Congreso.

Hasta ahora nos hemos ido preparando a este encuentro para hacerlo conocer y concientizar los distintos sectores del pueblo de Dios, agentes de pastoral, comunidades y parroquias acerca de la urgencia de emprender el proceso de conversión misionera y renovación pastoral de nuestra Iglesia. Orientados por el tema: “La alegría del Evangelio, corazón de la misión profética, fuente de reconciliación y comunión” y el lema: “América en misión: el Evangelio es alegría”, se han preparados varios subsidios y se han tenido jornadas de estudios, seminarios, encuentros.

Faltando ya tan solo un año para el evento, entramos en la etapa de organización a la que todos estamos convocados a colaborar en lo que podamos. En particular se nos pide acoger con alegría a los misioneros hospedándolos en nuestros hogares, compartir nuestras experiencias misioneras y celebrar juntos la alegría de nuestra fe en las comunidades y parroquias de santa Cruz. Es un desafío comprometedor, pero tengo la certeza de que cada uno de nosotros y todo el pueblo de Dios de Santa Cruz, sabremos responder con generosidad y entusiasmo a este pedido, dando nuestra disponibilidad a colaborar para el éxito del Congreso. De esta manera, haremos realidad el lema de esta fiesta de Corpus Christi: “Fortalecidos por la Eucaristía, vayamos a la misión”. Amén.

Erwin Bazán Gutiérrez



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